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Una sencilla cuestión de preferencias…
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| por Fernando Pintos |
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Apenas terminadas las Olimpíadas de Atlanta, en 1996, un amigo me comentaba, presa de una inocultable frustración: «…¿Y con Guatemala qué es lo que pasa? Seguimos sin ganar una miserable medalla en una Olimpíada. ¡Date cuenta de qué diferente es el caso de Cuba! ¡Ese país es toda una potencia olímpica! Y fijate bien: ganaron nada menos que 25 medallas y se colocaron en el octavo lugar, entre los mejores del mundo entero… Ahora decime vos, sinceramente: ¿no es como para tener un poco de envidia?».
Efectivamente, Guatemala no ganó ni una medalla en aquella recordada justa olímpica. Pero tampoco lo hicieron los que enumero a vuelo de pájaro, si bien quedando lamentablemente corto: Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Colombia, República Dominicana, Haití, Bolivia, Paraguay, Chile, Uruguay… Y muchos otros países del resto del mundo. Pero, a fin de cuentas: ¿Y con eso qué? Una figuración más o menos buena, discretamente mediocre o más o menos insignificante en cualquier medallero, olímpico o de cualquier otra índole, no refleja mayor cosa en el devenir de los pueblos. Significará, si mucho, algunos momentos colectivos de euforia, expectativa, amargura o decepción… Pero después de ello —nos estamos refiriendo lapsos relativamente breves y moderados—, a nadie en ninguno de los países involucrados le queda mayor cosa al respecto… Ni tan siquiera vagos recuerdos… Y los únicos verdaderos ganadores son aquellos deportistas que han conseguido medallas, las empresas y empresarios que han hecho negocios, los dirigentes olímpicos y deportivos que se han llenado los bolsillos con toda la discreción habida y por haber, lo los gobiernos despóticos, como el de Fidel Castro, quienes sí suelen utilizar esas efímeras glorias del deporte para inflarlas desmesuradamente, transformarlas en hazañas épicas y tapar, con tales cortinas de humo, toda su enorme sobrecarga de ineficiencia, de corrupción, de infamia, de bellaquería, de maldad y de irrespeto a los derechos de sus propios e infelices ciudadanos…
En estos tiempos de Posmodernidad, en donde todo es un gigantesco producto del show business planetario, las Olimpíadas no son otra cosa que un enorme pedazo del gran pastel mediático globalizante… No son cualquier otra cosa que un gigantesco espectáculo con proyección universal, en torno del cual giran negocios de miles de millones de dólares y gracias al cual todas las grandes potencias deportivas del planeta miden sus fuerzas y dirimen diferencias, roces, antipatías, filias y fobias. Por estrictas razones de mercadotecnia, Guatemala nunca ha sido ni será, jamás, una potencia en ese campo. El único papel que podría buenamente correspondernos, cada muerte de obispo, es precisamente el que hemos vivido —más bien sobrevivido— la pasada semana del lunes 2 al domingo 8 de julio de 2007, cuando toda la parafernalia del Comité Olímpico Internacional se aposentó en lo que ahora es el centro neurálgico de nuestra ciudad, para hacernos durante esos días la vida literalmente imposible, con su desborde de payasadas y su desfile de personajes pútridos y malsanos (es decir: corrompidos hasta el tuétano). Odiosos personajes incluido el tal Putin (¿en realidad, se pronunciará Putín?), quién no sólo infestó la ciudad con su presencia, sino que se dio, para colmo, el lujo de tratar a nuestros gobernantes como a vulgares mendigos, es decir: prometiéndoles (¡ni tan siquiera dándoles!) una esperpéntica limosna… Y punto final, porque la cosa no alcanza para más.
Pero volviendo al tema que mi frustrado amigo había planteado —en aquella ocasión se le miraba visiblemente angustiado—, me vi obligado a explicarle que no tenía razón alguna para deprimirse con tales aspavientos. Le expliqué, entonces, que el deporte es, en los regímenes comunistas —al igual que la guerra y la propaganda—, una simple prolongación de la política. En países como Guatemala, por el contrario, el Estado no se ocupa mucho de esas cosas, salvo entregar puntualmente a la Confederación Autónoma de Deportes, cada año fiscal, el cinco por ciento del Presupuesto de la Nación (para estas alturas, cerca de Q.2,000 millones), dinero que parecería caer, siempre, en alguno de esos temibles agujeros negros que andan sembrados por el espacio sideral y que, según los científicos, son capaces de tragarse como si nada a un sistema planetario como éste en que vivimos… De ahí, que nuestro deporte nunca gane nada y que nuestras delegaciones olímpicas tampoco.
Agregué a lo anterior que, como si lo antes explicado fuera poco, ser un deportista destacado en la Cuba de Fidel Castro significa una de las escasísimas vías para acceder a una vida más o menos desahogada, y ello se transforma en un incentivo sobresaliente para cualquier atleta con ciertas condiciones: cuanto más sobresalen, resulta que mejor comen y más decorosamente se mantienen en un país cuya población está cada día más y más hambrienta. Y añadí que, por añadidura, cualquier Olimpíada proporciona a los deportistas cubanos la extraordinaria posibilidad de viajar, de conocer otros países y de experimentar diferentes estilos de vida, cosa que de otra manera no podrían hacer, como bien lo sabe y lo sufre la enorme mayoría de sus desdichados compatriotas. Al mismo tiempo: un estímulo adicional para el máximo esfuerzo atlético —y a la vez supremo inhibidor de las deserciones masivas— es que cada miembro de una delegación olímpica deja en la isla a toda su familia en calidad de rehén. Con tales estímulos (incluidos los adecuados aportes de la policía secreta), con una preparación que es de full time —verdaderamente profesional— y compitiendo contra los deportistas de los demás países que son verdaderamente amateurs, las medallas olímpicas se tienen que ganar por fuerza. (Agreguemos ahora un detalle significativo: que toda esta política de Estado basada en preparar ganadores olímpicos profesionales, contradice y burla, de la manera más cínica, el espíritu original de las competiciones olímpicas).
Pero reservé el mejor argumento para el final. Y propuse entonces a mi amigo la siguiente elección: ¿Cuál de dos opciones preferiría él? La primera opción: ¿Vivir en Cuba y gozar el efímero alegrón de las 25 medallas olímpicas de 1996, a cambio de arrastrar una vida miserable y llena de privaciones? La segunda opción: ¿O seguir en Guatemala, donde tenía y sigue teniendo un buen carro del año; donde habitaba y sigue habitando una casa decente con todos sus servicios y comodidades; donde tenía y sigue teniendo la libertad para viajar a dónde se le dé la realísima gana (Cuba incluida); donde además disfrutaba y sigue disfrutando de irrestrictas libertades de prensa, de educación, de culto y de opinión?
Y para colofón, le puse como ejemplo la cantidad de modernos centros comerciales de que aquí disfrutamos, así como esa irrestricta abundancia que nos ofrecen los supermercados, los almacenes, las tiendas, las boutiques, los comercios de toda índole (incluida la economía informal, of course)… Después de toda aquella amistosa filípica, creo que mi amigo recuperó el ánimo que momentáneamente había perdido. Y llegamos a una conclusión lógica: Si les fuera posible elegir, 90 o más, entre cada 100 cubanos, cambiarían gustosamente sus veinte o treinta medallas de cada competencia olímpica por el privilegio de vivir aquí, en esta Guatemala que, pese a todas sus cualidades, es tan detestada, criticada e incluso insultada por cierta caterva de tinterillos y comemierdas de tiempo completo.
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