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Año III - Nº 204
Uruguay, 20 de octubre del 2006
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Luis Tappa La venda en los ojos
* Luis Tappa
 
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En estos últimos días hubo acontecimientos que, si bien no podemos decir que han conmocionado a la opinión pública, sí, podemos asegurar que ha dado tema para polémicas de todo tipo.

La confrontación Bordaberry-Michelini ha sacudido la modorra y somos muchos los que salimos a dar nuestras, por cierto, muy personales opiniones.

De este enfrentamiento solo saqué en limpio la mala educación, la intolerancia y la prepotencia del hijo del ex dictador, lo que se hereda no se roba. Tras esa polémica televisiva pienso que este enterró definitivamente sus aspiraciones políticas, no se hizo ningún favor.

Juan María Bordaberry, llegó al poder tras dudosas elecciones, ver el libro “El fraude del 71”, de Enrique Colet, o sea, su gobierno nació mal y terminó peor.

A pesar de no llegar a la presidencia el gran triunfador fue Wilson Ferreira Aldunate, yo fui uno de los que lo votó y me sentí estafado, era la única esperanza que nos quedaba para intentar evitar lo que ya todos sabían que se venía, tampoco se si lo hubiera logrado.

En este tema de la ley de caducidad, todos opinan, pero, ¿Quién tiene razón? Difícil de asegurarlo, solo son opiniones vertidas dentro de nuestra propia posición y modo de ver las cosas, cada cual tiene la suya, y está bien que así sea.

En lo que me es personal, respecto al manido tema de los derechos humanos, me remito a lo que dicen las leyes internacionales, que los delitos de lesa humanidad no prescriben.

Ni los pueblos ni los gobiernos tienen derecho a ignorar los compromisos adquiridos internacionalmente en un tema tan delicado, nuestro país adhirió y firmo, en todos sus términos, la aceptación de estos postulados, por lo tanto no valen otros argumentos que no sea la legalidad y el reconocimiento irrestricto a lo pactado y firmado, en su oportunidad, por nuestro país.

Además por nosotros mismos, por nuestro propio honor de Orientales, como hijos de José Gervasio Artigas y su gloriosa bandera, el más puro símbolo de libertad, democracia, independencia.

Se pueden decir muchas cosas y presentar infinidad de argumentos en favor o en contra de las diferentes posiciones, pero hay un documento reconocido mundialmente, firmado por nuestro gobierno y, que hablan de un compromiso internacional asumido, lo firmado, firmado está, no podemos desconocerlo ni borrar con el codo lo que firmamos con la mano.

Los delitos de lesa humanidad no prescriben ni pueden ser anulados por dudosos plebiscitos.

No olvidemos que cuando se plebiscitó la ley de caducidad se vivieron momentos muy tensos entre nuestra población, la amenaza de un nuevo desacato por parte de las fuerzas armadas estaba latente, ya que habían amenazado con ello en caso de no aprobarse esta ley.

El pueblo tenía miedo entonces, acabábamos de salir de una grave crisis institucional y vivir momentos de terror, la gente no quería volver a caer en lo mismo, el miedo no es tonto.

Entonces no se que valor puede tener un plebiscito llevado a cabo en medio de esa tremenda tensión provocada por la amenaza y el miedo resultante.

No creo que olvidando el pasado vamos a solucionar el futuro, los defensores del olvido, olvidan que hay cosas que no se pueden olvidar y, de no encontrarse la solución definitiva, poniendo cada cosa en su lugar, el tema estará latente por los siglos de los siglos como asignatura pendiente, porque así sucederá, e inevitablemente tendremos el tema en el tapete por muchos años más.

¿Cómo podemos pedirle a la gente que pierda la memoria? ¿Como podemos borrar de un plumazo, o por decreto, parte de nuestra historia?

Si eso hiciéramos estaríamos enviando un terrible mensaje, estaríamos diciendo que lo que se hizo no importa y que pueden volver a hacerlo cuando quieran.

Estaríamos diciendo que atentar contra la constitución de la República y el orden institucional es legal y no tiene consecuencias para quien o quienes lo hagan.

