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Año V Nro. 300 - Uruguay,  22 de agosto del 2008   
 

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Fernando Pintos

Concierto con sordina para burócrata consciente
por Fernando Pintos

 
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         ¿Sabés a ciencia cierta qué es lo que significan ocho horas diarias quemadas, minuto a minuto, en una oficina pública… un año tras otro sin tregua ni solución de continuidad, hasta que te alcanza el momento en que llegaste a perder la cuenta exacta del tiempo?

         Es una pregunta terrible y recién ahora lo sé. Pero tal vez la respuesta, en sí, resulte todavía peor. Y tanto, como esa sal que el verdugo aplica a veces con regocijo sobre la herida de su víctima o como el filo de un cuchillo metiéndose, con una lentitud deliberada que además es fría y cruel, entre los recovecos de una carne tan temblorosa como indefensa. Carne magullada y aterrorizada pero que, a pesar de todas las cuentas, ¡permanece todavía viva y consciente de su espantosa suerte! Porque muchas, demasiadas veces las palabras resultan aún peores que las piedras o los palos: porque es mucho más el daño que hacen, fijate vos. Y lo peor de todo el asunto es que, como permanecen sin pausas ahí, bien dentro de tu cabeza, no las podés esquivar de ninguna manera; vos intentá nomás hacerlo, y vas a ver… Tan sólo el paso de los años permite por fin descubrir que uno se ha ido desgastando, poco a poco; que sin darte cuenta de ello te fuiste desmoronando en cámara lenta y por diferentes áreas o secciones. Te derrumbaste de a pedacitos pequeños y en una forma que fue rematadamente insidiosa por lo imperceptible, y hasta diría que traicionera. Hoy un poco, mañana otro poco más (¿viste?). Y todo eso te va aconteciendo fatalmente, inevitablemente, casi como calcado de esos teleteatros baratos que transmiten los canales de la «televisión abierta» (del cable también)… Pero, eso sí: sin un carajo de final feliz que valga. Porque, en la vida real, muy extrañamente suelen acontecer esos finales sonrientes de «Colorín colorado»..

         El tiempo transcurre y ni siquiera echa una mirada hacia atrás, para ver si te pasó por encima o si te ahogaste en tu propia desesperación, que es como decir tu propia mierda. La gente te hace daño y, «bien, gracias», que ahí te quedés bien fregado. Y con el paso del tiempo, esa cosa vieja que es la vida terminará siendo tu viuda, pero antes estarás un millón de veces obligado a pagar, hasta por cada bocanada de aire que hagas llegar a tus pulmones, sin pausas y hasta ese preciso y fatídico momento en que tus bolsillos se encuentren desoladoramente vacíos y ni calzoncillos te queden. La vida, a fin de cuentas, es eso: tenerte prensado en el vientre de una máquina infernal, macerado dentro de una especie de remolino ciego que no conoce ni obedece más que unas leyes misteriosas e imprevisibles, nacidas quién sabe de qué capricho y dictadas quién sabe dónde y por qué. La vida es esa cosa enorme y amorfa que un día, y otro, y todavía muchos otros más —hasta llegar a quién sabe cuándo— se arrastra, con la misma pesadez de un gigante idiota o de un cíclope babeante, deslizándose con la idéntica delicadeza y discreción con que un mamut podría bailar el chárleston en el mismo centro de un plantío de tulipanes, o de orquídeas, ¡vaya ejemplo de incontinencia! (¡Ah! ¿Así que ahora te reís?). Aunque, a fin de cuentas, absolutamente todo forma parte de un gran desorden, deliberadamente sembrado —en el fondo organizado—, porque todo es y significa un único Sistema… Y para «El Sistema» los seres no existen, ¿Acaso para vos existe, como individuo, cada uno de los poros de tu piel o cada uno de tus pelos del pubis? No, por supuesto, y para él («El Sistema») tampoco existimos nosotros como «Juan», como «Pedro» o como «Miguel», sino tan sólo como numeritos (sí, en diminutivo, apenas eso) garabateados con burocrática torpeza al margen de una tarjeta computarizada, o como una línea en blanco dentro de cualquier cuaderno más o menos desaseado de «Entradas y Salidas de Personal», el cual todos los días vas a tener que llenar puntual y obediente, con firma y contrafirma. Gracias al Sistema será que llegarás a convertirte en un lugar fijo e inamovible detrás del escritorio invariablemente polvoriento y habitualmente desaseado —las oficinas están en edificios viejos y mal ventilados, las empleadas de limpieza son cuatro pobres gatas, de a centavo la docena—, sin hablar ya del desorden que vos mismo podrás crear con una verdadera cacofonía de papeluchos repetitivos, estúpidos, inútiles: pensados con abulia, concebidos con fatiga, escritos con la pegajosa (y dolorosa) densidad del plomo derretido, sellados y resellados con el mismo tesón del buey que lame las partes pudendas (algunos dirían: «¡sucias!») de una vaca… Papeles llevados y traídos, desde un despacho hacia el otro y después al de más allá, con aquella misma displicencia inconsciente que caracteriza el periplo errático de las mariposas en primavera —revolotea que te revolotea—, hasta que van cayendo en «tu escritorio», apilándose sobre «tu mesa», haciendo peso muerto sobre «tu diaria obligación», ¡todos tan primorosamente iguales en su santísima mediocridad! Todos pensados, creados y amorosa, artesanalmente concretados desde, por y para mediocres de solemnidad.

