Año III - Nº 109 - Uruguay, 17 de diciembre del 2004

 

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Nuevamente el aborto
por Javier García

No sabemos cual es el tipo de consulta que se propone sobre el aborto, pero ningún voto puede disponer de la vida de otro ser, por pequeño que éste sea.

Alguien a quien respeto y con quien mantengo una relación personal de afecto como es el senador Alberto Cid, ha lanzado la idea de realizar una consulta popular sobre el aborto. Lo fundamenta en la necesidad de no poner al futuro presidente en el aprieto de vetar una ley cuyo contenido rechaza. Agrega también, en una nota que diera a Crónicas Económicas, que le planteará que convoque a la ciudadanía para resolver este tema con el voto popular. Un Sí o un No, dice, para ponerle punto final a un tema polémico, y fundamenta que ello es más legítimo que "legisladores, en su inmensa mayoría hombres, estén decidiendo sobre la salud reproductiva de la mujer".

En los últimos años ya habían surgido iniciativas como ésta.

En la legislatura que culmina un proyecto de ley denominado de Salud Reproductiva sucumbió en el Senado de la República. El mismo era amplio y abarcativo de diferentes situaciones, pero el punto crítico resultó, lógicamente, ser aquel que despenalizaba la práctica del aborto cuando se realizaba dentro de las primeras doce semanas de gestación.

Una realidad política distinta a la anterior, resultante de la elección del pasado 31 de octubre donde el EP-FA tiene mayorías absolutas, ha hecho retomar este impulso a los defensores de esta práctica. Las declaraciones de Cid lo prueban y los comentarios que hemos recibido de otros legisladores del próximo oficialismo lo confirman.

A pesar que la matemática indicaría, a priori, que esta norma se aprobará, lo cual hace que iniciativas como la de la consulta popular suene más a atenuación de responsabilidades que a recurso legitimador, daremos un intenso debate.

Primero tendremos que respetarnos en nuestros argumentos. Si de pique se encara el mismo demonizando posiciones la cosa será complicada. Los partidarios del aborto han intentado encerrar a quienes sostenemos la posición contraria al mismo en una especie de logia religiosa, insensible y fanática, de principios conservadores. Por el contrario aquellos son progresistas porque defienden, dicen, los derechos de la mujer. Resulta paradójico que la defensa del adulto frente al niño sea lo progresista, pero en fin.

Es decir que una adhesión es por dogma y la otra por razón.

La verdad es que me importa poco como se califiquen mis posiciones y lo único que procuro siempre es que las mismas coincidan con los principios que sostengo. Lo que sí parece ridículo es hacer creer que la defensa del aborto está dirigida a asegurar planos de igualdad de género. En primer lugar porque nada tiene que ver el mismo con la salud reproductiva, que por definición es eso, salud y derecho a la vida y no la culminación de la misma.

No adjudico intenciones pero pido que cuando de esto se debata no se use la situación de las mujeres humildes, no es en los sectores carenciados donde el aborto es habitual, sino justamente en los más acomodados, y aquí aunque se despenalice seguirá habiendo clandestinidad por razones sociales. Hablemos sin hipocresías. No obstante, las muertes maternas por abortos no se resuelven despenalizando la práctica, sino evitándola y salvando las dos vidas. Ese es el desafío de dignidad.

No sabemos cuál es el mecanismo de consulta que se propone pero ni una ni un millón ni los millones de voluntades que sean pueden disponer de lo que nadie debe que es la vida del otro, por pequeño que éste sea. No debe hacerse en ningún caso y por ello tampoco, aun para los crímenes más aberrantes, compartimos la pena de muerte. En esto último, para quienes encasillan, somos progresistas, a diferencia de nuestra posición con el aborto. Defender la vida puede ser, para algunos, avanzado o reaccionario según en qué extremo de ésta se esté. Difícil de explicar.

Cuánto más fácil sería comprender que no es un tema de religiones, ni de colores, sino de valores.