|
¿El fin de las FARC?
por Bertrand De la Grange
|
| |
|
|
"... ¿Qué se puede negociar con una insurgencia que ha perdido gran parte de su base social y de su legitimidad? Su desmovilización y, quizá, una amnistía por las fechorías cometidas en el contexto de la guerra, con la excepción de los numerosos crímenes de lesa humanidad contra la población civil. Nada permite pensar que la dirigencia de las FARC aceptaría hoy su desarme sin una contraparte política, pero unos golpes más en el terreno militar podrían hacerle cambiar de parecer".
¿Está justificado el optimismo de los colombianos a raíz de la muerte, en la primera semana de marzo, de dos de los principales dirigentes de las FARC? La caída del número 2 de la guerrilla, Raúl Reyes, bajo las bombas de la aviación colombiana en territorio ecuatoriano, seguida del asesinato de Iván Ríos a manos de su propia escolta en el occidente de Colombia, han llevado a la cúpula militar y a varios analistas a predecir "el principio del fin" o, incluso, "el fin del fin" de la narcoguerrilla que ha asolado Colombia en los últimos cuarenta años.
No cabe la menor duda de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia acaban de recibir el mayor golpe de su historia. Hasta ahora, ninguno de los miembros del Secretariado de las FARC (7 titulares y 2 suplentes) había sido capturado o había muerto en combate. Dos integrantes de ese Politburo habían muerto en su cama, hace tiempo, y el incombustible "Tirofijo", líder máximo de la insurgencia, sigue incordiando a sus 78 años.
El golpe es aún mayor si se toma en cuenta la personalidad y las circunstancias de la muerte de los dos jefes guerrilleros. La "baja" de Reyes, como dicen los colombianos, debilita las redes internacionales de las FARC, mientras que la de Iván Ríos revela la descomposición interna de la organización. A esto hay que agregar los efectos devastadores del hallazgo de los ordenadores portátiles de ambos dirigentes. El contenido de las computadoras y los dos discos externos encontrados en el campamento ecuatoriano de Reyes es una verdadera mina de oro para los servicios de inteligencia colombianos. Una mínima parte, menos de 1%, ha sido ya difundida, empezando por algunos correos que prueban la complicidad con las FARC de los presidentes de dos países vecinos, el venezolano Hugo Chávez y el ecuatoriano Rafael Correa.
El jefe del Estado colombiano, Álvaro Uribe, se ha comprometido a hacer pública la totalidad de los miles de archivos electrónicos almacenados en los ordenadores de Raúl Reyes. Docenas de expertos del ejército y de la policía trabajan día y noche para desencriptar la información más sensible ahí contenida. Las autoridades esperan encontrar datos sobre los cientos de secuestrados en manos de las FARC y sobre los buzones de armas, drogas o dinero (el hallazgo de casi medio millón de dólares escondidos en Costa Rica se debe a una información descubierta en uno de los portátiles de Reyes.). Empiezan a destaparse las redes nacionales e internacionales de la guerrilla, y van a aparecer muchos nombres, porque Reyes era el encargado de los contactos con las organizaciones políticas afines a las FARC y con las cancillerías de los países involucrados en los diálogos secretos para la liberación de los rehenes. Es el caso de Francia, que tenía una línea de comunicación con Reyes para negociar la liberación de Ingrid Betancourt, la más famosa de los secuestrados.
Desde la llegada de Uribe al poder, en 2002, las FARC han perdido casi la mitad de sus efectivos, de 18 mil a unos 10 mil, a raíz de las bajas en combate y de las deserciones alentadas por el programa de desmovilización creado por el gobierno. Una estrategia militar más agresiva, el apoyo de Estados Unidos, la modernización de la fuerza aérea y el despliegue de la policía en zonas anteriormente abandonadas por el Estado explican esos resultados espectaculares. Gracias a la política de "seguridad democrática", los colombianos pueden de nuevo viajar por todo el país, sin correr el riesgo de ser secuestrados por las FARC. Sin embargo, la guerrilla aún no está derrotada. Sigue teniendo presencia en gran parte del territorio colombiano y dispone de abundantes recursos gracias al narcotráfico.
Los militares más lúcidos saben que no se puede acabar con la guerrilla sin pasar por una negociación con los sectores más políticos de las FARC. El objetivo consiste a provocar una división dentro de la organización, entre la rama narco y los mandos marxistas leninistas. Para lograrlo, "tenemos que ser audaces y ofrecer ahora una negociación al sector político de las FARC", dice un general. ¿Qué se puede negociar con una insurgencia que ha perdido gran parte de su base social y de su legitimidad? Su desmovilización y, quizá, una amnistía por las fechorías cometidas en el contexto de la guerra, con la excepción de los numerosos crímenes de lesa humanidad contra la población civil. Nada permite pensar que la dirigencia de las FARC aceptaría hoy su desarme sin una contraparte política, pero unos golpes más en el terreno militar podrían hacerle cambiar de parecer.
|