         ¡Aleluya! José Ingenieros escribió algo sobre eso, «El hombre mediocre», así se titulaba el libro. Pero cuando uno se ve encerrado en una oficina pública entre tantas variedades de grises y medios tonos, de medias tintas funcionales y de patéticos crepúsculos mentales, si es que uno ha leído alguna vez el libro que te menciono, comienza a caer en cuenta de que las realidades casi siempre superan a las especulaciones intelectuales más brillantes, o sea: el mundo es un lugar tan rematadamente kafkiano, que ni el mismísimo Kafka pudo tener una imaginación lo suficientemente desbocada como para describirlo en su asqueroso horror total.

         ¡Ah! Pero, ¡claro! ¡Es que vos recién estás empezando con todo esto! Y sucede que las escobas nuevas barren bien, ¡invariablemente! Pero, tan sólo en un principio. Barrerás bien durante un tiempito, porque te ofrecieron un sueldo seguro en cada fin de mes y las prestaciones, esa Seguridad Social tan llena de siglas rimbombantes y que funciona casi invariablemente al revés; esos aguinaldos y salarios vacacionales que alcanzan para bien poco, pero que te esperan fielmente en cada final o principios de mes; esa engañosa tranquilidad que proporciona el hecho de estar incluido en un Presupuesto de Gastos del Estado; y la respetabilidad innegable de Mamá Burocracia, que es lo mejor de todo el paquete. A vos te convenció alguien de que era mejor tener un pájaro en la mano que cien volando. Te dijeron que el éxito es una quimera que sirve de acicate a un montón de aventureros y ambiciosos (¡piratas! ¡vampiros sociales!, como dijera con gorgoritos melodramáticos, el doctor Jessé) a quienes sólo les interesa el pisto, la plata, el money, el vento, esa onda yuppie que a partir de la Era Reagan se menea, como los huracanes tropicales, de un lado para otro del continente, no ya de los Unites Estates… A vos, te dijeron que no te largaras con rumbo incierto hacia el miserioso vientre de esa sospechosa mujerzuela, la aventura, como esa clase de tipos arriesgados y avorazados que, para su ventura,  revolean y menean sus malas artes en aquella inquietante tierra de nadie que suele llamarse iniciativa privada, ¡porque de hacerlo correrías el riesgo de quedarte sin el pan y sin la torta! A vos te murmuraron (con un poder de convicción mucho mayor que el de la mismísima Celestina) que el Estado pagará menos, sin lugar a dudas, pero que, a manera de misteriosa compensación celestial, resulta siempre seguro. Porque para mejor, el Estado jamás se declara en quiebra. Te repitieron que, consiguiéndote un trabajito más o menos decente en cualquier oficina pública, ibas a tener un sueldito más o menos pasable el cual, de una manera o de otra, aunque fuese un mes a los tragos, el siguiente a los empujones y los sucesivos in extremis, aquello te iba a alcanzar para más o menos ir tirando y que, con todo eso, más o menos ibas a vivir tu vida, más o menos ibas a mantener a tu familia y más o menos ibas a llegar a viejo, hasta que te alcanzara el momento de agarrarte como náufrago famélico de los bordes desportillados de una jubilación que, «más o menos», te permitiera sobrevivir al borde de la mucho más que menos miseria y del bastante más que menos desahucio, hasta que te llegara ese momento supremo y seguramente ineludible de morirte… Entonces: ya sin más y sin menos, pero sí del todo y hasta de una sola y única vez.

