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Año III - Nº 131 - Uruguay, 20 de mayo del 2005

 

 

 

 

EL CONTRABANDISTA
MURIO EN SU LEY

 

Existen en esta frontera curiosas historias sobre algunos personajes de principios del siglo pasado que lamentablemente no fueron recogidas por los historiadores. Entre ellas la de un "turco" vendedor de chucherias que se habría apasionado por una joven de la sociedad y ante la resistencia de los familiares, resolvió realizar el primer secuestro fronterizo y nunca más se supo de la pareja.

Por supuesto que de estas historias populares nunca se pudo comprobar su veracidad, aunque viejos moradores aseguran que son verdaderas y aportan nuevos elementos con algunos nombres que no podemos proporcionar.

Cuando nos llegan estos relatos, sentimos la sensación de estar viajando por el túnel del tiempo hacia un pasado desconocido que nos hace convivir con personalidades históricas y tradicionales que forjaron el desarrollo de esta frontera.

Entre varios no podemos olvidar al "Conferente" y su máquina para "hacer" plata y a "Seu Rocha" un funcionario aduanero brasileño que aseguraba haber conocido al famoso "Cangaceiro" (Virgulino Ferreira) más conocido por "Lampiño" que anduvo según él, por estos pagos con su compañera "María Bonita".

Sin embargo el que anduvo por estos pagos recogiendo historias de primera mano con aquellos vecinos fue el escritor Miguel Víctor Martínez.

Con mucha paciencia hemos armado (en parte) el libro "SANTA TERESA DE ROCHA" que Martínez escribiera en el año 1936 y donde los 70 años transcurridos le quitaron algunas páginas de estimable valor.

Sin embargo quiso el destino que a partir de la página 95 podremos compartir con ustedes una historia que aspira a leyenda.

EL CONTRABANDISTA MURIO EN SU LEY

La muerte del contrabandista José Larrosa ocurrida en enero de 1932 es relatada en todos sus detalles por Miguel Martínez:"Estoy de nuevo dentro de este Fuerte de San Miguel, levantado por los portugueses a principios del siglo XVIII. Hay puntales y cabreadas en sus muros destruidos y hay en las piedras que están a punto de desprenderse y rodar hacia la falda del cerrezuelo, signos inconfundibles de que la protección del hombre ha dado comienzo a su obra reparadora. Las escalinatas de granito que suben a los cuatro baluartes, ostentan ahora, libres de la maleza que crecía entre sus grietas, un brillo húmedo y discreto; los espacios se han amplificado. Y el portón destaca perfectamente las líneas graves de su dintel. "

Pasaje de contrabandistas en San Luis

Desde la cortina que mira al Brasil, Abelardo del Puerto extiende el brazo y me dice: "si no fuera por la creciente, veríamos aquella barrita del San Miguel donde ultimaron a mi compadre José Larrosa un día 19 de enero, hace de esto cuatro años."

JOSE LARROSA&su nombre aspira a leyenda desde la villa de Castillos, hasta los bañados de Santa Teresa, desde la Sierra de los Amarales, en el Oratorio, al suroeste de la Laguna Negra, hasta las puntas de India Muerta, cerca del pueblo de Lascano.

Con el rodar de los años, la fantasía ha querido asignar a los episodios de la vida de José Larrosa atributos singulares y ha convertido su generosidad y su arrojo en una representación fuertemente simbólica, porque Larrosa fue contrabandista y murió en su ley, defendiendo los cargueros de mercaderías en infracción.

Su infancia transcurrió en aquellos ranchos paternos que yendo de Rocha para Castillos se incorporan sobre una lomita, a izquierda del carretero, frente al puente bajo cuyo arco corren las aguas del arroyo Sarandi del Consejo, bordeado de sauces criollos.

Junto a los ranchos se abren las copas de los ombúes centenarios y al fondo se recortan en el cielo las sombras azuladas de las Sierras de Sallanes.

A los quine años, José Larrosa se dedicó a infligir las normas de la ley e ingresó a una cuadrilla de contrabandistas de San Miguel.

Sus primeras actividades fueron secundarias; acondicionaba los cargueros sobre el lomo de las yeguas y avivaba el fuego bajo el estreves, del cual pendía la olla del guiso criollo.

Pero poco a poco, fueron perfilándose los rasgos prominentes de este muchacho, tanto en lo físico como en lo moral.

Alto de cintura, corpulento, sus ojos negros brillaban entre las largas pestañas y el rojo de los labios gruesos, bajo el bigote recortado a la americana, contrastaba con la blancura de los incisivos y los colmillos, intactos, apretados e iguales. Su cabellera cortada a "escobilla" remataba en un jopo sobre la frente un poco angosta. Vestía bombacha sencilla, calzaba bota larga con espejuelas de metal blanco y usaba cinto con hebilla dorada y reloj de plata con un escudito de oro en la tapa de la esfera. Enfundaba en el cinto un Smith 44 y un puñal de cabo de guampa.

