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Año III - Nº 204
Uruguay, 20 de octubre del 2006
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Fernando Pintos Lo que debería hacer Uruguay
para ingresar en el primer mundo

por Fernando Pintos
 
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Ya tenemos la cantaleta sabida por demás: vivimos en el mundo de la Globalización. Todos los países del planeta tienen que seguir los lineamientos básicos de este fenómeno, siempre y cuando pretendan salir adelante. Los países de economía débil y desarrollo indefinido, como Uruguay, deben esforzarse por hallar una salida a la situación poniendo en juego no tanto sus economías tradicionales —las cuáles responden a las exigencias de una Globalización muy anterior a la que hoy se vive— sino, antes bien, apelando a sus capacidades potenciales y encontrando un nicho muy especial y muy apropiado, en el complejísimo rompecabezas que es el mundo globalizado… Etcétera. Y sobre todo ello estoy de acuerdo. Completa, enteramente de acuerdo. Y me preocupa el Uruguay sobremanera, porque se trata de mi país y lo conozco casi como la palma de mi mano.

Está harto comprobado que la salida para la problemática uruguaya no radica, ni por asomo, en ese elefante blanco llamado Mercosur. Bueno, no blanco, sino más bien «verde-amarelho»… Con una marcada tonalidad albiceleste. ¿Qué ha hecho y qué hace, Uruguay, debatiéndose en las redes del famoso Mercosur? Pues nada más que servir como satélite para sus dos poderosos vecinos y, eso sí, nunca jamás atender a sus verdaderos intereses ni mucho menos acceder a oportunidades reales de despegue. Y a quien no quiera creerme, le recordaré la penosa y enojosa controversia de las papeleras. Bastó que una legión de ecohistéricos de la otra orilla pusiera el grito en el cielo, para que el gobierno esquizoide del camarada Kirchner olvidara afinidades ideológicas, buena vecindad y unos índices mínimos de tolerancia, para unirse con bombos y platillos a la gritería histericoide. ¡Bonitos vecinos! Si éstos son los amigos, imaginarse cómo no habrán de ser los enemigos. Pero lo que Kirchner y compañía han hecho es lo mismo que Lula y compañía hubieran actuado si se les hubiera puesto en situación similar. El mensaje es claro: que el Uruguay reviente y que todos los uruguayos se mueran de hambre o vean cómo se las arreglan para subsistir, pero que ni por equivocación se vaya a profanar siquiera un milímetro de los sacrosantos intereses de la Argentina kirchneriana… En consecuencia, para el Uruguay y los uruguayos conviene infinitamente más un tratado directo de libre comercio con Estados Unidos, que toda su historia y su futuro dentro de un Mercosur que tan sólo sirve a los intereses argentinos y brasileños. Me parece que eso queda bien claro. Y quién pretenda mayor claridad, que le eche agua.

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Ahora vemos lo siguiente. Las papeleras están muy bien, pero ellas por sí mismas no servirán para que la economía uruguaya despegue hacia el Primer Mundo. La utilización y optimización de los recursos agropecuarios del país es excelente, pero, una vez más: por sí sola no bastará para que demos el gran salto. Están también la pesca (extraordinario potencial, eternamente desperdiciado y entregado para disfrute de saqueadores con cualquier bandera extraña), y ciertas áreas muy especializadas de la industria, los servicios y el turismo. De acuerdo. Pero juntemos todo lo mencionado hasta el momento, y se verá que seguimos sin levantar vuelo tal cual debería ser y de la manera en que quisiéramos.  A partir de esa comprobación, deberíamos enfocarnos en nuestras cualidades potenciales. Y me refiero a las altamente potenciales. Aquéllas que pueden armonizar perfectísimamente con el mundo globalizado que nos rodea. Primero analicemos qué somos y qué tenemos. Después, analicemos el resto del mundo. Y veamos quiénes nos pueden dar lo que se necesita para desarrollarse: dinero. Obviamente, ese dinero no va a llegar ni de la Venezuela de Chávez ni de la Bolivia de Evo Morales. Ni de cualquier otro país latinoamericano. Olvidémonos de América Latina, entonces, y del dinero sucio y espurio que eventualmente nos podría salpicar (desde Venezuela o Bolivia), para enfocarnos en dinero limpio, dinero sano, dinero que ni esté maldito ni nos sumerja de cabeza en la peor de las maldiciones posibles. ¿Dónde, cómo y gracias a quiénes podríamos conseguir ese dinero?

