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Año V - Nº 265
Uruguay,  21 diciembre del 2007
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Darío Acevedo Carmona

No es descartable un conflicto regional

por  Darío Acevedo Carmona - Medellín/Colombia -(Perfil)
 
 
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            ¿Qué tan factible es una conflagración regional en el mundo andino? El interrogante cobra validez si tenemos en cuenta los sucesos de las últimas semanas: Bolivia se encuentra al borde de una guerra civil entre partidarios del proyecto indigenista socialista de Evo Morales y los autonomistas liderados por el sector de Santa Cruz. La escalada retórica de Chávez contra el presidente Uribe nos muestra que hay algo más de fondo que una discrepancia de honor entre los dos mandatarios. Ahora sale a la palestra Daniel Ortega, este sí, un claro peón que sigue órdenes del palacio de Miraflores, que entra a terciar, sin pudor, en asuntos internos de Colombia. En Ecuador, no obstante la posición mayoritaria del presidente Correa, un sector importante de la población se niega a aceptar los dogmas del llamado “socialismo del siglo XXI” que trata de echar raíces en varios países latinoamericanos.

            Los claros nexos de Chávez con la revolución cubana, sus manifiestas ambiciones de liderazgo regional, el espíritu expansionista de su proyecto “bolivariano” ligado a su aire mesiánico y una cartera jugosa y pródiga en dádivas chantajistas, le abren perspectivas a su retórico anhelo de implantar el socialismo del siglo XXI. La izquierda tradicional, es decir, la de inspiración comunista, no podía haber encontrado en el camino mejor salvación que este tanque de oxígeno prodigado por el caudillo venezolano. La historia de los comunistas post muro de Berlín nos enseña que los comunistas dogmáticos son capaces de adherir a cualquier bandera, por indoctrinaria y poco firme que sea en materias de teoría marxista, con tal de subsistir. Cualquier paraguas transitorio es bueno para capear el temporal, desde las campañas anti globalización, alianzas con líderes populistas, apoyo al fanatismo musulmán, hasta la idea de reivindicar el pensamiento bolivariano.

            Si en Bolivia, eslabón más débil de las contradicciones entre revolucionarios populistas y demócratas, se abren fuegos, nada detendría al comandante Chávez para mover sus fichas e intervenir en nombre del bolivarianismo en el vecindario y en contra de lo que llamarían intervencionismo norteamericano. Y este sería sólo el primer acto de una obra a ser ejecutada en la esfera subregional andina. Ortega, herido de muerte en sus pretensiones sobre el archipiélago de San Andrés, ladra contra Colombia azuzado por el chavismo, y chavistas y sandinistas, imbuidos de una pretendida misión bolivariana, harán todo lo posible para desestabilizar el bastión más fuerte del imperio en Latinoamérica, Colombia. No hay duda, Chávez juega a la revolución, y tiene como compañía un trío de compadres incondicionales en Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Eso explica la retórica del chavismo en contra de Uribe Vélez y tan indulgente con las guerrillas farianas, lo mismo que la actitud provocadora de Ortega al referirse en términos desobligantes al presidente colombiano y tan fraternos con la guerrilla.

            No hay razones, pues, para desechar la intención de estos caudillos de desatar una conflagración regional para reafirmar su proyecto socialista de corte cubano. La metodología es clara: movilización de las masas populares, agitación de banderas antiimperialistas, propaganda negra contra el libre comercio, agitación de la lucha de clases, marchas contra la globalización y otras consignas que han servido de refugio a los ortodoxos comunistas.

            No es descabellado pensar que estos movimientos están interesados en promover e implantar en nuestros países un modelo de sociedad revolucionaria, estatizante, pretendidamente igualitarista y embozadamente comunista, del peor cuño mamerto, en el que pesaría más la identidad retórica e ideológica con dicho proyecto que los intereses nacionales. No de otra forma podemos interpretar la intromisión de Chávez y Ortega en los asuntos internos de Colombia. ¿Por qué ponen en juego relaciones de hondo calado histórico y fraternal entre estos países por un asunto que en plata blanca debe ser abocado por el gobierno colombiano? ¿Por qué ese lenguaje suave y comprensivo con una guerrilla que ha demostrado su impiedad y su afrenta a los derechos humanos? No es descartable que las FARC reciban estas declaraciones como un bálsamo o como un medicamento oxigenador. Al fin de cuentas, ellas serían las principales beneficiarias de una escalada militar de tipo regional. Emergerían como la vanguardia armada de los revolucionarios y antiimperialistas latinoamericanos. Es claro pues, que en el juego político de alternativas en Latinoamérica, la izquierda ortodoxa y dogmática, la que esconde su vergüenza marxista en el ropaje bolivariano, puede apelar al uso de las armas, a la defensa de la lucha armada revolucionaria, como camino para hacer valer sus proyectos, los pretextos pueden darse en cualquier sitio y momento.

            No tengo la menor duda de que Colombia representa para el proyecto revolucionaria el principal y más ejemplar obstáculo. Colombia es el escenario de una disputa que puede resultar ejemplarizante en el contexto subcontinental. Colombia se hunde en el lodazal y en el pantano revolucionario o se define por el camino de apertura al libre comercio, a la libertad y a la democracia en un marco de institucionalidad. A ese terreno parecemos estar confinados por obra y gracia de comunistas embozados y vergonzantes que insisten en llevarnos al mismo despeñadero del comunismo soviético.

Medellín, diciembre 17 de 2007

 
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