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Año IV - Nº 256
Uruguay,   19 de octubre del 2007
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Marcelo Ostriga Trigo
 Un pretendido liderazgo
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
 
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            Quizá estemos nomás ante un evidente “corsi e ricorsi”, es decir en una ronda de avances y, en el caso de nuestro país, también de dramáticos retrocesos.

            La celebración del vigésimo quinto aniversario de la inauguración de un nuevo ciclo político en la vida de la Nación –el de la democracia–, y la otra conmemoración: los cuarenta años de la muerte en Bolivia de un guerrillero extranjero, confirman que ha vuelto la confrontación entre dos visiones de país, cuando ya han pasado dos décadas desde la caída del muro de Berlín, que fuera el símbolo de un mundo peligrosamente dividido.

            Aunque ahora se trata de una anacrónica disputa por el predominio de una de  esas dos visiones: la democrática liberal y el marxismo – leninismo, se repiten renovados los “slogans”, aunque sus ahora exponentes en América –Chávez, Correa, o Morales–, parece que no están en condiciones de llevar adelante una revolución marxista – leninista ortodoxa, cualesquiera sean sus matices: stalinismo, castrismo, maoísmo, trotskysmo, etc.; especialmente cuando el mundo se liberaliza, cuando hay naciones–continente que, hasta ayer nomás, tenían regímenes radicales y ahora están en la tarea de la apertura, tanto interna como externa.

            Pero los nostálgicos del extremismo buscan el reacomodo político. Y lo hallan de distintas maneras. En Bolivia, por lo menos, muchos se inscriben en el populismo indigenista, variando el postulado de la clásica lucha de clases, a la lucha por el predominio étnico. Y es notorio, por otra parte, que ya no se pone el antiguo énfasis en la revolución proletaria que tanto enfervorizó a los radicales del pasado siglo, sino que ahora el fetiche es el cambio supuestamente democrático –claro, sin decir qué cambio, ni el por qué del mismo.

            Estas manifestaciones del actual populismo, con ropaje socialista, nacieron con Hugo Chávez en Venezuela –el mismo Chávez candidato que el día anterior a su primera elección afirmaba que Cuba es una dictadura– que fue radicalizándose a medida que crecían sus recursos con la reciente y  dramática  alza en los precios del petróleo. Y, con tanto dinero, no se resistió a intentar un megalómano plan: constituirse en el líder radical de Latinoamérica, logrando lo que no pudo Fidel Castro que, junto a su socialismo, agoniza en la isla.

            Chávez no se quedó “en chiquitas” y por cuenta propia –no tiene país protector como Cuba que tuvo a la Unión Soviética– interviene, financia y alienta campañas electorales en diversos países y, cuando no tiene éxito, insulta y entra en conflictos verbales abiertos, como fue con varios presidentes, entre ellos nada menos que los presidentes Vicente Fox de México y Alan García del Perú. En sus diatribas incluyó al parlamento brasileño que había cometido el pecado de pedirle que respete la libertad de expresión, amenazada con el cierre de un canal de televisión. Los insultos a los Estados Unidos y a su Presidente, ya son  parte de un anecdotario negro.

            Por supuesto que la tarea de erigirse como líder del continente no es fácil, menos aún para un ex–golpista y un provocador. Pero este personaje lo intenta precisamente por los enormes ingresos que le da el petróleo a su país. Sin embargo, para otros como Bolivia este experimento del socialismo del siglo XXI, se presenta como una aventura muchos más peligrosa.

            Para Chávez, aunque el megalómano no lo reconozca, se le presenta difícil seguir  en su asumido papel de líder continental, pues hay obvias diferencias entre países, considerando su población, extensión territorial, desarrollo económico y social, nivel cultural, todo añadido a que hay gobiernos serios a los que no parece importarles esos pretendidos liderazgos efímeros, asentados –se insiste– en una coyuntura favorable de precios de una materia prima, como los hidrocarburos.

            Pero en su insistencia, ya Chávez asumió el papel de padre y protector de Evo Morales, dándole consejos, tratándolo con un paternalismo insólito seguramente  aceptado por el favorecido, porque le entrega cheques, destaca funcionarios y guardias y lo hace pasear en avión y helicópteros. Es más: mete en el juego a Irán. Y se da, entonces, la incongruencia del pretendido socialismo del siglo XXI que se alía con una dictadura secante, mezcla de fascismo y teocracia, dominada por una clase: la eclesiástica, al punto que su líder nacional –que no es el presidente y no participa ni gana una elección democrática–, es un ayatolá supuestamente predestinado para proteger a su patria y su religión.

            Y aquí resalta lo amargo: el gobierno de Morales –y él mismo– juegan el papel secundario; de segundón de un experimento informe y audaz, sin que se haya reparado en que al régimen venezolano –pequeño en dimensión universal– sólo le espera el ocaso de una dictadura más. Así será una anécdota amarga en la historia de  nuestra Latinoamérica, tan castigada por “salvadores”.

 
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