         ¡Mirá lo que son las cosas! A vos además te dijeron (o te insinuaron) que ibas a ser otro pilar de la sociedad, un nuevo y denodado defensor del benemérito y nunca bien ponderado Estado Benefactor, ¡Y vos, que siempre tuviste hibernando, discretamente, aquella vocación intrínseca de Terminator, ibas a decir que no, acaso! Te metieron el cuento de alguna manera muy sutil y entonces, en lo recóndito de tu cabecita alocada, ya te veías atrincherado heroicamente detrás de un mostrador (con un sombrerito de papel periódico en lugar de casco y agitando un bolígrafo amenazador en vez de bayoneta), acantonado en los alrededores de tu escritorio (siempre el mismo percudido escritorio de mierda, me temo), hasta el momento supremo en que te llegue el ascenso o el cambio de sección… Ya te veías haciendo unas maniobras de otoño en las cercanías del despacho de tu jefe (bajo banderas desplegadas); te soñabas, infinitamente más bizarro que tu dolosa realidad (so much bizarre!); te imaginabas abastecido, mañana y tarde y noche, por filas interminables de expedientes exhaustos, demacrados y barbudos, quienes llegaban, en densas legiones imbuidas de una determinación suicida, para ponerse bajo tus órdenes, para continuar la batalla por la defensa del imperio burocrático (un poco parecido a ése, el de las películas de George Lucas, como «La guerra de las Galaxias», sólo que mucho más oscuro, infinitamente más penoso y maligno); y vos te mirabas luchando, ¡mosquetero!, vos ¡«Combate»!, vos ¡«Misión Vietnam»! (o mejor todavía, «Misión: Imposible», ¡y cuánto!)… Vos, una combinación perfecta de Schwarzenneger-Stallone-Chuck Norris-Van Damme-Steven Seagal oficinesco. Vos, lucha que te lucha contra el expediente fatídico, contra la maldición sempiterna del hombre masa, contra la iliquidez del «Erario Público» (pero aflojá, pedazo de bruto: ¿en donde diablos se habrá visto un «erario» que no sea «público»? De repente, por ahí en las casas de putas de la zona nueve, ahí sí que vas y te encontrás de buenas a primeras con un buen erario (púbico), pero bastante menos sucio que el otro, con total seguridad)… Vos, defendiendo frentes de batalla en peligro inminente. Vos, acudiendo a salvar ejércitos enteros de heroicos expedientes, transformando cada una de tus jornadas burocratoides una gran batalla imaginaria: un Marne, un Stalingrado, un El Alamein, un Sedán… ¡Alcanzarás a imaginarte la música de fondo? ¿Qué tal si lo intentaras con el Adagio para Cuerdas de Barber? (Después de todo, a Oliver Stone le dio excelente resultado para el desenlace de «Platoon»). Y vos ahí, desangrándote por amor a la noble patria burocrática, ¡ra-ta-ta-ta-tá!, atrincherado detrás de cien, de doscientos expedientes erizados por el sublime furor de la batalla, por el olor a heroísmo… ¡Ah, esas cornetas que resuenan, ordenando cabalgar directo hacia el enemigo! ¡Tambores que redoblan, exhortando a que la siempre arrojada tropa expedientil avance hacia la muerte y la gloria!… Y ahí, en el mismo epicentro de la acción más espectacular, que decir, ¡digna de una superproducción de Hollywood!… ¡Simplemente vos! Vos mismo en genio y figura, traqueteando una vieja máquina de escribir (que es la perfecta y letal ametralladora de los burócratas), ¡taca-taca-taca-tá! ¡Crash! ¡Plonk! ¡Catamplúm! No habría clarines, tal vez, pero sí tendrías millones de cartuchos y obuses y granadas de mano (todos hipotéticos e hiperbólicos, claro), y todos ellos cargados (sobrecargados, antes bien) con toneladas de vacías verborragias. Y a todos ellos les tendrías que hacer, por estricto turno, el prohibido corte dum-dum utilizando, para ello, la filosidad desesperante de mil razonamientos torpes (¡morónicos!) y de otras tantísimas declaraciones pomposas. Y después de ello, a todos los irías a descargar con furia sobre el enemigo, sobre esas caras crispadas y contra esas voces beligerantes y reclamantes, esas mismas que todos los días se asoman desde el otro lado de las trincheras, perdón, de las barandas, de los mostradores, de los escritorios sacrosantos y por tanto intocables…