Eso es lo que me preocupa, no me importan los motivos que han desembocado en esta situación, tampoco me importa quien o quienes tenían razón ni cuales eran, sí me importa el mensaje que estamos dando; esconder la cabeza en la tierra como el avestruz no es la solución, la prueba esta en que 33 años después estamos estancados en el mismo tema y no terminamos de salir, porque quieran o no, hay cosas que nos se pueden olvidar o, hacer de cuenta que nunca pasaron.  

En Argentina y Chile se está enjuiciando a todos quienes tuvieron algo que ver con delitos de lesa humanidad ocurridos en sus respectivos países, pese a leyes y decretos presidenciales de perdón anteriores.

Hace muy poco, en la vecina orilla, se condenó a cadena perpetua a uno de estos nefastos personajes, yo opino que aclarar estas cosas y castigar a los culpables es la única manera posible de terminar definitivamente con el tema.

Debemos dejar de lado posiciones y fanatismos ideológicos, permitir que actúe la justicia, es, absolutamente, la única posibilidad que tenemos de terminar con esto de una vez por todas, de ninguna manera olvidando nuestro pasado se va a encontrar la tranquilidad y la paz que este pueblo merece; es imposible, arrancando unas cuantas páginas de un libro terminaremos leyendo la mitad y no entendiendo nada.

Así no es como se debe escribir la historia, bastante distorsionada y mentirosa ya tenemos la nuestra.

Vuelvo a repetir, debe de actuar la justicia y dejar un claro mensaje de que hay cosas que no se pueden hacer sin pagar las consecuencias. Debemos curarnos en salud, no esperar a estar desahuciados para salir a comprar remedios.

A mi criterio, esa es la mejor manera de asegurar nuestra constitucionalidad y democracia, el respeto a la Constitución de la República esta por encima de simpatías, banderas, binchas o diferencias políticas.

Los integrantes del ejército solo son empleados públicos, empleados del estado y para eso se les paga, no puede tener voz ni voto, están para obedecer, cuidar nuestras fronteras y defender nuestras instituciones, son los menos indicados para romper este orden.

Tampoco olvidemos que el golpe de estado fue un proceso cívico militar que se venía gestando desde muchos años antes a 1973, ambiciones personales y también internacionales jugaban su rol, la CIA, infiltrada en el ejército, la policía y cuanta dependencia estatal había, movía los piolines a placer.

Hubo muchos políticos y ambiciones políticas que, escondidos detrás de los uniformes de las fuerzas armadas o la policía, actuaron en la oscuridad, no fueron solo los militares los culpables de este desaguisado, más bien ellos fueron el instrumento y parte de la maquinaria intelectual.

Habría que desenmascararlos a todos, políticos y militares, para de ese modo encontrar la paz definitiva en un país que no termina de pagar derecho de piso por la ruptura de la legalidad.

Cuando en este país cayeron las instituciones democráticas el movimiento Tupamaro había sucumbido y, sus integrantes y cúpula dirigente estaban todos presos, pasaron casi 12 años en la cárcel.

El General Seregni y otros altos militares y marinos también pagaron caro su amor a la democracia y respeto a las instituciones, demócratas antigolpistas a quienes no podrán acusar de Tupamaros, la guerrilla había sido controlada y eliminada, así que mal pueden ampararse en eso para justificar lo que hicieron.

Cuanto más se quiera ocultar y, se pretenda que la gente olvide, más presente estará, en el pensamiento de todos, las cosas que sucedieron en esos trágicos años.

La historia no se puede borrar, con el mismo criterio que se pretende emplear, de mirar adelante y olvidar el pasado, podríamos exigirles a los judíos que olviden el holocausto o a los norteamericanos que olviden el 11/9, pero no sucederá y, pasarán mil años y ahí estarán ellos para recordárnoslo y perseguir a quienes consideran culpables, salvando las distancias, por supuesto, pero en estas cosas no caben cuestiones de números, sino de hechos.

Un solo torturado, asesinado y desaparecido bajo esas circunstancias, es lo mismo que mil o un millón, se trata de la acción, no de la cantidad.

