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Año III - Nº 204
Uruguay, 20 de octubre del 2006
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Fernando Pintos Acerca de quienes pretenden
embadurnarnos con turbia baba

por Fernando Pintos
 
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El pasado miércoles 4 de octubre, el matutino Prensa Libre publicó (página 6) un reportaje de Claudia Villaseñor que se titulaba: «Un producto que no cura». De acuerdo con el mismo, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), de México, ha determinado recientemente que ese harto promocionado producto, el Celltone Skin Care, al cual se le conoce más como el «gel baba de caracol», carece en absoluto de las fabulosas, impresionantes, apabullantes y prácticamente milagrosas cualidades que ha estado asegurando y prometiendo, desde muchos meses a esta parte, su tan estúpida como fastidiosa publicidad que ha sido difundida, principalmente, a través de canales de cable. En vista de la mentira reiterada y el fraude indiscutible que la misma conlleva, COFEPRIS advirtió a las empresas que en México distribuyen Celltone sobre la obligación de cambiar su publicidad para televisión, pues la que se ha difundido hasta el momento significa, pura y simplemente, una estafa reiterada contra los consumidores. Siempre de acuerdo con la institución federal mexicana, el mencionado producto no resulta dañino para la salud, pero carece de cualquier curativa que le permita combatir el acné, eliminar manchas o regenerar la epidermis humana. Sin embargo, según señala el citado reportaje de Prensa Libre, en Estados Unidos se ha descubierto que el famoso Celltone provoca daños a la salud humana. Y ha sido nada menos que la reconocida FDA, que se ha encargado de informar que tal producto viola nada menos que 190 preceptos sanitarios vigentes en USA, lo cual no es poca cosa.

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De inmediato y como no podía ser de otra manera, los estafadores que fabrican y distribuyen el potingue «maravilloso» han salido a la palestra, para defender a capa y espada las presuntas bondades de su negocio. Y una de las perversas bromitas que han gastado, consiste en la siguiente afirmación: «¡Estudios científicos respaldan las propiedades curativas de Celltone!»… Pero no es sólo eso: también han afirmado que tales estudios fueron realizados por el «prestigioso» laboratorio Zephiredelcor Compañía Limitada, el cual se encuentra radicado en algún lugar de la República de Ecuador… Dado el grotesco cariz de todo el asunto, no sería extraño que el dueño de ese presunto laboratorio fuese ni más ni menos que el pintoresco Abdalá Bucaram. En consecuencia, explican, el aval de tan afamado laboratorio internacional es toda una garantía para toda esa legión de ilusos y crédulos que han comprado y que por un tiempo seguirán adquiriendo el «insuperable» e «inigualable» producto. Y por supuesto —nunca está de más agregar el escarnio a la infamia—, en Guatemala, la Dirección de Asistencia al Consumidor (DIACO) ha declarado que, frente a este escándalo  internacional que involucra a la baba de caracol: «…debe esperar la denuncia de los consumidores para empezar a investigar».

Y bueno… ¿Habrá algo de extraño en todo este asunto? Pues no. En lo absoluto. Desde muchos años a esta parte existe, utilizando como pivote los canales del cable dirigidos a Latinoamérica, este perverso y mentiroso negocio de publicitar y vender productos «milagrosos». Es decir: vender toda clase de inmundicias, afirmando con énfasis y por riguroso turno que todas y cada una de ellas ha sido el non plus ultra, la octava maravilla dentro de su género. Detrás de todo eso solía estar, apenas unos años atrás, una mañosa mafia de coreanos listillos, de esos que suelen caminar por las paredes. Pero, en cuanto al momento actual, no sería de extrañar la presencia de alguna mafia, paralela o integrada, de chinos mafiosos, de esos que serían capaces de venderle el obelisco de Montevideo al propio intendente municipal…

Resulta, en consecuencia, que esta asquerosa estafa reiterada se está llevando a cabo cuando menos desde un par de décadas a esta parte. Y lo han perpetrado abusando a más no poder de la consabida cantaleta de la maravilla, esgrimiendo la cual han estafado y desilusionado a millones y, al mismo tiempo, también han amasado unas fortunas monumentales… Pero he aquí que el variopinto desfile compuesto por toda una gama de productos «maravillosos», «incomparables» y «definitivos» se le sigue ofreciendo, como si nada hubiese sucedido, a un público patéticamente idiotizado por el apetito consumista. Y se le promueve, como de costumbre, por medio de una verdadera diarrea verborrágica, compuesta por una caótica y desenfrenada mezcolanza de zalemas, elogios, falacias, alabanzas y ditirambos… Todo lo cual, convenientemente aderezado con una muchedumbre febricitante de tautologías, pleonasmos y otros vicios de la lengua. Si alguien fuese lo suficientemente ignorante e ingenuo como para creerse a pies juntillas esa verdadera pirámide de falsedades, podría llegar a la conclusión de que por arte de birlibirloque se encuentra habitando no ya en el siglo XXI, sino más bien en el XXV o tal vez, ¿por qué no?, en el XXXVII… Y lo creería así porque, según estos mercaderes de la mentira y el engaño, todo cuanto ellos promueven y venden es «el producto final», más allá del cual, no existiría la posibilidad de cualquier otro que pudiese igualarlo y mucho menos, todavía, superarlo.

Como es obvio y comprobado hasta el extremo, todos aquellos «increíbles», «insuperables» y «maravillosos» productos han ido fallando, lastimosa y escandalosamente, uno tras otro, desde ya 20 años a esta parte. Y lo seguirán haciendo hasta el infinito, porque no son otra cosa que la diabólica versión posmoderna de aquellos espejitos y aquellas cuentitas de colores con que los europeos seducían a los aborígenes en siglos pasados. Con la diferencia de que tales abalorios se encuentran, ahora, en las garras voraces de una mafia internacional de ladronzuelos y listillos que se las ha ingeniado para encandilar a esas interminables legiones de ignorantes que tenemos repartidas por toda la vasta geografía latinoamericana. En la práctica, el negocio ha sido perfecto: una producción industrial interminable de baratijas e inutilidades, una publicidad que utiliza la mentira hasta los peores extremos de la infamia, unas muchedumbres idiotizadas que compran y siguen comprando… Y unos canales de cable que han sido los cómplices más adecuados y, de paso, absolutamente impunes. Sin descartar, por supuesto, a las preciosas autoridades de nuestros tan patéticos como folclóricos países, las cuales siempre se están haciendo de la vista gorda frente a cuanto delincuente ande por ahí, suelto y estafando. He ahí, en pocas palabras, una ecuación delictiva casi perfecta.

Sin embargo, en el caso específico del Celltone, la tan alabada baba de caracol con la cual han pretendido embadurnarnos de los pies a la cabeza, el tiro parece haberles salido por la culata. Las autoridades mexicanas les pusieron un alto y las norteamericanas simplemente los barrieron como lo que sencillamente son: basura. Y a partir de ahora veremos qué pasa con la publicidad del producto para los demás países, principalmente los de la América Latina más folclórica. Posiblemente, para casi todos ellos la publicidad de Celltone continúe con las mismas pautas de siempre. Después de todo, estamos en el subcontinente que ha llevado y sigue llevando, hasta las cimas del poder, a los individuos más asquerosos y repudiables: bufones, payasos, analfabetos, ignorantes, mentirosos, matarifes y ladrones con especialidad en raterismo… ¿Acaso mereceríamos algo mejor que baba de caracol para salir de todos nuestros males, infamias y fracasos?

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