         Vos, por supuesto, te ibas a enfrentar con esa otra legión, la legión maldecida del enemigo, ésos a quienes en lenguaje políticamente correcto suelen denominar como «público»… Aquéllos a quienes les dicen también «la gente». Esa confusa masa-marabunta que para los políticos, al menos en épocas de campaña electoral, termina convirtiéndose en una esmerada y apetecible colección de «apreciables conciudadanos» y hasta de «queridos compatriotas». ¡Mirá y aguantate vos a ese chusmaje! Pero, vayamos por partes: entonces, a vos te lo explicaron que ibas a trabajar para Papá Estado-Gobierno, y que lo ibas a hacer, con verdadera fidelidad canina, por el resto de tu vida útil y por el bien indivisible del Pueblo y de la Nación (¡Fijate bien qué lindas palabritas! ¿Eh?)… Pero, en la estricta realidad te estaban enganchando con el Sistema. Porque, al igual que en cualquiera de ellos (los sistemas, digo), en éste se necesita gente que sea dócil y fiel y convencida, para que todo funcione razonablemente bien y sin mayores problemas. Y entonces, ya convencido y con la cabeza gacha, estás verdaderamente listo para que la Santa Madre Burocracia te engulla de un solo mordisco, sin que te llegues a dar cuenta siquiera de tu siniestro destino excremental. Y no me mires así, porque no estoy mintiendo. ¿Acaso te cuesta tanto entenderlo? ¿Lo que te ahora te estoy diciendo lastima de tal manera tus ilusiones?
«Claro», estarás pensando ahora mismo —y después de todo, ¿por qué no lo decís en voz alta?—, «toda esta perorata hirsuta es una especie de cuento chino y este tipo es un amargado, un frustrado por la vida y de por vida… ¡Como si no bastase con mirarle esas fachas!». Y de esa manera te estás convenciendo vos mismo para preservar intacta ésa, tu frágil ilusión, como si todo se tratase de un juego de niños, ¿ya te fijaste?, porque es precisamente tu enceguecida confianza en el Sistema la que estará destinada a sostenerte durante los próximos años… Y no creas que no te comprendo, aunque no quiera ni acepte justificarte… Vos sos exactamente igual que aquellos judíos a quienes, durante la guerra mundial que hubo del 39 al 45, mientras los nazis los estaban masacrando por millares y utilizando para ello todos los medios imaginables (balas, palos, humo de los caños de escape de los carros); y que mientras el bigotudo Hitler preparaba sus grandes campos de concentración con cámaras de gases y crematorios incluidos, para poder asesinarlos cómodamente y ya por centenares de miles; y que mientras los matarifes ornamentados con la cruz gamada iban desalojándolos de los ghettos y cargándolos como ganado en tránsito hacia el matadero en unos infames vagones atestados… Mientras todo eso estaba sucediendo bajo sus propias narices e incluso todavía después (cuando las chimeneas de Auschwitz, Treblinka, Maidanek y quién sabe cuántos otros lugares de muerte y perversidad expulsaban, en largas bocanadas las cenizas, las partículas y los olores grumosos de los cadáveres incinerados… ¡Mientras todo aquello estaba aconteciendo!, ellos, judíos condenados al matadero se decían: «…De ninguna manera: eso no puede ser. Alemania
es un país civilizado y los nazis son alemanes. En consecuencia: los nazis son individuos civilizados. ¡Jamás cometerían tamañas monstruosidades!».
Maravilloso silogismo. Y así se negaban a creer la verdad, porque aquélla era demasiado horrible como para ser creída y, al mismo tiempo, conservar no ya la esperanza, sino la cordura. ¿Qué tal?… Y a vos te está pasando exactamente lo mismo, sólo que ahora y conmigo. «¡No puede ser cierto, no debe ser cierto!», te estás diciendo. «Hay una enorme diferencia entre una oficina pública y un campo de concentración; entre Hitler y el director de una empresa estatal o el Presidente
de la República
»… Eso mismo te repetís ahora, mentalmente. Pero, a pesar de todo eso, resulta que te estoy explicando la pura verdad.

