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Año V Nro. 339 - Uruguay, 22 de mayo del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 
Fernando Pintos

Seis millones de cuentos breves
por Fernando Pintos

 
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         El camino se hacía largo y penoso para José. 

         Éste era un hombre joven y fornido, que había nacido en algún lugar de Europa, veintitantos años atrás  (¿quién sabría, precisamente ahora, qué tantos?), y tenía lo que podría definirse como buen aspecto. Un hombre que había trabajado mucho desde pequeño y que lo había hecho en muchas cosas distintas, desempeñando tareas diferentes y oficios dispares. Hoy en un lugar. Tal vez mañana, en cualquier otro. Ahora, en un sitio, pero pasado mañana, ¿quién sabe dónde? «Pasado mañana Dios lo dirá», solía repetir habitualmente, con esa resignación que suele distinguir a quiénes poco o nada tienen y, en vista de ello, también poco temen a lo que el futuro pudiera depararles. «Mañana», «ayer», «hoy», son breves entramados de letras que encierran unas nociones de tiempo y espacio desproporcionadas, las que sin embargo muchas veces parecerían quedar vacías de todo sentido, igual que cascarones rotos… Por más que alguien pudiera llamarles, simple y llanamente, adverbios de tiempo. José camina. Avanza paso a paso, y quizás lo hace contando cada pisada. Él marcha acompañado, claro. Camina y sigue, al hacerlo, la misma cadencia de todos los demás, el ritmo macilento de los otros y sus idénticos andares desvaídos. No lo hace por imitación, sino por la imposibilidad de hacer cualquier otra cosa diferente. Este sendero, que es largo en demasía, estará festoneado con gestos de cansancio y rostros desencajados, simples jalones de una misma desesperanza. Pero, ¿qué sería aquello que pudiera ser más expresivo que el rostro de un ser humano?
(¿Acaso los rostros de Dios? Pero, ¿quién sabe cuántos son y dónde podrán encontrarse? ¿Quién los ha visto nunca?…).

         Las manos muy posiblemente lo serían. Aunque también las piernas podrían serlo en tanto se arrastraran con penosa lentitud por el suelo al caminar, igual que si estuviesen acarreando groseros fardos de plomo y dejando unas huellas bien marcadas en el lodo; huellas profundas que nunca serán iguales que esas otras, impalpables y rápidamente desvanecidas, que van esbozando millares de alientos al escapar con rastro sibilino desde otras tantas bocas, breve calor que de inmediato es envuelto y casi devorado por ese frío inclemente que pone sello a esta tarde, alientos que se despiden silenciosos de esta tierra fría, antes de elevarse para morir en la atmósfera lejana, prisioneros de aquella metáfora científica de Lavoisier: nada muere, nada desaparece, todo se transforma.
(¿Se transforma? ¿En qué? Pero…¿es que Dios tiene un rostro?)

         Todos entonan a coro y sin atisbo de actos fallidos el silencio en torno a él, con idéntico y hosco mutismo, tal cual un coro de gritos mutilados o como una sinfonía de llantos abortados o (tal vez alguien lo diría o lo pensaría, sin atreverse a traducirlo en palabras) como una aterradora sucesión de trinos de pájaros quebrados por la muerte y mudos y fríos por el peso del olvido (que todo lo aplasta); triturados por el pasado que todo lo olvida; macerados en ese amargo y ambiguo líquido de la desesperanza, que todo lo ahoga…
José levanta la vista con aprensión y avizora, ya desde lejos, la presencia fría e impersonal de un gran cartel.
(… En ciertas circunstancias, los hombres acostumbramos pensar en cosas bien extrañas…)

