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Año V Nro. 352 - Uruguay, 21 de agosto del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 
Fernando Molina

¿De quién es la "diablada"?
por Fernando Molina

 
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          Un nuevo altercado se ha producido entre Bolivia y Perú, aunque éste, a diferencia de los anteriores, forma parte de una comedia y no de un drama. El lío estalló a consecuencia de la presentación de la representante peruana en el concurso Miss Universo ataviada con un traje de “china supay”, esto es, de dama del “diablo”, personaje de una danza de origen aymara que ocupa un sitial de honor en el folclore boliviano. El Gobierno de Evo Morales, expresando el sentimiento general, consideró la decisión de vestuario de la “miss” como un sacrilegio, un agravio nacional que era necesario lavar ante el comité organizador del concurso de belleza e incluso, según los más desaforados, ante la Corte Internacional de la Haya. La opinión de la mayoría de los bolivianos, fielmente expresada por los funcionarios gubernamentales, es que se ha producido un “robo” de una parte del patrimonio intangible del país, reconocido hace algunos años por las Naciones Unidas como tesoro cultural de la humanidad.

          Hasta ahora nadie ha reparado en que este histerismo nacionalista implica contradicción con la guerra que declaró Morales al “colonialismo” que, empezando en el siglo quince y, según se asegura, extendiéndose hasta ahora mismo, ha alterado las condiciones de vida de los indígenas. Precisamente por este afán de “descolonizar”, una de las principales labores del régimen evista es actualizar las costumbres, los símbolos, los idiomas y el arte precolombinos. Y, por lo mismo, la Constitución boliviana concedió a los pueblos indígenas una realidad independiente de las divisiones políticas y regionales republicanas. Sin embargo, en el “affaire de la diablada”, el gobierno indianista no ha dudado en aferrarse a una construcción colonial y, sobre todo, republicana: la separación del Bajo y el Alto Perú (hoy Bolivia), que antes de la llegada de los conquistadores eran una sola unidad política y estaban integrados culturalmente (aunque con las obvias distinciones locales).

          Se trata sin duda de una incoherencia, excepto si el Gobierno también aspira a la “desincanización”, esto es, a volver a los tiempos en que los aymaras no dependían del Cusco. Aunque incluso así el problema persistiría, porque la diablada de la cual la “miss” peruana sacó su traje suele bailarse en Puno, ciudad situada en la región aymara del Perú. Para sostener la posición oficial sobre la diablada, entonces, habría que oponer la cultura aymara boliviana a la cultura aymara peruana y ésta a la cultura aymara chilena (que también tiene un baile parecido). En ese caso, ¿en qué quedaría el discurso sobre el respeto a los “pueblos indígenas originarios”, es decir, los de antes de 1492?

          Es cierto que el antiguo baile en honor a los seres subterráneos se ha desarrollado y sofisticado extraordinariamente en Bolivia (que ama la danza como pocos países del mundo), y que peruanos y chilenos copiaron ritmos, pasos, atuendos y adornos de los grupos folclóricos bolivianos; pero todo esto es absolutamente natural, pertenece a dinámica normal de la evolución cultural. Antes de que los puneños imitaran las caretas diablescas de Oruro, los bailarines bolivianos de principios del siglo veinte, que antes corrían y zapateaban con abarcas, adoptaron y transfiguraron las botas texanas. Las bengalas que encienden los “diablos” en sus noches de actuación son, claro, de origen chino. Y un largo etcétera. Así es la vida, enrevesada y caótica, y el arte que la refleja y enriquece no podría ser diferente. Sólo una ideología ficcional, fantástica, puede sostener una imagen mecánica e inmovilista de la cultura.

          Por detrás de la incoherente ambición monopolista de Bolivia asoma, sin embargo, un interés muy concreto y comprensible. Oruro se desespera por la posibilidad de que Puno, ayudado por un Estado eficiente y responsable, se convierta en una atracción turística capaz de desplazar a su famoso carnaval. Es una preocupación totalmente válida. Pero la solución para ella no puede ser enjuiciar al Perú o a Chile. La competencia turística no se gana en La Haya ni lanzando improperios chauvinistas (esto que resulta tan fácil), sino creando mejores condiciones de transporte, hospedaje, etc., educando a las personas, potenciando esa creatividad a la que ya se le ha dado el homenaje de la imitación; en fin, trabajando en lugar de hablar y, sobre todo, de pelear.

Fuente: Infolatam

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