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Año V Nro. 278 - Uruguay,  21 de marzo del 2008   
 

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Raúl Seoane

Los frutos de las reformas
por Raúl Ferro

 
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         Las noticias en los frentes financieros no han sido precisamente buenas en los pasados quince días. Wall Street no termina de estabilizarse, el petróleo superó la barrera sicológica de los US$100 el barril, el dólar siguió cayendo frente al yen y al euro y las bolsas latinoamericanas no terminan de encontrar su camino a la recuperación. El mundo parece no estar totalmente convencido de que el paquete de reactivación aprobado por el Congreso de Estados Unidos vaya a tener el efecto reactivador que espera la Casa Blanca.

         En este contexto, ¿qué puede esperar América Latina? ¿Habrá que seguir ajustando a la baja las previsiones de crecimiento económico de la región? A primera vista, la región se ve mucho mejor preparada que en el pasado para enfrentar las turbulencias. Y, salvo la turbulencia de las bolsas locales -mucho más conectadas que el resto de la economía a los vaivenes de las finanzas globales y que, en muchos casos, se encontraban sobrevaluadas-, los indicadores macroeconómicos señalan que los vientos siguen soplando en dirección favorable. A diferencia del pasado, esta vez el riesgo de contagio no encuentra en la economía de la región un caldo de cultivo ideal para esparcirse. El contagio sería consecuencia principalmente de una contracción severa del sistema financiero internacional y por el eventual debilitamiento de la economía china, algo que no está tan claro. En las últimas semanas los economistas se han lanzado a analizar frenéticamente las cifras de la economía del gigante asiático para ver qué tan dependiente es de las exportaciones a Estados Unidos y las conclusiones apuntan a que tal dependencia es menor que la que se esperaba.

         Pero regresemos a América Latina. Las turbulencias internacionales encuentran a la región en un pie muy distinto al de la crisis asiática de 1998 o al del tequilazo de mediados de los 90. Veamos algunos de los principales puntos que marcan esta diferencia:

         -Estados solventes: La disciplina fiscal de los últimos años y la independencia alcanzada por la mayoría de los bancos centrales de la región se ha traducido en superávit primarios y bajos índices de inflación. La mejor situación fiscal ha ayudado a mejorar el perfil de la deuda pública, disminuyendo su presión sobre las cuentas fiscales, y ha generado reservas para implementar, en caso de necesidad, políticas anticíclicas que amortigüen eventuales shocks externos.

         -Atractivos y estables: Las políticas de atracción de inversiones, las privatizaciones y la desregulación para el flujo de capitales han asegurado los flujos de inversión extranjera directa y potenciado la capacidad productiva de los países de la región, desarrollando una industria exportadora que, a caballo de la gran demanda china, ha aumentado de forma dramática las exportaciones de los países latinoamericanos y disparado la acumulación de reservas internacionales a niveles pocas veces vistos en la historia de la región. Esta es la mejor vacuna ante eventuales corridas de divisas, que en un pasado no muy lejano se traducían en traumáticas devaluaciones.

         -Consumidores: El crecimiento económico de los últimos años ha estado impulsado por la demanda externa, pero ya ha comenzado a crear niveles crecientes de consumo doméstico, lo que hace que las economías sean menos vulnerables a los choques externos y más atractivas para la inversión, tanto local como extranjera. Paralelamente, la apertura de la industria financiera ha dado pie a un sistema bancario bien capitalizado, sólido, que ha expandido de forma creciente su oferta crediticia en los últimos años, incluyendo préstamos hipotecarios que están estimulando la industria de la construcción de viviendas para sectores medios y medios-bajos, especialmente en México y Perú.

         Los efectos combinados de lo anterior permiten ser moderadamente optimistas para el futuro inmediato. Es cierto que el sostenido crecimiento económico de América Latina en los últimos años se ha apoyado fuertemente en la demanda externa, pero, gracias a las reformas, muchos de los países de la región han podido aprovechar este boom para fortalecerse. Contra lo que sostienen los críticos de las reformas, son aquellos países que más abrieron y reformaron sus economías los que están gozando de un crecimiento más balanceado entre exportaciones y demanda doméstica, lo que les da más estabilidad y defensas frente a los choques externos. En cambio, aquellos que están aplicando políticas heterodoxas, como Venezuela y Argentina, enfrentan escenarios más inestables -como lo indica con toda claridad la alta inflación que ambos están sufriendo- y están peor preparados para las turbulencias de la economía global.


Fuente: CADAL
 
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