         ¿Quién piensa? ¿Acaso será que alguien todavía se atreve a hacerlo? Pero, después de todo, ¿pensar en qué cosas? ¿En llantos abortados? ¿En gritos mutilados? ¿En pájaros congelados por la muerte? ¿En hogares que permanecen mudos entre el tizne de lo eterno y las cenizas del temor? ¡Qué ideas tan locas! Efectivamente. Ideas sin sentido. Ideas deshilvanadas. Pero continúa caminando y, tal como si sucediera en cámara lenta, a un paso le sigue otro y luego varios más, mientras, en algún lugar impensable por lo escindido y recóndito, el tiempo parecería estirarse como una goma, goma, goma de mascar… ¿Alguien dijo alguna vez que todos los caminos debían conducir hacia Roma? Muy probablemente,
(¿Y quién sería? ¿Quién podría haber imaginado tal cosa?)
pero… ¿hacia dónde llevará este camino? José había vivido en varias ciudades a lo largo de su vida. La mayoría de ellas, designadas con nombres difíciles de escribir y que, una vez transformados en palabras, resonaban con estridencias guturales al cortar el aire frío de las tardes. Pero, una vez llegado el momento, tal cual suele llegar a casi todos los hombres, conoció una mujer que para sus ojos era deliciosa y para su corazón imposible de ser comparada con ninguna otra (ella era todavía más joven que él), y llegó a tenerla, vivió con ella, despertó a su lado cada mañana, y llegó entonces el tiempo preciso para que de ese vientre blanco y profundo, tan cálido y acogedor en el transcurso de las noches heladas de invierno, llegaran al mundo sus dos hijos, tan pequeños al nacer que él experimentaba un extraño pudor —¿sería en el fondo temor?— de tocarlos con aquéllas, sus manos grandes y toscas de hombre acostumbrado a trabajar (con ellas), porque ¿quién lo supiera entonces?, muy posiblemente hubieran podido lastimarse, quebrarse entre ellas, de tan pequeños y frágiles, de tan delicados y llorones que eran. Unas manos grandes y fuertes las de José. Manos de carpintero. Manos de hombre que todos los días acostumbra trabajar con ellas, generando muchas cosas útiles para los demás. Sus manos y sus hijos y el pasado parecen juntarse ahora aquí, enroscados como una especie de extraño arbusto sarmentoso en el alma de ese aire frío del atardecer, y perdiéndose por instantes entre sus remolinos tal cual lo va haciendo el vaho de su aliento, José… Los pensamientos. Los recuerdos que la memoria se niega a abandonar. Pero ahora, en este mismo instante, lo que más importa son sus pies, que avanzan, pesados pero sin dejar de moverse, que no dejan de caminar sosteniendo el mismo compás de los de sus compañeros, todos cabizbajos y tristes y desconocidos.

         José había vivido y trabajado y creído y estudiado (algo, no mucho) y rezado y procreado y obedecido (sin chistar siquiera) y esperado con paciencia y templanza… Había dominado el arte de obedecer con una docilidad que nacía de la razón, del convencimiento de que eso era precisamente lo mejor para que una comunidad, una sociedad entera, los seres humanos en general no se estancasen entre la anarquía, el desorden o el caos. Pero, además, José había esperado con esa tranquilidad segura que sólo quienes son en verdad pacientes pueden demostrar. Un año y otro y el siguiente y algunos otros años más. Esperar…
(¡Esperar! ¡Siempre esperar! ¿Y todo ello para qué?)

         Había esperado, desde siempre. Y si así lo había hecho fue, simplemente, porque sabía cómo y por qué hacerlo. Y porque aguardaba, además, por muchos otros asuntos diferentes. Él esperaba que todo cambiase, por ejemplo, y que cada día trajera una vida mejor  que le llegara acompañada por una renovada y mucho mayor esperanza. ¡Toda una suerte de especulación intelectual!
(No es que la esperanza no existiese, porque, ¿cómo arreglárselas para vivir sin ella? Pero hubiera sido mucho mejor, todavía, contar con una esperanza de mucha mayor dimensión, porque a los hombres eso es lo que en verdad les ayuda a vivir. O a soportar los embates constantes de la vida, que es más o menos la misma cosa. Ya que la única y exclusiva a profesión de los seres humanos es ésa: vivir. Unos lo hacen bien, y otros mal. Pero todos están ocupados en lo mismo. Y la esperanza es importante precisamente por eso: porque ayuda a vivir. No en vano las religiones se basan en eso, se preocupan por ofrecer, antes que cualquier otra cosa, es mismo: esperanza, esperanza…)

