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Año V Nro. 274 - Uruguay, 22 de febrero del 2008   
 

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Helena Arce

Recuerdos
por Helena Arce

 
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          Cada tanto  a los efectos de ver el derrotero seguido por mis escritos una vez enviados al éter, pongo mi nombre en el buscador del Google. Más de una sorpresa me he llevado, viendo en los lugares menos pensados un artículo mío levantado, tomado en cuenta, alabado y también criticado o contestado con furia.

          Bien de eso se trata, pensar juntos, razonar defender cada uno sus posiciones, disentir, encontrar puntos de acuerdo, y quien nos dice, tal vez así,  ayudarnos a descubrir entre todos,  la forma de caminar hacia un mundo mejor.  

          Estaba  recorriendo los nombres de los links, me impactó  ver cuantas Helenas Arce pululan por el mundo, Helenas Arce que no son hijas de mi padre, ni de mi madre. Esa madre quien en sus ochenta largos me mira desde la foto que sirve de imagen para la pantalla de mi computadora. No recuerdo quien  tomó esa foto, posiblemente alguno de mis sobrinos, o mi esposo, pero ¿han visto esas fotos, donde la persona tiene tan bien enfocados los ojos, al punto de mirarnos a través de ella? Puse esa foto como fondo de mi pantalla, pues recuperé así  los ojos de mi madre.

          Mi nombre, Helena, lo  eligió mi padre como recuerdo de su  hermana mayor, mi madre consintió,  sin embargo fue  a pedido de mi hermana mayor el agregado de la H.  Esa H que hacía sonreír a las amigas de mi madre quienes gustaban preguntarme a cada rato: “¿Como es tu nombre?” Pues mi contestación siempre era: “Me llamo Helena con H”, producto imagino de estar aprendiendo a escribirlo.

          Hoy tenía una reunión a las 16.15, una de las personas que estuvieron conmigo en ésta, me acercó hasta Comandante Braga y Monte Caseros, como de allí a mi casa son unas cuadras, a los efectos de hacerle caso al médico, quien me atormenta recordándome mis años y mis quilos, decidí seguir caminando.

          Así fue que pasé por la esquina de Monte Caseros y José Hernández. En esa calle nací, en la casa grande de la mitad de la cuadra, la del patio con claraboya, lugar por excelencia de la familia, la de las puertas llenas de bronce que mi madre exigía brillantes, como sus ojos. Como la casa ha sido refaccionada al punto de no tener, por lo menos en su exterior ni sombra de parecido con la mía, no me acerqué, solo observé que la que algún día fue la casa de Bernadette, la compañera de juegos de mi hermana, para luego pasar a ser la casa de mi amiga Alba, estaba ganando un piso más de altura, y me di vuelta hacia el otro lado, donde José Hernández pasa a llamarse Estero Bellaco.

          Crucé la calle y comprobé como cambió todo el paisaje, pasan tantos autos por allí,  no se veía ningún niño, estamos en vacaciones aún, pero no es un lugar seguro para que los chicos estén a su libre albedrío jugando como durante mi niñez.  

          No puedo recordar cuanto tiempo hacía que no pasaba caminando por allí, incluso entré en una especie de quiosco que existe casi en la esquina, allí donde alguna vez estuvo el almacén de Don Ramón, con el bar. en la esquina. No queda de ellos ni un recuerdo, incluso le comenté a quien me atendió el tema, y sorprendida me preguntó: ¿Había un bar aquí en la esquina?  Me sonreí asintiendo, ese lugar con sus pintorescos personajes, el almacén con sus grandes tarros de madera donde comprábamos un kilo de harina, fideos o yerba sueltos y envueltos en papel marrón, recuerdo cuando jugábamos al almacén,  como sabíamos hacer los envoltorios con aquellos firuletes en los bordes.

          Pasé por  la escuela Costa Rica, donde si bien no asistí, iban mis amigos, esos con los que crecí jugando en la cuadra: Jugábamos entre otros al fuerte, una especie de banda donde Beatriz era la capitana, y yo su lugarteniente, todos los integrantes de quienes defendíamos el fuerte teníamos nuestros imaginarios caballos. El de Beatriz como era la “Capitana” era “Furia”,   el mío era “Mi amigo ED”, siempre fui más bien pacífica y charlatana, el tal ED era un caballo que hablaba en una serie de televisión. Éramos unos  10 chiquillos jugando, todos teníamos nuestros caballos, no recuerdo el nombre de todos, seguramente algunos de llamaría “Plata”, pero sin duda había en aquella época,  varios programas cuyos protagonistas tenían caballos. También jugábamos a las maestras en la entrada de la casa de Cucurullo, no recuerdo el rostro del dueño de casa, sin embargo tengo claro que debía ser una excelente persona a quien no molestaban todos los niños de la cuadra jugando,  en la entrada de su casa. Obviamente Beatriz era la maestra, aquella niña no hay dudas tenía condiciones de líder, ¿que habrá sido de ella? La última vez que la vi, fue poco después de su casamiento, al que no asistí pues había estado estudiando semanas enteras para un examen y cuando mis padres quisieron despertarme para ir no pudieron, así dormida me perdí el casamiento de mi mejor amiga, y heroína de mi infancia. Pasados unos días, los suficientes como para que volviera de su luna de miel, fui a saludarla y pedirle disculpas, yo debía tener 18 años a lo sumo, ella no más de 20. Aun recuerdo como nos comunicábamos con una especie de código Morse inventado por nosotras, es que la pared de mi casa, daba a la suya, y cuando queríamos decirnos algo golpeábamos en la pared con algo, acto seguido subíamos a las azoteas para decirnos aquello tan importante que no podía esperar. Ahora los chicos se pasan mensajes de texto, o se comunican por el Messenger, han inventado su propio idioma a los efectos de darle agilidad a la comunicación, resumiendo las palabras.

          Recorrí un tramo de Estero Bellaco, intentando recordar cual era la casa de cada familia de aquella época, sin embargo no pude, han cambiado tanto…

          Ni la gente es la misma, bueno han pasado casi  treinta y dos años desde que dejé ese barrio. Por lo que volví sobre mis pasos y recorrí Monte Caseros hasta Garibaldi, me senté unos minutos en el murito en la casa que aun recuerdo como la casa de Silvia, aunque vaya uno a saber quien vive allí, atendiendo a un cliente que me llamaba al celular, y proseguí mi viaje hacia mi casa.

          Mi hijo ha podido conservar sus amigos de la niñez, gracias a la maravilla de Internet, siguen aun en la distancia haciéndose un rato para conversar en el Messenger, así cuando se encuentran siguen estando al tanto de la vida del otro, como cuando compartían todos los momentos libres.

          Recuerdo con inmensa ternura mi niñez, nuestros juegos, nuestras fantasías, las aventuras sin fin con la que amenizábamos aquellos días de la infancia.

          Sin embargo pienso en la maravilla del mundo actual, donde no existen fronteras, y de la mano de los adelantos que disfrutamos pasado y presente pueden seguir unidos, mientras cada persona sigue con su vida, sin por eso dejar en solo recuerdos  a quienes compartieron su infancia.

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