Año III - Nº 114 - Uruguay, 21 de enero del 2005

 

 

 

 
LA FIDELIDAD DE UN PERRO
por Néstor Rocha

Esta historia nace a mediados del siglo pasado, es decir el siglo veinte. Uno de sus protagonistas, apodado Muringue, fue peón del Destacamento de la Dirección Nacional de Vialidad de Castillos y se caracterizó por ser una persona dicharachera según la jerga popular, catalogado como excelente compañero, bien dispuesto y de un notable buen humor ya sea con los niños, jóvenes y adultos. Su afición fue la música y los instrumentos que él pulsó fueron la guitarra y el violín, hasta tuvo un violín de corneta posiblemente el único en Castillos; durante años integró diversas comparsas en las fiestas de carnaval.

La otra figura de esta historia es un perro de color negro y de pelos medianamente largo y en su cuello lucía una "corbata" color blanco, apareció por el Destacamento recién nacido y a Muringue se le ocurrió llevárselo de regalo a sus dos únicos nietos en aquella oportunidad. Se le amamantó con leche a través de una cuenta gotas y se le llamó Calú en virtud de que estaba de moda un genero musical que hoy no se recuerda si se trataba de una samba brasileña o una música tropical.

Calú paso a integrar el humilde patrimonio de juguetes de esta familia, muchos recordarán que los niños de hogares pobres se entretenían con los camioncitos hechos con la lata de aceite marca Aurora o la de dulce de membrillo Mimosa ó Para Ti, los ejes eran de palo de escoba y las ruedas eran las latas de pomada de zapatos comúnmente conocidas por satinola entre otros elementos o juegos utilizados ingeniosamente; mientras que las niñas disfrutaban con sus muñecas de trapo. Tener una pelota de goma aquellas de color azul o rojo de tamaño mediano era todo un acontecimiento y prácticamente pasaba a ser un bien de los los niños del barrio.

Cuando los nietos de Muringue empezaron los estudios secundarios y luego buscaron cada uno sus destinos, Calú pasó a ser el fiel compañero consecuente y obsecuente del abuelo generándose una indisoluble amistad. Muringue era aficionado al truco y las herramientas verbales de este juego lo hacía en forma de verso y a su lado acompañando esta aventura estaba Calú en los bares de "Lolo" Acosta ó Valoy González. Lo que comía uno comía el otro, en las horas de descanso del abuelo ya sea la siesta o en las horas de la noche el perro permanecía a su lado, siempre juntos y así transcurrió el tiempo, cuánto no importa.

La ley de la vida llamó a la puerta de Muringue un 8 de junio de 1967 y alguien invitó a su alma a recorrer lejanos lugares, otros mundos en un cruel día de invierno. Calú se dio cuenta de lo que pasó; el velatorio se realizó en la casa del occiso como era tradicional en esas épocas y el perro permaneció debajo del féretro acostado y arrollado, con los ojos llenos de lágrimas y temblando continuamente. Varias veces se lo retiró del lugar donde estaba y tenazmente volvía a ocupar el sitio acompañando a su amo fielmente como lo hizo siempre.


Llegó el momento de la partida para el cementerio y hubo que atarlo para que no acompañara el cortejo, por otras experiencias de perros se sabe que permanecen donde están sus amos sepultados y no hay quien los mueva y Calú no iba a ser la excepción. Siempre quedó la interrogante: que dolor habrá sentido por no haber escoltado a su amo a la última morada.

Desde ese día permaneció acostado en la humilde casa de Muringue sin levantarse ni ingerir absolutamente nada de alimentos y agua, aulló un sinnúmero de veces hasta que murió hace treinta y seis años, precisamente en este mes de junio de 2003. Hoy quizás, vaya saber en que mundo o en que dimensión estarán gozando juntos, otros momentos, otras vidas. En fin, un ejemplo de vida, de amor y fidelidad.

NÉSTOR ROCHA - CASA AMBIENTAL