Ahora, yo digo, ¿No les parece que pedirles que olviden, a la gente o a los hijos de quienes sufrieron las consecuencias de la represión? ¿Es demasiado?

¿No les parece que es demasiado pedirles que olviden a gente que ni siquiera tiene una tumba donde llevar una flor?

Dejemos que actúe la justicia, es la única forma de asegurarnos un porvenir venturoso de paz y concordia entre todos los uruguayos, incluso por el bien de las propias instituciones involucradas en el asunto. Un blanqueo nunca viene mal y, por sobre todas las cosas, tenemos el derecho a saber la verdad.

Los pueblos son siempre los grandes postergados.

Finalizada la confrontación, Bordaberry-Michelini, uno de los periodistas del Staff, dijo, muy suelto de cuerpo, palabra más palabra menos, refiriéndose al tema de la ley de caducidad y los derechos humanos, - “me tiene podrido”-

Esto es lo que yo llamo hacer gala de una insensibilidad y frivolidad que asusta, también de escasos o, muy elementales recursos periodísticos.

Claro, hay PERIODISTAS y…  “periodistas”. Ese ridículo show, armado por canal 10, fue suficiente para que no los mire más.

Hoy todos opinan y pretenden saber cual es la mejor solución, yo, personalmente, no se cual es, no lo sufrí en carne propia ni tuve que llorar a ningún familiar, pero tampoco podemos permanecer indiferente ante la desgracia de quienes padecieron las consecuencias, con razón o sin ella, pero no es encarcelando, matando o desapareciendo a la gente que se solucionaban los problemas del país.

Como les decía, aunque no lo sufrí en carne propia ya que jamás me arrimé ni tuve nada que ver con la política, tampoco era agradable en esos años, para el ciudadano común, tener que soportar que nos dijeran lo que podíamos leer, lo que podíamos escuchar, lo que podíamos ver y lo que podíamos hablar, hasta palabras prohibidas existían, sí, caro lector, aunque no lo crea, palabras prohibidas, les limitaron el diccionario a la gente y a la prensa; todos se sentían permanentemente vigilados, mientras tanto, los compases de la marcha de San Lorenzo, como telón de fondo y a modo de música macabra, nos recordaban a cada momento que el país se encontraba bajo la bota militar.

La gente no hablaba, susurraba hasta dentro de sus propias casas, las paredes oían; en la calle, los ómnibus o taxis, mas valía mantener la boca cerrada y, ante el más mínimo e inocente desliz terminaban con una capucha en la cabeza e internados en cualquier cuartel, así se vivió durante esos años de intolerancia, abuso y terror.

Un anticomunismo paranoico y rancio, al mejor y más  puro estilo de la sicopatía MacCarthyana. Eso vivimos.

Todo esto, irónicamente, sucedía en nombre de la democracia… ¡Ja!

No se equivoque lector, no soy comunista, solo un librepensador que no me ato a filosofías caducas, políticas o religiosas, pienso que todos los extremismos son malos y no conducen a nada; el respeto, la libertad y democracia plenas, en el derecho, es el único camino para la convivencia entre los hombres de cualquier país o los pueblos del mundo.
 
Por esa misma razón es que me remito a la justicia y al documento firmado por nuestro país respecto al tratamiento que se le debe de dar a los crímenes de lesa humanidad; pero téngase en cuenta que, lo que nunca lograremos es ponernos en la piel de quienes sufrieron las consecuencias de tanto desatino.

Hubieron culpables que no merecieron el tratamiento ni el final que tuvieron, pero también inocentes que pagaron con su vida, o cárcel, la mesiánica postura de quienes quisieron lavarle el cerebro a un pueblo y pretendieron domesticarlo hasta hacerlo de andar.

Si olvidamos el pasado y no sacamos provecho de sus enseñanzas, mal podremos mirar hacia el futuro sin avergonzarnos, un país sin memoria no lo tiene, está condenado a vivir su propio purgatorio hasta el final de los tiempos y, de perder la memoria, hasta de tropezar nuevamente con la misma piedra.

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