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Año V - Nº 269
Uruguay,  18 de enero del 2008
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Bolivia: Los límites del diálogo
por Fernando Molina

 
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"... En estas condiciones, el diálogo no tiene futuro. El problema de fondo es que hay una revolución estatista y igualitarista en marcha, simbolizada por la Constitución; y que el oriente boliviano quiere zafarse de ella por medio de la autonomía (algo que, a la vez, los revolucionarios no pueden permitir)... cualquier retroceso sería deshonroso y peligroso para los dirigentes".

            El presidente Evo Morales y los prefectos están negociando desde hace una semana una salida conjunta a la crisis política del país. Las conversaciones deben resolver dos grandes discrepancias. Una de ellas es la definición de una nueva forma de repartir el impuesto al gas que ingresan ambos niveles de gobierno. En los meses pasados, una ley aprobada a trompicones y un decreto supremo permitieron que el gobierno tome la parte de este impuesto que le correspondía a las prefecturas y la destine a los municipios, por un lado, y al pago de una renta universal de jubilación, por el otro. El propósito de esta transferencia es, entre otras cosas, debilitar a estas instituciones, en cinco de las cuales se ha hecho fuerte la oposición.

            En este breve tiempo, el diálogo sobre este tema ha avanzado favorablemente. Existen al menos dos opciones de “compensación” entre el poder central y los poderes departamentales, que podrían dar lugar a un acuerdo. Y puesto que se trata de un conflicto político, no ideológico, es probable que esto ocurra. Al hacer concesiones en este campo, el gobierno puede aproximarse a las prefecturas que se hallan menos decididas en contra suyo. 

            En este contexto, no es extraño que la reunión entre el Presidente y Manfred Reyes Villa, el prefecto opositor de Cochabamba, hubiera levantado tanta polvareda. Luego del encuentro, cuyo contenido quedó en reserva, el líder de las regiones rebeldes, Rubén Costas, prefecto de Santa Cruz, exhortó a sus colegas a no dejar que el gobierno rompiera el “bloque democrático”. 

            Mientras esto ocurre en torno al impuesto del gas, una segunda gran discrepancia, mucho mayor que la otra, sigue tan abierta y viva como siempre. Se trata del rechazo de varios departamentos al proyecto izquierdista y centralista de Constitución que el oficialista MAS hizo aprobar, con métodos non sanctos, en la Asamblea Constituyente. Los líderes de la oposición regional consideran que esta Constitución, que ahuyenta la inversión privada y pone en vilo a las instituciones liberales de la democracia, conducirá al país a la catástrofe. Y tratan de salvar a sus respectivos pueblos de su influencia, mediante la autonomía departamental y la creación de nuevos gobiernos con atribuciones federales. Para avanzar por este camino, cuatro departamentos elaboraron sus propios “estatutos”, los cuales se oponen a la Constitución del MAS como la noche se opone al día.

            La principal función del diálogo, entonces, debería ser superar este antagonismo, pero hasta ahora no ha avanzado mucho en ello. Lo que aquí está en juego no tiene naturaleza material, sino ideológica. Por eso, aunque el Presidente y los prefectos hablaron en estos días de “compatibilizar” el proyecto de Constitución y los estatutos autonómicos, la verdad es que ambos son incompatibles y no pueden combinarse. Las dos partes tendrían que abandonarlos, por consiguiente, para establecer las condiciones de un diálogo productivo.

            Pero han luchado tanto por estos documentos, encerrando en ellos su cosmovisión y su proyecto político, que no sólo no pretenden dejarlos de lado, sino que ni siquiera admiten que se les cambie una coma. La oferta inicial que hizo el Presidente de “revisar la Constitución” ha quedado en la nada en estos días, acallada por las muchas voces de los dirigentes oficialistas que salieron a defender la intangibilidad de su dogma. Por último, Morales tuvo que retroceder: ahora pretende llevar la Constitución otra vez a la Asamblea Constituyente, aunque con ello la negociación política volvería a manos de quienes la llevaron hasta su estado actual.

            Y algo similar pasa en el lado cruceño.En estas condiciones, el diálogo no tiene futuro. El problema de fondo es que hay una revolución estatista y igualitarista en marcha, simbolizada por la Constitución; y que el oriente boliviano quiere zafarse de ella por medio de la autonomía (algo que, a la vez, los revolucionarios no pueden permitir). No se trata de una antinomia jurídica sin importancia, sino de una contradicción histórica.

            Pese a ello, quizá podría haberse atemperado en las fases más tempranas del conflicto. Pero a esta altura, cuando los bandos ya han fortificado sus posiciones y cada uno se ha dotado de su propio “libro sagrado” (el proyecto constitucional y los estatutos), cualquier retroceso sería deshonroso y peligroso para los dirigentes.

            Estos son los límites del diálogo.


Fuente: Infolatam
 
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