         Después de una acumulación de años con idiotez pulcramente reiterada como con papel carbónico, todos los días hábiles (de lunes a viernes y de 7:00 a 15:00 o de 11:00 a 19:00), se te encallece el cerebro e irrumpe una etapa en la cual aquel ser humano que fuiste antes se ha integrado al esquema general, tan perfectamente como lo haría una pieza cualquiera de esos manoseados rompecabezas infantiles, ¡apenas una pieza más!… Y entonces, ¿tan siquiera sospechás lo que eso significa? Pues, que cuando te llegó ese preciso momento ya sos ni más ni menos que como cualquier otro mueble… Como otro fichero lleno de golpes y rayones. Como otra silla desvencijada. Como otra máquina de escribir maltrecha. Como cualquier otro expediente soso y más o menos demorado o extraviado dentro de aquella misma maldita oficina. De ahí en adelante, y aunque ahora te cueste creerlo, la rutina te va a ir matando de a poquito, pero sin que repares ni en ello ni en ella porque, después de todo, la maldita dispone de todo el tiempo del mundo para ir eliminándote así, de rato en rato, sin la menor prisa. ¡Muerte a plazos y con cuentagotas! ¡Un colapso de la vida que se irá perpetrando en cómodas cuotas mensuales! Pero, deberías tener mucho, muchísimo cuidado con ese asunto de los intereses. ¡Y pobre de vos! Hasta color y olor llegará a tener esa maldita rutina, y vos te vas a impregnar tanto con lo uno como con lo otro, hasta que estés realmente embadurnado desde la punta de los cabellos hasta la planta de los pies, y viceversa, para que llegues a heder incluso peor que si estuvieras recién emergido desde el fondo apestoso de alguna letrina rebosante de todo aquello que ya sabemos e incluso hasta de lo que no sospechamos. Y entonces, transcurre el tiempo —que para eso es mandado a hacer— porque, después de todo, ésa es su única y maldita tarea. Pasar y pasar y nunca detenerse, ni tan siquiera para pestañear de prestado. ¡El tiempo! ¡Una bonita paradoja que termina por convertirse en una perfecta parajoda!

         Y de repente, alguno de esos días de tranco interminable por lo chato y lo monótono, mientras permanecés perdido entre todo aquel vacío vermiforme, te ponés a mirar hacia uno u otro costado y entonces, igual que se suele despertar de una prolongada pesadilla, casi boqueando como pez fuera del agua, terminás por descubrir, sin experimentar frente a ello ninguna clase de rebeldía y sin tener ni siquiera la más remota posibilidad de reaccionar —tan embrutecido te encontrarás a esas alturas—, que toda tu vida pasó a desarrollarse a ese ritmo enfermizo y monótono que te marca (que te exige) la oficina. ¡Te das cuenta, ahí mismo, que la oficina es algo así como un gran disco solar indiferente y que toda tu vida es apenas mísero satélite, uno entre tantos otros, girando como peonza idiotizada alrededor de su mohosa y ruin majestad! Por ese entonces vos comés, vas al baño a hacer allí lo que se te dé la gana (desde leer las «Selecciones del Reader’s Digest» hasta masturbarte, pasando por toda esa poco mencionable gama de urgencias fisiológicas inevitables); eructás, disimulada o recatadamente; marcás, con apuro o displicencia la inmutable tarjeta de entrada (todo depende de qué tan cerca estés de la hora fatal e inmisericorde del ingreso o de aquella otra, liberadora y feliz, de la escapada); observás, con o sin interés ese reloj enclavado en tu muñeca; sorbés el café, ya sea haciendo ruidos extraños o con sorbitos educados… O deambulás, tan inteligente o estúpidamente como te lo permitan las circunstancias, por cualquier parte (la ciudad, el país, tu casa, el prostíbulo que tanto te gusta o la iglesia dominical), siempre y cuando ello sea permitido y tolerado por el horario y exigencias de tu oficina.

