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Año V Nro. 274 - Uruguay, 22 de febrero del 2008   
 

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Fernando Pintos

El cambio estúpido y criminal
por Fernando Pintos

 
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          Vivimos una época plagada de genios… Para expresarlo todavía mejor: «genios». Por supuesto que, de cada diez mil entre ellos, nueve mil novecientos noventa y nueve serán por fuerza de pacotilla, de utilería… esculpidos en cartón barato y erguidos sobre groseros pies de barro. Y por tal razón, nos toca vivir el mundo que tenemos. Ésta es, al mismo tiempo, una era de cambios incesantes. Y aún mejor pudiera decirse: es la época del cambio… Pero de esa pertinaz multitud de cambios que nos llueven sobre los hombros y cabeza con cada minuto que transcurre, ¿cuántos lo son, en justicia y en verdad?

          Comprendamos primero la dinámica natural del cambio. En primer término, tenemos un esquema, una idea, un producto o un modelo, que han probado ser el mejor y más efectivo entre todos los de su mismo género durante un lapso determinado. Pero ha llegado el momento en que aquella creación de estricta utilidad social —esquema, idea, producto o modelo— llegó al fatal momento en que agotó su vigencia, pues existe algo que se ha comprobado mucho mejor, más práctico y de más eficiente aplicación. Y es entonces cuando se produce el cambio. Se prescinde del modelo agotado y se implanta el que por fuerza deberá sustituirlo. Eso es, en breves palabras, lo que denomino un «cambio real», por oposición a ese otro, al cual gusto calificar de diferentes maneras: «el cambio estúpido», «el cambio inútil», «el cambio grotesco», «el cambio criminoide» o, todavía mejor, «la estupidez reciclada por sí misma para ser disfrazada como cambio».

          Ejemplos de cambio útil sobran. El vuelo en globo fue suplantado por el avión. El vehículo de tracción animal fue sustituido por el automóvil con motor a explosión. La iluminación de gas fue suplantada por la eléctrica. Las sangrías y los purgantes del siglo XIX fueron desplazados por los antibióticos del siglo XX. El periódico manuscrito del siglo XV fue desterrado por los diarios impresos con tirajes millonarios. Etcétera. Los ejemplos de cambio útil son innumerables, y todos ellos han contribuido a cambiar y mejorar el modus vivendi y los modus operandi de la Humanidad.  Pero ahora, ya en la primera década del siglo XXI, el cambio útil está a punto de quedar sepultado bajo una montaña ingente e informe de cambios inútiles, estúpidos y muchas veces perversos. Es decir: cambios absolutamente innecesarios, con los cuales se pretende sustituir —y muchas veces se consigue hacerlo— modelos, ideas o productos que deberían mantener su vigencia por mucho tiempo más. El cambio inútil es producto de dos clases de individuos que suelen ser —con tal que Dios los críe y el demonio los junte—, históricamente, compañeros de ruta inseparables: los infames y los cretinos. Por infames, entendamos toda la prolífera calaña de mercachifles indecentes y mal nacidos que tienen como único norte el lucro desenfrenado e incesante. A éstos, la calificación de fariseos les cabe con plena justicia. En cuanto a los cretinos, son todos aquellos infelices que, de ser por casualidad medianamente inteligentes, utilizan sus capacidades para inventar perversidades… O todos aquellos otros que, de tan mediocres e incapaces, abrigan con persistencia enfermiza la pretensión de trascender mucho más allá de sus limitados coeficientes intelectuales.

          En este retorcido universo posmodernizado y globalizado, los cambios útiles (todavía presentes y perceptibles) suelen confundirse con aquellos otros que son inútiles e innecesarios (cada vez más numerosos), en una peligrosa mescolanza que me recuerda, una vez más, al inolvidable «Cambalache» de Enrique Santos Discépolo.  Y con cada minuto que transcurre, la perversidad y la estupidez parecen ir ganando terreno sobre la razón, la inteligencia, la decencia y la cordura. ¿Ejemplos? Miren ustedes Latinoamérica. En lugar de luchar por un futuro mejor, buena parte de los países de este desdichado subcontinente subdesarrollado lidian, a brazo partido, por el dudoso honor de desplazar al África subsahariana de los últimos puestos en la clasificación mundial del atraso, la miseria y la infamia. Me refiero a Castro, Chávez, Correa, Morales y compañía. Y por «compañía» entiéndase: Lula, Kirschner, Daniel Ortega, Tabaré Vázquez, etcétera. Todos los personajes que acabo de mencionar, ilustres fracasados en la tarea de gobernar decentemente —que significa llevar a un país, con paso seguro, hacia un futuro de desarrollo sostenible—, prosiguen aferrándose con uñas y dientes a ese «cambio» que no es más que estupidez reciclada por sí misma. ¿El resultado? No pasará mucho tiempo para que América Latina toque fondo, mientras esos gobiernitos enajenados que se autodenominan «progresistas» (¿conocerá, alguno de esos idiotas, el significado del término «progreso»?) derrochan los dineros públicos, promueven «revoluciones», santifican personajes como el Ché Guevara y persisten en la exportación enfermiza de materias primas.