         Porque, al igual que la mayoría de los hombres de su época, él tenía una fe ciega en el poder absoluto de la ciencia, en el alcance inconmensurable de esa acumulación de misterios a medias y maravillas casi mágicas llamadas tecnología… Fe sin límites en el avance incontenible de ese otro concepto confuso y a la vez prodigioso al cual se le conocía como progreso. Una fe tan ciega como muda y sorda en las dimensiones absolutas del imperio humanizador —humanístico— de los tiempos modernos, de aquella época luminosa que era el patrimonio de su generación y que había sido exaltada, hasta la saciedad, por los periódicos, las novelas, las ilustraciones, las voces lejanas pero poderosas que surgían de los aparatos de radio y las portadas de los libros de texto, como «la mejor que había vivido hasta el momento la Humanidad»,
(¿Mejor? ¿Por qué habría de ser la mejor? La Humanidad había tenido ya tantas y tantas épocas… ¿Acaso en cada una de ellas no habría existido muchísima gente que pensó, con absoluta sinceridad, «Ésta ha sido la mejor época de la historia para los hijos de los hombres»? Pero, ¿qué es, exactamente, aquello que hace a una época ser mejor que las otras? Puede que sean los adelantos materiales, acumulándose y creando el espejismo de la prosperidad, la mística del progreso. Pero también pudiera ser que fuesen los artistas, cantando a las glorias de su tiempo o plasmándolas, de formas diferentes para la posteridad. Y pudiera ser, también, que se tratase de una especie de estado de ánimo colectivo, algo así como esos espejismos que a veces aparecen  ante los ojos de la gente que deambula perdida en los desiertos…).
y aun después, cuando todo comenzó a marchar de mal en peor, él siguió (todos siguieron, en realidad) esperando que las cosas mejorasen, como si ello pudiera ser posible por simple arte de birlibirloque. Aunque todos los signos apuntasen en dirección a un desastre inminente, y a pesar de que muchas voces agoreras se estuviesen alzando, angustiadas y alarmistas, para señalar: «¡peligro!», aún así era de esperar que todo cambiase de la noche a la mañana, que todo se compusiera en el último momento, que las cosas se encarrilasen a fin de cuentas, ¡por fin!, porque si algo jamás abandona a los hombres, aún en contra de todo razonamiento y toda lógica, eso es la esperanza, ¡bendita ella sea!
(Esperanza… ¿a dónde conducirá exactamente? ¿A subir o a bajar? ¿A salvarse o a perderse? Aunque pareciese mentira, se podrían dar los dos casos, porque la esperanza es un estado del espíritu y la realidad es como una jungla despiadada, que obedece a los más crudos preceptos nietzscheanos, a la ley del más fuerte. Y podría ser que, en cada caso, todo desenlace fuera diferente. Una esperanza y una realidad diferentes, para cada uno de los hombres que moran sobre la faz de la Tierra… ¡Como para volverse loco tan siquiera con pensar en todo ello!  Porque cada hombre es igual que un mundo. Un pequeño universo autónomo, perdido en la inmensidad del espacio, con sus astros satélites, con sus soles y sus lunas, con sus días y sus noches. Y entonces, cada vez que un hombre muere, es como si una pequeña galaxia estallase en el espacio y se disgregase, para siempre, en la nada, cediendo todo el espacio que ocupaba hasta aquel momento a un enorme vacío, a una absoluta oscuridad…)