         ¡Qué cambio maravilloso se ha producido dentro de tu cabeza! Porque algún día de ésos y apelando a un inadvertido resto de lucidez —que nunca falta—, te vas a descubrir hablando, actuando y pensando igual, o casi, un calco podríamos decir, que como lo hacen tus compañeros de diaria servidumbre. Hasta para inclinar el lomo y adular a tus superiores, del diente al labio, vas a ser igual que todos ellos, los demás, tus compañeros: «¡Que sí, señor jefe..!»… «¡Pero cómo va a ser eso, Señor Gerente!»… «Sí, por supuesto, Excelentísimo Señor Intendente»… «Que no, que no tenga ninguna pena, Su Señoría el Burgomaestre, que de inmediato salgo al galope para cumplir con su mandato»… Pero no te preocupes demasiado a ese respecto: el diccionario de frases adecuadas dentro de un sistema burocrático no es muy extenso. Por el contrario: obedece fielmente, en sus bien demarcadas limitaciones, a la aridez de esas mentes y ese ambiente que te rodean. Y en todo caso: cualquier idiota puede aprenderse la cantinela adecuada de memoria y en poco tiempo, como comprobarás visitando cualquier oficina pública. Además, y como si todo lo anterior fuera poco, vas a tener a tu disposición una gran cantidad de tiempo negativo, tiempo suelto, tiempo inútil, tiempo agonizante y tiempo idiotizado —todo lo cual es como decir «tiempo burocrático»— para aprenderte toda esa cantaleta de estricta memoria. (Y en la práctica, ya pasados unos pocos años, te vas a estar repitiendo todo ese mismo repertorio hasta en sueños)… Y así, hasta el aburrimiento, en todas las variantes de lo abyecto; del besamanos con reiteración y alevosía; del perfecto aceitado de espinazos para una mejor genuflexión destinada a concurso contra reloj de reverencias al superior jerárquico inmediato. ¡Algunos diletantes han llegado a denominar ese estado de espíritu con una expresión realmente gráfica: «chupamedierismo». Y volvemos, aunque te canse un poco, a las comparaciones. Los nazis también lo sabían. Y los comunistas del círculo íntimo de Josif Stalin… Todos los verdugos, en general, saben que tras un largo período de humillaciones y torturas se llega a generar una especie de relación de dependencia entre el torturador y la víctima. A eso lo han denominado «Síndrome de Estocolmo» y tanto el primo Goebbels como el tío Stalin sabían lo suyo al respecto… Pero nuestros burócratas posmodernos no les van en zaga, ¿sabés? En algunas ocasiones, yo mentalizo a todo el conjunto de la burocracia y los burócratas de un mismo país, como un inmenso, un gigantesco, un impensable e inconmensurable campo de concentración. ¿Te reís una vez más? ¿Y acaso querrías saber por qué razones se llega a ser así y a hacer todas esas cosas cómicas, patéticas y bochornosas para cualquier individuo dotado con algún ínfimo retazo de dignidad o una dosis paupérrima de raciocinio? ¡Lo vas a hacer con el exclusivo propósito de aferrarte a tu puesto! ¡Lo vas a hacer para seguir aferrado con uñas y dientes a tu escritorio! Por esa razón será que siempre vas a preferir decirle que «No» a todo, lo cual es un arte que llegarás a dominar con el tiempo y que requiere de tanto virtuosismo negro, de tal doblez, de tantísima hipocresía, de tamaña capacidad de simulación y tan enorme dosis de caradurismo… De tanta insensibilidad, también, que podría compararse, ventajosamente, con cualesquiera entre las bellas artes que se ahora te ocurra mencionar. Verás entonces que siempre, invariablemente, vas a tener todos aquellos asuntos que llegarán hasta tu escritorio haciéndolo «…a consideración» (lo cual, simple y sencillamente, significará que tendrás aquella pobre cosa, junto con tantas otras similares, perdida u olvidada por debajo de una pequeña montaña de «asuntos» que para vos son inútiles y dignos de olvidar)… Y casi siempre responderás a un interrogante urgente con una frase más o menos parecida, como: «…su asunto ha sido elevado a consideración superior, para los efectos pertinentes», una de las tantas tomaduras de pelo que forman parte del diccionario y con la cual siempre estarás expresando —si bien entre líneas— que el tal asunto ya se arrojó, con el hastío de rigor, al canasto de la basura oficinesca.