Bueno. El Uruguay es un país con las siguientes características: tiene una democracia que está razonablemente establecida; disfruta de una marcada estabilidad institucional; predomina en él la cultura europea; es un país relativamente amplio si se compara con algunos, de Europa, muy desarrollados (Suiza, Bélgica, Holanda, Irlanda, Portugal); disfruta de una geografía privilegiada en muchos sentidos; tiene una población que en su mayor parte es de origen europeo; es muy civilizado atendiendo a estándares internacionales; exhibe índices elevados de educación; sus índices de crimen y delincuencia son relativamente bajos (si se les compara con los de la mayoría de los países latinoamericanos); tiene muy buenas ciudades (para todas las preferencias); el estilo de vida es muy similar al de algunos países latinos de Europa, tales como España e Italia… Además, se trata de un país donde se puede disfrutar de la vida en gran forma siempre y cuando se disponga de unos ingresos fijos razonables, pongamos por caso: de mil a tres mil dólares mensuales.

Ahora bien: actualmente, en Europa, hay más de 75 millones de personas mayores de 65 años. De la misma manera, se calcula que entre 2006 y 2016 se jubilarán unos 65 millones de ciudadanos estadounidenses con límite similar de edad. Muchas de estas personas son llamativamente adineradas si se tienen en cuenta nuestros estándares. La inmensa mayoría, disfruta de unas jubilaciones y pensiones que pueden oscilar entre  los mil y los cinco o diez mil dólares mensuales. En este preciso momento, México y la mayoría de los países centroamericanos están muy atentos a ese fenómeno y pretenden, cada cual por su lado, atraer al mayor número posible de estos jubilados del Primer Mundo. Pero ninguno de los países mencionados reúne las características que tiene Uruguay. En la práctica, Uruguay podría ser un verdadero paraíso para un par de millones de estos ciudadanos retirados de países europeos y de Estados Unidos. Y ni qué decir que si Uruguay estableciera una política agresiva en tal sentido, podría atraerlos y radicarlos en su territorio, gracias a lo cual, estarían entrando al país cada mes unos dos o tres mil millones de dólares y euros. Calculen eso: un país huésped de gente de tercera edad del Primer Mundo que, por tal concepto, sólo por eso (sin contar todas las demás actividades económicas), estaría recibiendo unos 25 mil o 30 mil millones al año en divisas fuertes, en moneda dura. Con todo ese dinero sí se podría pensar en un despegue hacia el Primer Mundo, puesto que todo ese dinero estaría ingresando en bancos uruguayos, estaría ingresando en la industria alimentaria uruguaya, estaría catapultando a la industria de la construcción en Uruguay, estaría pagando infinidad de servicios (alquileres, agua corriente, luz, telefonía fija, telefonía celular, Internet, etcétera) y estaría asegurando pleno empleo para todos los uruguayos que quisieran trabajar. En primera instancia, se podría pensar en que el país podría transformarse en ese paraíso de bonanza con el cual todos soñamos desde tanto tiempo a esta parte.

Resulta obvio, empero, que nada de esto dejaría de acarrear problemas e inconvenientes frente los cuales habría que poner en juego toda la capacidad e inteligencia que distinguen a los uruguayos. Atraer tal cantidad de gente como esa significa una política de Estado muy definida, en la cual deberían entrar diversos aspectos tales como libre entrada al país de los automóviles y mobiliarios de quienes los quisieran traer, algunas exenciones impositivas y determinados privilegios. Al mismo tiempo, los uruguayos tendrían que lidiar contra la dificultad de los nuevos habitantes para integrarse al país y para aceptar sus costumbres e idioma. Se vería, en muy poco tiempo, la aparición de barrios enteros y complejos urbanísticos destinados a los nuevos habitantes o huéspedes del país; aparecerían periódicos en inglés, francés o alemán… Etcétera. Como compensación se tendría que casi todos ellos llegarían con sus propios seguros de salud y aquéllos que no los tuvieran se podrían acoger a la seguridad social uruguaya pagando cuotas de unos 80 ó 100 dólares mensuales.

Debido a que los países ricos del mundo están envejeciendo aceleradamente, Uruguay podría disfrutar de una bonanza llamativa, en los próximos años, si se decidiera a ser país huésped para estos inmigrantes/turistas del Primer Mundo. Ahora, por supuesto, estaría por verse la voluntad política del Estado uruguayo y de las autoridades uruguayas para implementar una política de tal índole. Conociendo a mi país, estoy seguro de que los primeros que saldrán a poner el grito en el cielo serán ésos a quienes me gusta llamar «los bienintencionados de siempre», denominación en la cual entran con holgura nuestros folclóricos izquierdistas, nuestra parasitaria clase sindical y toda una cáfila de imbéciles, energúmenos y resentidos. De todos ellos estoy seguro saldrá una resistencia feroz contra una iniciativa como la antedicha, que en poco tiempo podría meter de lleno a Uruguay en el mundo de la bonanza y la prosperidad.

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