         Esperanza y confianza. José las tenía de sobra con referencia a sus congéneres, quienes eran —o deberían de serlo— la totalidad de la suma de los seres humanos vivos que, al mismo tiempo que él, respiraban sobre esta Tierra. Esperanza y confianza. ¿Por qué razón no debería abrigarlas? ¿Es que acaso todos los hombres no asumirían la condición de tales? ¿O no se había mostrado la ciencia, hasta el momento, como una fuerza casi inimaginable, que todos los rincones del universo podía abarcar con su magnánima presencia y con todas aquéllas, sus fórmulas que parecían conjurar tanto los secretos de la alquimia como los prodigios de la magia? ¿Y acaso los hombres modernos no habían alcanzado a distanciarse (¡tanto y cuánto!) de los primates y de todas aquellas fieras que poblaban los bosques y las junglas, después de atravesar decenas de miles de años de trabajosa evolución?  No creía él que, después de todo, el mundo fuera en definitiva aquel lugar del que hablaba Zarathustra: un sitio hostil en donde los débiles estaban obligados a  perecer para servir de alimento a los más fuertes. José no podía ni quería creer en tamañas perversidades. Y se resistía a hacerlo muy a pesar de que, por mucho tiempo y a su alrededor,  muchísimos hombres con rostros iracundos y voces estentóreas lo creyesen y lo predicasen, como si todo aquello pudiera tener la fuerza y la santidad de un credo nuevo, de un verdadero catecismo de odio, que ordenaba a sus fanáticos fieles que purificasen el mundo a través de la violencia y la destrucción.  ¡Sangre y fuego! Pero mientras todo aquello sucedía, y seguía aconteciendo cada vez más cerca de él, igual seguía desarrollándose su vida hasta… Hasta ese preciso momento. José creía recordar, ahora que hurgaba en la memoria con toda la honestidad del caso, que rara vez había mentido para perjudicar a alguien. Tampoco había matado a ningún semejante y, como creía realmente en un Ser Supremo, pues tampoco había acostumbrado blasfemar… Ni tampoco robado, ni mentido, ni deseado a la mujer de su prójimo,
 (¿Amén? Sí, podría ser… Pero, después de todo, ¿en qué consiste la esperanza? Solamente en aquello que podemos esperar de la vida y en absolutamente nada más. Y por regla general, únicamente esperaremos algo que, de alguna forma, cualquier forma imaginable, pueda depararnos el mundo real. Es por ello que la esperanza tiene los límites estrictos de lo que es posible, y no puede perseguir al sueño a lo largo de sus vuelos im­posibles. Y es por eso, también, que toda esperanza tiene, en el fondo, su medida de cálculo, su porción inevitable de raciocinio. La esperanza puede ser roussoniana o volteriana o quizás —tal vez más, todavía— bergssoniana, pero siempre estará arrinconada por las limitaciones del mundo material)
 …no, por más que se esforzase no le era posible rast4rear dentro de sí mismo nada que fuese lo suficientemente grave, como para poder acusarse decididamente. La suya había sido, de manera pertinaz, una vida que siempre se mantuvo desesperadamente libre de secretos inconfesables. No podía, en vista de ello, haber en los confines de su mente tan siquiera algún recuerdo turbio. Y todo ello por culpa de haber llevado una existencia limpia y clara… Porque, exactamente, así tenía que ser —«debía» ser— la vida de un hombre común y corriente en estos poderosos y sorprendentes tiempos modernos: vida de un hombre sencillo y humano, apenas ordinario. De ninguna manera un superhombre… A duras penas, un hombrecito temeroso de Dios,
(¡Dios! ¿Dios? ¿En este preciso momento, dónde estará Él? Por cierto, no existe el obstáculo de un mar embravecido, para que sus aguas pudiesen ser amansadas y abiertas por Él, con el único propósito de dar paso a los pobres fugitivos de «su» pueblo, pero… ¿Es que acaso no es, Él, muy capaz de concretar toda la gama de prodigios que pudiera plantearse la imaginación humana?  ¿Y no es eso a lo cual los hombres han denominado «milagros», desde los mismos albores de la civilización? ¡Cualquier clase de milagros! ¿No podría, si lo quisiera, hacer uno ahora mismo y librar a los hombres de sus cadenas, salvar a este pueblo abatido de la destrucción, desviar este sendero hacia un valle cubierto de flores silvestres y lleno de fuentes de agua cristalina?)
y ahora José está aquí. Avanzando lentamente, junto con todos los demás, en dirección a ese enorme letrero que se dibuja, cada vez más cerca con un nuevo paso fatigado, en su cansado campo visual. Más cerca. Y cerca. Cerca,
(Pero, ¿Qué es lo que dice?)
con esas letras grandes que se notan, aún desde lejos pero a simple vista nomás, negras, gruesas, góticas, de estilo drástico y en cierta medida conservador. Los hombres inventaron el idioma y la escritura. Pero todos utilizan al uno y la otra de formas muy diferentes. Y cada una de esas particulares formas explica mucho acerca de quién la haya estado empleando. Algo así como un sello de hule, invariable. Como una marca de fábrica. Letras negras y gruesas y góticas, severas en su mutismo. Los hombres siguen su camino, callando,
(¿como un réquiem de pájaros negros contra el fúnebre crepúsculo de tonos morados? ¿Como un exilio de profetas desesperados? ¿Como una procesión de lamentos resonando en el fondo de un precipicio de aristas negras? ¿Como venas desgarradas que van exhalando, gota tras gota, un diluvio lento de miedo y dolor? ¿Como campos arrasados por las legiones del Apocalipsis? ¿Como ejércitos de espectros desfilando después del último disparo en una guerra lejana? ¿Como tambores retumbando sobre las copas de los cipreses de un cementerio abandonado? ¿Como… qué otra extraña imagen?)
y con las cabezas agachadas, con los ojos clavados en un suelo de barro harto macerado, en donde los zapatos se encharcan y chapotean y se elevan, cada vez, con las suelas repletas de limo gomoso pero también, ¿será la imaginación?,  maloliente. Pasos, que avanzan con esa extraña seguridad de los autómatas mecánicos, hacia un destino incierto y por ello empavorecedor. ¿Tránsito? Eso mismo: también la vida es tránsito obligado para todos los que, queriéndolo o no, están dentro de ella. ¿Acaso no lo dijo Heráclito con otras palabras? Claro, él hablaba en términos diferentes: el ser, el devenir, el fuego
(Pero… caminar hacia un destino cierto, cualquier destino, a veces es lo mejor que puede pasarle a un hombre…)