         Cuando llegues a ese grado de perfección en el oficio, ya habrás aprendido a expresarte como un perfecto burócrata y, lo que es todavía peor: a pensar como tal. ¡Y fijate que ése sí es un lenguaje bien especial! Aunque nada difícil de manejar, toda vez que se haya alcanzado la práctica necesaria. Nunca más vas a decir «pienso», porque es mucho más apropiado enunciar que: «…estoy asumiendo el problema, en todas sus dimensiones, con la debida consideración»… Nunca más te atreverás a vocalizar ese obsceno monosílabo prohibido, el drástico y antipático «ya», sino que vas a regalarte (y a regalar a los demás, con tu infortunada familia incluida en el paquete) frases como la que te pongo ahora por ejemplo: «…en el curso de esta misma oportunidad», las cuales llegarán a dejarte boquiabierto y emocionado, mientras te contemplás —con un orgullo imposible de disminuir o disimular— en un espejo o sobre cualquier otra superficie que refleje la luz, para perpetuar ese preciso instante en el mejor de los recuerdos… Y entonces lo habrás logrado, ¡por fin! ¡Que muera la brevedad! ¡Que perezca la sencillez! ¡Que perezca linchada de una buena vez la inteligencia! Porque, en vez de decir simplemente «¡Voy!», te encargarás de expresar. con un tonito engolado y esa voz tan decididamente impostada que se te ocurrirá el colmo de lo adecuado y el escalón más cercano a la cúpula del sistema: «…Resulta que, en este preciso momento y en cumplimiento de las pautas enunciadas por la Dirección (mía, de éste o de aquél), me estoy dirigiendo, con la debida premura que el caso exige y amerita, en
dirección a
…». ¡Porque jamás la menor distancia entre dos puntos podría ser una línea recta! Cuando menos para vos y para todos tus iguales (¡colegas!, ¡casi correligionarios!)… Así que vas a ser maestro eximio en dar largas (de meses y más meses, para pasar después a encaramarte en los años) a unos sencillos asuntos que podrían, ¡deberían!, resolverse en apenas una o dos horas, no más. Adicionalmente, vas a aprender a justificar, frente al público —por regla general de malas caras, indignado y hasta vociferante, ¡el colmo de la incomprensión para con vos y tus compañeritos de oficina!—, las situaciones más groseras e injustificables, con el latrocinio incluido en primerísima fila, puesto que formarás parte de una cofradía, masonería o sociedad secreta, ¡la Madrecita Burocracia!, que reclama en todo momento la más absoluta complicidad de todos sus sórdidos afiliados. Vas a saber que es cosa sencilla eludir a las personas, incluso hasta las más insistentes, oponiendo entre ellos y el expediente que les ocupa, les angustia y les desvela todo un laberinto de porteros uniformados; conserjes perezosos; secretarias que ofician como enlaces de otras que a su vez son secretarias de otras (secretarias); recepcionistas especializadas en chatear y masar chicle; telefonistas que atienden cualquier cosa que no sea la planta telefónica que les tienen asignada; asesores personales que se aparecen una vez por mes, piadosamente urgidos de cobrar el cheque de rigor; asistentes de la Dirección que se pasan casi todo el tiempo en ignotas comisiones; y diferentes encargados específicos que han sido asignados para tal o cual tarea… Porque, en resumidas cuentas, lo más importante de todo consistirá, siempre, en crear la suficiente confusión entre el enemigo —es decir, la gente—, además de eludirle con plúmbea premura; desesperarle con métodos refinados; cansarle empleando un sinfín de técnicas dilatorias y maniobras de diversión; empavorecerle con la inserción, en el contexto, de amenazas tan veladas como sutiles; mentirle en forma reiterada (agregando, cada vez que ello sea posible, el escarnio a la infamia, lo cual en términos burocráticos es muy similar a ese momento, sublime, en que el artista estampa su firma sobre la obra maestra que algún día habrá de inmortalizarlo); y a frustrarle en todos sus asuntos relacionados con la oficina. Con tu oficina…

