Año III - Nº 109 - Uruguay, 17 de diciembre del 2004

 

1 Campaa Mundial Seguridad en la Red

 

 

 

Con el bisturí mechado
Marcos Cantera Carlomagno

Carl Brendel fue un médico alemán que, salvo un par de cortas estancias en su patria, residió y trabajó en Montevideo entre 1867 y 1892. Durante ese tiempo, Brendel llevó un Diario en forma bastante constante. El mismo serviría muchos años después, ya retirado el alemán en su casa de Munich, como base para la elaboración de una especie de "memorias", las cuales hace doce años fueron publicadas en Montevideo por Fernando Mañé Garzón y Ángel Ayestarán bajo el título "El gringo de confianza", que era cómo lo llamaba el temido y temible Goyojeta, luego de que Brendel le salvara la vida en una complicada operación.

Lamentablemente, la lectura del libro, que podría haber sido de mucho entretenimiento y saber, se vuelve lenta y trabajosa, pues la traducción es pésima, con frases y párrafos enteros tan comprensibles como las runas vikingas. Además, los comentarios de los editores pecan tontamente de desprolijidad, conteniendo verdaderos disparates e incongruencias. Veamos dos ejemplos de ello.

En la página XIII, se dice "En su vejez, al meditar ciertos hechos pasados, Brendel estampará este juicio: ¡Qué pueblo extraño e inmaduro somos los alemanes!. Es bueno recordar que Brendel, al momento de escribir eso, tenía 33 años... (página 43).

En la página XIV, los editores sostienen que Brendel "Con exactitud nos relata el asesinato en su coche de Venancio Flores". Dicho relato reza así (página 12): "Unos días después, el propio Flores fue asesinado a tiros en la calle en su propio coche". (es archisabido, que el coche de Flores fue atacado a balazos, pero que el dictador bajó ileso del mismo y fue asesinado a puñaladas en la vereda, con lo cual el relato de Brendel no es ni exacto en sentido de riqueza de detalles, ni exacto en sentido de lo que realmente sucedió).

Interesante, por el contrario, es el relato que el alemán hace de lo que pasó con el cadáver de Flores después del asesinato. En esos momentos, Montevideo era víctima de una epidemia de cólera. En su fase de mayor virulencia, la enfermedad mataba unas 120 personas por día, en una ciudad que rondaba los 100.000 habitantes.Varios civiles y militares que pasaban los días en el Cabildo junto al cadáver de Flores, murieron rápidamente. Un colega irlandés, Louis Fleury, le contó a Brendel cómo había hecho para embalsamar los restos del asesinado. Debido al fuerte calor, el cadáver de Flores se había descompuesto muy pronto. Fleury, que anhelaba la generosa paga prometida, cortó entonces la cabeza del tronco, poniéndola en alcohol. Enterró en secreto el cuerpo y armó un muñeco de paja, al cual luego le agregó la cabeza, y lo vistió. Nadie se percató de que se estaba enterrando una cabeza sin cuerpo... (página 13).

Podemos acotar, como dato de interés, que el muñeco de paja con la cabeza alcoholizada de Venancio Flores permaneció casi un mes y medio en el Cabildo, hasta el 30 de marzo, y que entre los muertos en cuestión se encontraba Manuel Flores, hermano del dictador. El otro líder asesinado el fatídico 19 de febrero, el ex presidente Bernardo Berro, había sido arrastrado hasta la cárcel que funcionaba en el Cabildo, y degollado. De esa manera, en el lapso de pocas horas, los dos partidos tradicionales perdieron su cabeza simbólica (el Partido Colorado a Flores y el Partido Blanco a Berro) y los dos máximos dirigentes políticos del momento la suya propia...

Lo mejor del libro aquí presentado es, indudablemente, lo que tiene que ver con el desarrollo de la medicina en Uruguay, ya que Brendel, por un tiempo, y según opinión propia, el médico más solicitado en Montevideo, brinda detalles hasta el momento desconocidos. Nombres de colegas extranjeros y nacionales, desarrollo y características de algunas dolencias (en especial la fiebre amarilla y el cólera), cuestiones institucionales, etc, pintan un cuadro muy colorido de la situación de la medicina en el Uruguay de esos turbulentos años.

