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No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él.
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Año V Nro. 395 - Uruguay, 18 de junio del 2010 |
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Antes de la incorporación del nuevo sistema electoral, en el Uruguay todo se definía en una única elección. En noviembre, cada cinco años, la ciudadanía tenía que elegir, en un mismo acto electoral, Presidente de la República –con pluralidad de candidaturas y de fórmulas por Partido–, Senadores y Diputados, Intendentes Municipales –también con pluralidad de candidaturas y sin límites en cantidad–, integrantes de diecinueve Juntas Departamentales e integrantes de diecinueve Juntas Electorales. Todo esto se definía en un solo comicio, en un solo acto electoral, a través de dos hojas de votación. Y si bien esas hojas de votación separaban lo nacional de lo departamental –porque a través de una de ellas se votaba al Presidente de la República, al Parlamento y a la Junta Electoral, y por medio de la otra se votaba al Intendente Municipal y a la Junta Departamental–, había una prohibición expresa de votar hojas de distinto lema, y la sanción para quien introdujera en el sobre de votación una hoja nacional de un lema y una hoja departamental de otro era la nulidad. A partir de 1996, con la reforma constitucional que se aprobó en aquella circunstancia, se pasa de un régimen con una única elección nacional a otro con tres y, eventualmente, cuatro elecciones: las internas o primarias, que se disputan a comienzos del año electoral; las elecciones nacionales, que se llevan a cabo el último domingo de octubre de ese mismo año; en caso de no alcanzarse las mayorías preestablecidas sobreviene la segunda vuelta electoral o balotaje; y en mayo del año siguiente están las elecciones departamentales. Además, a partir de 2010 se agregaron las elecciones municipales, realizadas en forma simultánea con las elecciones departamentales. Hemos vivido todas las experiencias y hemos tenido elecciones nacionales con y sin balotaje. Los cambios en el sistema han arrojado múltiples consecuencias que, por supuesto, van mucho más allá de lo que podemos señalar, pero hay una idea en particular en la que, aparentemente, la mayoría coincidimos. A lo largo de los últimos tiempos y más específicamente durante la campaña electoral, escuchamos a dirigentes de distintos partidos empezar a adelantar algunas ideas que se traducen, inevitablemente, en la necesidad de una reforma. Desde todos los partidos hemos expresado opiniones en ese sentido. También se lo hemos escuchado decir a mucha gente, a integrantes de las más diversas áreas de la vida social del país y a actores sociales importantes que no necesariamente son dirigentes políticos. Resumiría en una frase la conclusión a la que, a mi juicio, se ha arribado a la luz de esta experiencia que hemos compartido: es demasiado tiempo el que demanda el periplo electoral que tiene el país. Creo que en esta expresión, probablemente, coincidimos todos los que hemos vivido –prácticamente todos los uruguayos– estas circunstancias electorales. Por otro lado, cabe destacar que a lo largo de estos tiempos –y más intensamente en la última campaña electoral– se ha producido un desgaste importante a muchos niveles de la vida de nuestra sociedad, empezando por la gente que ha mostrado, a través de distintas señales, su rechazo a tanta campaña electoral. Incluso, en algunas circunstancias en particular, hasta hemos advertido una suerte de hastío por tanta publicidad y tanto acto. Esto se ha manifestado a nivel de todos los partidos, a través de una notoria disminución de la concurrencia de la ciudadanía a los actos que se celebran durante la campaña electoral, incluso a aquellos más importantes. También se ha producido un desgaste importante a nivel de la militancia de los partidos, y para ninguno de nosotros constituye un tema menor, porque todos le reconocemos una cuota de valor, motivación, fuerza y decisión que muchas veces es la que nos sostiene cuando estamos tan profundamente sumergidos en la campaña electoral. A lo largo de este tiempo todos hemos visto agotada y extenuada a nuestra militancia, porque se le ha exigido severamente y demasiado con mucha frecuencia. Obviamente, eso genera un debilitamiento en la acción de los partidos. Esta situación también nos abarca a nosotros, los dirigentes políticos, y a los candidatos. En consecuencia, la conclusión a la que aparentemente todos vamos arribando es que se hace necesario un ajuste al sistema electoral para hacerlo más corto. El diagnóstico de situación es este desgaste y el primer objetivo –a mi juicio, el más significativo, sin entrar al cómo– es ver de qué manera podemos hacer más corto el periplo electoral.
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