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Año III - Nº 195
Uruguay, 181 de agosto del 2006
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historia paralela

2012

legra

humor político

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caggiani José Claudio
por Javier García
 
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Una mañana, hace unos quince años atrás, me encontraba trabajando en mi despacho de asistente académico del decano de la Facultad de Ciencias Sociales. La puerta contigua se abrió y José Claudio me pidió que llamara a un administrativo de la Facultad que había cometido una grave falta y me solicitó que cuando llegara lo dejara a solas con éste. Rato después, terminada la reunión, el propio funcionario me encuentra y emocionado me habla con profundo afecto de Williman. Retorno a mi oficina y José Claudio me relata que lo había reprendido con severidad y lo había sancionado aunque sin llegar al extremo del reglamento. Le conté que era llamativo que pese a esto, la primera reacción del administrativo fuera de cariño hacia quien lo había amonestado. Y su explicación fue toda una enseñanza, me dijo que cuando un superior le señala un error a alguien, esto debe ser siempre en privado. Si es así queda claro que la voluntad del jerarca es corregir, pero si se hace en público lo que se busca es humillar, y esto ni corresponde entre personas, ni enseña, ni resuelve la conducta. Ese era José Claudio.

Trabajar con él era aprender. Tenía mucho conocimiento acumulado, fruto de la enormidad de libros leídos, que estudiaba con una técnica propia que consistía en subrayar los conceptos más importantes con un lápiz de color azul y luego hacer un segundo destaque subrayando en rojo. Esto era al final lo que repasaba.

Anotaba en sus fichas de cartulina las clases, y las archivaba y actualizaba permanentemente con letra que no tenía nada para envidiar a la famosa e ilegible de los médicos. Acumulaba mucho conocimiento, pero además tenía lo que no dan los libros pero si la vida, tenía "mucha carpeta".

En mis años junto a él lo vi resolver múltiples conflictos y lo hacía siempre apelando a aquello que está más allá del problema, moderando las diferencias sin que nadie se sintiera derrotado.

Ejerció el decanato de la Facultad sin que uno solo de los consejeros tuviera con él coincidencias políticas, pero nunca nadie dejó de sentirse representado plenamente por Williman, empezando por los estudiantes a quienes quería especialmente y a quienes recordaba sus anécdotas de su época de militante gremial, que los muchachos disfrutaban.

José Claudio fue un hombre de honor y fue un hombre leal. Tuvo una militancia decididamente blanca, a pesar de su prestigio- so apellido colorado y lo hizo todo meditadamente, incluida su adhesión a la fe católica que descubrió con el pasar de los años.

No permitió nunca que la ideología pusiera distancia entre los seres humanos. Cuando se refería a algún notorio militante de su época no decía fulano era anarquista o batllista, decía que fulano era un "gran batllista" o un "gran anarquista" porque respetaba tanto al otro que necesitaba destacarlo.

Wilson lo distinguió siempre, y José Claudio le fue leal en toda circunstancia. En las difíciles mucho más. Nunca me olvidaré la imagen de Williman en la sede de ACF de la calle Colonia en la noche de las internas de 1982, llevando en sus hombros a Ana, su hija mayor. Habíamos ganado y José Claudio festejaba el triunfo de Wilson y de la libertad. Era un hombre de emociones.

El martes despedimos a un caballero. A un hombre de valores, no "de los de antes", sino de los de siempre, los que honran la especie humana.

Nos dejó un uruguayo que quienes no lo conocieron, también lo quisieron.

Si sería un hombre bueno.

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