         Y José sabe eso muy bien porque proviene de una estirpe de caminantes milenarios, de trashumantes eternos, de nómadas vocacionales. Sus antepasados gastaron los caminos del mundo con el dolor de sus pasos. Fueron huella repetida hasta el cansancio en infinidad de senderos y también cenizas en incontables hogueras. Fueron también deudores de una factura milenaria y estuvieron siempre obligados a pagar al contado, con sangre y humillaciones, con dolor y con ayes, con llanto, con angustia… ¡Ah, esos pies tan cansados! ¡Tanto tiempo el que llevan caminando! Pero un destino, un lugar hacia donde dirigirse, con verdadera certeza… Eso siempre será mejor que nada.

         José piensa (siempre lo creyó) que inclusive los individuos muy perversos, los terriblemente malvados, los de corazón más duro que la piedra, aún en el fondo de las conciencias escaldadas o en algún sitio muy recóndito de sus putrefaccionadas entrañas, podrían o deberían tener algo bueno: tan siquiera, un retazo de humanidad. Como si se tratase de una luz, muy pequeña, titilando con pulso incierto en una noche de profunda negrura. Pero eso cuando menos: «algo».
Alguna vez había caído en sus manos un ejemplar de la «Divina comedia» de Dante Alighieri, y después de leerla con detenimiento reflexionó —tenía tiempo para ello por entonces— que tanta desesperación sólo sería posible en el verdadero infierno, porque, fuera de allí, Dios no la permitiría, sencillamente.
(Si es que había Uno en alguna parte)

         Y ahora se acerca al mismo final del camino y deja flotar un poco, no mucho, ésa, su conciencia fatigada. La obliga a flotar por encima de aquel pobre cuerpo mal vestido y maltratado, ¡tan terriblemente cansado!

         Una alambrada. Una puerta de acceso que se abre, igual que una vagina insaciable que reclamara, imperiosa, que la colmaran de inmediato hasta los topes, que la llenaran exhaustivamente con carne… Casi como un sexo femenino y voraz, carnívoro en su deseo de ser cundido hasta los rincones más imperceptibles, y varios edificios agrupados en forma despareja, ahí a lo lejos, apiñados entre las volutas perezosas de un humo pestilente y ominoso que ascienden, extrañamente densas y oscuras y compactas, por un aire cristalino que no puede disolverlas, aire con el cual no se mezclan, aire en cuyo anonimato no quieren desaparecer. Un humo que, parecería, amenaza con formar a determinada altura imprecisas siluetas, las unas amenazantes, las otras coléricas, las más abatidas o implorantes… Pero todas ellas, en conjunto, ascendiendo sin pausa, como un extraño coro fantasmal, en aquel aire invernal increíblemente liviano e ingrávido, el aire de este atardecer que comenzará en unos pocos minutos a transformarse en noche,
(casi como un extraño crepúsculo…)
y, finalmente, ahí resalta ese enorme letrero, que se acercó cada vez más y que ahora se puede leer con claridad, porque es muy grande, porque en realidad parece aullar como un lobo hambriento y escupe, desde sus frías letras, negras y góticas, apenas un nombre
(¡Auschwitz!)
            que gime,
Auschwitz!)
            que ladra,
(¡Auschwitz!)
            que desconoce la clemencia y que,
(¡Auschwitz!)
            tan terriblemente sonoro, parece barbotar, furiosamente, y resonar hasta más allá del cansancio y eructar con efluvios de infierno, junto con esas densas nubes de humo maloliente que se escapan desde un sembradío infernal de chimeneas, humareda infame y pestífera a la que se teme con esa intuición profunda que anida justo por debajo de la piel y que parece rugir, con estridencias de monstruo y averno

( ¡Ausch…!!! )

* * * * *

         Efectivamente.

         Él era apenas José. Tan sólo uno entre seis millones de condenados espectrales. Un relato muy breve y un universo infinitesimal. José, el carpintero de Lodz,  había llegado hasta los umbrales del último y seguro tramo de su destino fatal.
           
         Era apenas uno… entre seis millones de judíos.

(De «Réquiem de sombras y otros relatos de muerte»)

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