Y sus pingos eran un frisón zaino y un gateado de nudos cortos y anchos encuentros. No era jugador ni mujeriego. No sabía tocar la guitarra, ni beber un trago de vino. Sus costumbres eran simples como su corazón. No obstante estas inclinaciones sobrias, su carácter era alegre y obsequioso.

Hablaba pausadamente y ese tono de su voz no era alterado ni en los instantes de peligro, ni en las horas de esparcimiento. No fue alterado cuando, en un alarde de valor sin medida, atajó él solo el fuego de los milicianos, escondidos en una emboscada hace de esto tres lustros, mientras que sus compañeros de cuadrilla retrocedían a tiempo y salvaban los tabacos y dulces de la carga clandestina.

Ni gritos ni injurias salieron de sus labios en aquel acto de ciego arrojo, acometividad rápida y certera contra el enemigo, cuyas carabinas vomitaron un fuego cerrado, sin herirlo, en aquel paso de la sierra de los Risso. Aquel rasgo de guapeza sin alardes le acordó títulos incontrovertibles para el mando. Y José Larrosa fue Jefe por automonasia.

Les habló así a sus hombres: -"Vamos a trabajar bien. Exijo de ustedes prudencia y respeto. Y valor en caso necesario. Hay que pagar la res antes de carnearla y pedir permiso para apretar los alambrados. Si los milicianos nos apuran, tiremos al codillo del mancarrón y salvemos la vida del jinete. Nuestras armas son mejores que sus viejas carabinas y sabemos poner la bala donde se nos antoje. Pero, ante todo, conviene no pelear con los milicianos y menos aún con la gente de línea y menos todavía con los pobres guardas aduaneros, porque ellos cumplen desventajosamente con su obligación. ¿Y si nos traen mal como ha sucedido tantas veces? -En este caso, iremos a la pelea, porque el contrabandista no debe entregar nunca la mercadería.

Resguardo Aduana San Miguel - Año 1945

Estas breves reflexiones quedaron prendidas firmemente como una orden, en la voluntad de aquellos hombres que abominaban de la estampilla porque no conocían su alcance tributario y porque además, estaban persuadidos, con criterio simplista de que ellos distribuían a bajo precio, entre la gente pobre, los artículos de consumo, con beneficios evidentes para la economía del hogar.

Tres, cuatro diez años por los bañados de San Miguel, por la Isla Larga, por la Sierra de los Risos hasta las puntas de India Muerta, por las Sierras de la Blanqueda, en campos de Amaranto Coutinho&dos, tres lustros caminando de noche con los cargueros de yerba, de tabaco y de dulces brasileños, a través de los bañados, entre los pasos de las serranías, sobre las sendas de los campos abiertos, bajo las densas cerrazones y las lluvias persistentes, allá iba y venía la cuadrilla silenciosa a cuyo frente trotaba el frisón zaino o el gateado de José Larrosa. Hasta que el 19 de enero de 1932 sobre la barrita del San Miguel, el más joven de la cuadrilla se acercó al Jefe y le dijo despacio: -"aunque estuviera paga no me gusta la salida de esta noche& "a mi tampoco le contestó Larrosa".

Levantó la cabeza y su pupila fue a clavarse en el cielo estrellado rumbo al oeste. Yendo derecho en dirección a su mirada, muy lejos de San Miguel, cerca de Castillos se empinan los cerros de Agapito. Sobre su falda se recuesta un lindo rancho con su quinta de legumbres, su chiquero y su majada de ovejas Lincoln.

Allí bajo el techo de quincha, junto al fogón de la cocina, una mujer joven agrupa a sus seis cachorros y les dice: - en estos días llegará papá-. Y con esta sugestión metida en el ánimo, los hijos y la mujer esperan a José Larrosa, mientras que el jefe de la cuadrilla vacila por presagio en San Miguel y tiende con su mirada en el espacio, un arco inverosímil por el cual corre hacia el oeste el recuerdo familiar varonilmente contenido.

Se dio la orden de salida. Las yeguas vadearon el río enrabadas por las colas. Y la cuadrilla se interno despacio por los campos de Generoso Da Silva bajo la oscuridad, con Larrosa en la avanzada de la marcha.

Tenía que suceder. Oculta entre unas pajas la gente de línea estaba en acecho. Apareció Larrosa en su gateado. Los infantes lo dejaron pasar. Preferían hacer fuego contra la gente que traía la carga de mercadería, porque el fin de aquella emboscada era apresar el abundante contrabando. Llegó al lugar la fila de los cargueros. Una descarga fue a perderse entre los espadones del bañado. Larrosa no sintió perplejidades.

Así como quince años antes, en un alarde de valor sin medida detuvo con su Smith 44 el fuego de los milicianos, consagrándose en valentía, en igual forma volvió ahora sobre sus pasos, clavó las espuelas y se fue generoso al entrevero. Pero esta vez, el valor se cansó de concederle títulos. Baleado en las costillas, se encorvo un poco, calladamente, sobre la cabezada del recado, hundió el mentón en el pecho y cayó muerto".