Bueno también es el relato de la vida de los inmigrantes germanos en Montevideo y Colonia Suiza, lugar éste que Brendel y otros compatriotas usaban como filial del lejano Reich, yendo de tanto en tanto a descansar unos días en un mundo que les mitigaba los dolores del recuerdo y la distancia.

Brendel vivió en Uruguay en el ajetreado período que engarza las violentas consecuencias de la Guerra Grande con el crecimiento de un Estado moderno. Latorre, Santos, el Goyojeta, Lamas, Herrera y Obes, Lorenzo Batlle, Bustamante y otros políticos y militares pasan revista en las memorias del médico al lado de las grandes familias: los Cibils, los Jackson, los Lafone, los Tomkinson, los Buschental y otros en cuyas mansiones a las afueras de la ciudad la alta burguesía se daba cita para un momento de sana vida campestre en los elegantes parques o bajo la sombra de las amplias galerías.

Ahí, en esos detalles que la complicada geografía verbal del libro deja entrever, encontramos el aliciente para continuar la lectura. Hay un par de anécdotas divertidas, como cuando Latorre y sus más cercanos amigotes destrozan literalmente el mobiliario del concurrido restaurante-jardín que sobre el camino de la Agraciada tenía la simpática Madame Beauzemont, obligando a un rico catalán a pagar, literalmente, los platos rotos (y todo lo demás también). Latorre tenía a su vecino de la calle Convención, Carlos García Mon, entre cejas, y cuando éste fue encontrado con las manos en la masa efectuando un substancioso contrabando, la pena impuesta fue "invitar" a noventa personas a un opulento y bien regado almuerzo. Luego de la comida, Latorre y el resto de los comensales "hicieron música", pero no con instrumentos tradicionales sino que con la vajilla y los muebles de la buena francesa.

Pangermanista y antisemita, Brendel describe jubiloso los avances del Reich, la victoria militar sobre Francia (los alemanes, asegura entonces, pisan con más firmeza") y las diversas virtudes de la raza que le tocó en suerte, a pesar de la cruenta lucha contra la cerveza que todos los miembros de ésta parecen estar condenados a librar. Mientras tanto, el médico no desaprovecha ocasión para hablar mal de los hijos de Israel. Son éstos, casi siempre, gentuza. Una excepción confirmatoria de ello es Carl Heber, fundador de la conocida dinastía político-ganadera oriental, quien a poco de llegar a Uruguay se casó con Clara Jackson, heredera de la fortuna más importante del país.

Hay en el libro datos interesantes sobre el progreso de las comunicaciones, el avance de las vías férreas, la febril actividad del puerto y el buen desarrollo de los precios de bienes de capital (Brendel, sin embargo, es un empedernido malinversor).

Hay, también, rápidos pincelazos cargados de ruido y color; hay imágenes fugaces que contribuyen a formar el puzzle de ese Montevideo pujante y cosmopolita; hay verdaderas postales bucólicas que ilustran un campo atravesado por diligencias y corrientes de agua cristalina. Pero faltan las grandes síntesis mentales, los comentarios en profundidad, las reflexiones que un médico alemán con veleidades filosófico-culturales durante un cuarto de siglo enterrado hasta las rodillas en el suelo oriental tiene, o tendría, que haber hecho para sí o para otros.

Más allá de ciertas cosas puntuales (algún nombre, alguna situación, alguna fecha), más allá de los indiscutiblemente valiosos elementos de historia médica, más allá de un par de anécdotas aisladas, la lectura de las memorias de Brendel nos ofrece dos perlitas para regalar y regalarse, según reza el evangelio de los vendedores ambulantes. Una de ellas trata sobre un rasgo propio del "uruguayo" (concepto de alta nebulosidad en estos años iniciales). La otra flecha, quizás lo más sorprendente del libro, va dirigida a los argentinos.

En Uruguay, dice Brendel, Se vive al día o del dinero prestado. Mientras tanto, para quienes vivimos en esta Argentina morosa, quebrada y enferma de corrupciones varias y bonos sin valor, es motivo de mucho asombro el leer que Con sus bonos, los porteños & han engañado a todo el mundo, hasta lejanos pueblitos alemanes han colocado el oro & en manos de ladrones que lo disfrutan en París&.

La Historia nos asombra siempre. Quizás, más aún cuando se repite.