          Aceptemos, empero, algo inevitable: vivimos una época plagada de estúpidos, y como resultado de ello deberemos sobrevivir inmersos en un constante maremoto de estupideces. Y veamos un par de cambios estúpidos, para ejemplificar lo anterior. El primer ejemplo. Durante milenios, los seres humanos aprendieron a leer y escribir, lo cual significa manejar el idioma, deletreando cuidadosamente. ¡Ah, los maestros de antes! «M, A, M, A: mamá». Y así, los que en realidad aprendían terminaban manejando el idioma de maravillas. Pero, en la segunda mitad del siglo XX, un grupito de imbéciles decidió que el viejo método era una porquería y había que sustituirlo por uno de inspiración gestáltica (aprender las palabras y las frases con el golpe de vista). ¿Resultado? Ahora nadie sabe hablar español, porque hablan y escriben con terribles limitaciones y en un patético revoltijo que yo llamaría, en estos momentos, «spanglish virtual». No manejan léxico, desconocen la sintaxis, utilizan grotesca terminología anglosajona, y son incapaces de conjugar los verbos del español en tiempo pasado. Me refiero, por supuesto,  a individuos que están por encima de la media: títulos universitarios, «comunicadores» (los que aparecen delante de cámaras, los que escriben detrás de cámaras, etcétera). A ver si, de una vez por todas, esta partida de idiotas se entera, cuando menos, de que el conjunto de las fuerzas militares de tierra recibe, en idioma español, el nombre de «ejército» («armada» es una denominación para las fuerzas militares de mar, o sea, para la marina de guerra). El segundo ejemplo. Durante milenios, los padres pusieron en vereda a sus hijos con el viejo y deportivo expediente del cinturón utilizado a manera de correctivo… ¡Y los tipos salían rectos como una vara! Tipos normales, decentes, trabajadores, honestos, de familia. Pero, en determinado momento del siglo XX llegó, junto con una patota de imbéciles de similar índole, el famoso doctor Spock, quien explicó que el viejo método sólo conseguía «herir la delicada psique del niño». ¡A los niños había que dejarlos hacer lo que quisieran y, encima, poner a todo buena cara! ¿El resultado? Bueno, un mundo sobrepoblado por inmorales, maleantes, delincuentes, mitómanos, estafadores, sinvergüenzas, degenerados, pervertidos, canallas, violadores, asesinos… y habituales moradores del clóset (el cual, a estas alturas, está a punto de estallar por tanto personaje ambiguo ahí acumulado).

          Pues sí. Vivimos una crisis moral y el cambio estúpido, multiplicado hasta lo infinito, no sólo ha contribuido a crearla, sino que, para peor, insiste en solidificarla y difundirla un poco más con cada día que pasa. Pensando en ello y teniendo en cuenta la legión de perplejos y confundidos que por este planeta deambula, me permitiré terminar transcribiendo uno de los mejores poemas de Rudyard Kipling, quien sí tenía la cabeza bien puesto sobre los hombros y conocía con exactitud la difícil fórmula que permite a cualquier —hombre o mujer— convertirse en una persona a carta cabal y consciente de su propia condición humana (una conciencia casi perdida en la actualidad). El poema se titula «If» («Si…»), y en una traducción aproximada, dice lo siguiente:

«…Si guardas en tu puesto, la cabeza tranquila,
 cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
 Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
 y no desprecias, nunca, las dudas que ellos tengan.

 Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera.
 Si engañado, no engañas,
 Si no buscas más odio, que el odio que te tengan...

 Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres,
 Si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.
 Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo.
 Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.

 Si tropiezas el triunfo, si llega tu derrota,
 y a los dos impostores les tratas de igual forma.
 Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
 a pesar del sofismo del orbe encanallado.

 Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
 aunque esta obra sea la de toda tu vida.
 Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría,
 tus ganancias de siempre, a la suerte de un día,
 y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
 sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.

 Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,
 aún después de su fuga, de tu cuerpo en fatiga,
 y se agarren contigo cuando no quede nada,
 porque tú lo deseas y lo quieres y mandas.

 Si hablas con el pueblo y guardas tu virtud.
 Si marchas junto a reyes con tu paso y tu luz.
 Si nadie que te hiera, llegue a hacerte la herida,
 Si todos te reclaman y ninguno te precisa.

 Si llenas un minuto envidiable y cierto,
 de sesenta segundos que te lleven al cielo....
 Todo lo de esta tierra, será de tu dominio,
 y mucho mas aún,
 serás hombre, hijo mío…».

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