         Pero, ¡alegría! (que no alergia), a manera de retorcida compensación vas a convertirte en un verdadero campeón para cuanto signifique detectar, explotar y usufructuar todas aquellas pequeñas gratificaciones que te brindará la oficina. Lo serás, en cuanto a tomarte tu tiempo para el té o el café de las nueve de la mañana, y también para el té o el café de las once de la mañana. También lo serás para poner el inevitable compás de espera del mediodía, aunque el reloj indique que faltan todavía sesenta interminables minutos para alcanzar la hora del almuerzo. Indudablemente lo serás para acomodar, dentro del trajín provocado por el día a día, esa hora entera y sagrada que se destina para leer, con deliberado esmero, los diarios que se pueda, ya sea en tu escritorio, en una antesala o en el mismo cuarto de baño… También bueno serás para tomarte, a discreción irrestricta, las dos o tres horas imprescindibles para el almuerzo (con su correspondiente proceso digestivo, que no debe ser alterado ni disturbado bajo ningún motivo, ¡que Dios guarde!). Y por supuesto, además estará el tiempecito necesario para los tesitos y los cafecitos, y para las refacciones de la media mañana o la media tarde, éstos extendidos hasta muy poco antes de que el reloj alcance a marcar la hora mágica, tan ansiosamente anhelada por todos los burócratas de este burocratizado planeta: aquella que marca la obligación de salir de prisa y con rumbo hacia el mundo exterior. Mas estarán también, ¡por supuesto!, los feriados largos (que abundarán con el mismo empeño que los hongos suelen despuntar después de las lluvias) y esos bienquistos fines de semana con puentes, ¡fines de semanas largos, que les dicen! (los cuales habrán de pulular con la misma abundancia con que las cucarachas suelen reproducirse), extendidos reposos funcionales que serán inventados con el menor motivo e incluso sin ninguno: no por vos, sino por una cúpula todavía más inepta e infame que vos mismo. Pero al mismo tiempo estarán, ciertamente, todas aquellas interminables faltas reiteradas por enfermedades inexistentes o por exámenes imaginarios, o por la muerte de tus varios centenares de parientes carnales o políticos absolutamente imaginarios… Y, por supuesto: siempre que sea posible, o viable, ¡o practicable!, también tendrás bien sabida y manida la mejor manera —cómo, cuándo, por qué) para quitarle a la gente que se acerca a tu baranda, a tu mostrador, a tu escritorio, su dinero, del cual te apoderarás con «favores» que, en la vida real y en tiempo real y en el mundo real (nada de Disneylandia) serán, fría y cruda justificación para tus coimas, sobornos, mordidas… Todos ellos logrados gracias a las acciones oportunas y precisas de alguna complicidad, y sempiternamente realizados (antes bien: «perpetrados») con la debida discreción y el imprescindible disimulo, para que, de esa reptilesca manera, «…las cosas caminen más rápido y mejor»… Por aquel entonces, todo el resto de tu miserable existencia: dieciséis interminables horas diarias desde lunes hasta viernes, ¡mas veinticuatro del sábado y otras tantas del domingo!… Todas esas refrescantes y benditas horas que en alguna otra clase de galaxia te quedaban libres, ahora habrán comenzado a amoldarse, como un perfecto guante a la medida, a todas las exigencias impertinentes y a los impredecibles caprichos de tu miserable existencia burocrática. Y lo peor de todo será que habrán de hacerlo tan rápida y confortablemente como una hembra caliente se amoldará, dentro de la cama sudada y jaloneada de babas y semen, al cuerpo y a la intensa y tiesa virilidad de ese tipo que la hizo gemir y gritar de placer, hasta apenas cinco minutos atrás… ¿Que no? ¡Vaya que sí! ¡Miles de veces sí! Y de esa manera arribarás a un momento de tu vida en el que, igual que le sucede a la mayoría de los caballos después de ser domados a conciencia, ya perdiste hasta el más ínfimo vestigio de rebeldía y también, para colmo, cualquier clase de perspectiva que pudieras antes haber encontrado o siquiera imaginado para tu puta existencia fuera de los límites tiránicos de la maldita oficina…

         ¡He ahí un instante que será en verdad sobrecogedor!… Pero, claro… Sobrecogedor siempre que… ¡pudieras darte cuenta de que ello acontece! Pero no. Para esas mismas alturas estás ya demasiado embrutecido; o atontado —o como quieras decirle— para cualquier otra cosa que no sea seguir adelante con tu rutina de burócrata, para continuar jalando de la carreta como el buey manso y cornamentado: con la cabeza gacha y siempre manteniendo el mismo ritmo de la siesta colonial… Arrastrando el bulto de la misma manera que todos esos orejudos jumentos que te llevan a lomos por los caminos montañosos; enfilando por algunos senderitos increíblemente estrechos a través de picachos rocosos y avanzando, siempre con el paso mesurado, entre precipicios de espanto y despeñaderos de vértigo. Pero, of course my dear Watson!, por ahí sigue avanzando el burro, con ese pasito cansino pero seguro. Avanza con los ojos vendados, siempre guiado por un oscuro instinto que le impide despeñarse. Y allí —en el mismo tipo de sendero— irás vos también: otra clase de acémila, ¡por supuesto que de dos patas!, avanzando con lentitud parsimoniosa por los senderos retorcidos de la vida burocrática… ¡Siempre hacia delante! ¡Siempre obediente a la rutina, que a esas alturas te será más necesaria que la cocaína o la morfina para el drogadicto irredimible! Vos, burócrata… Vos, empleado público… Vos, numerito ínfimo en alguna oscura planilla presupuestal… Vos, dócil y seguro, manso y permisivo, deslizándote de paso en paso por esa senda que desemboca en el cementerio de los elefantes disléxicos: un gigantesco osario empapado hasta lo insoportable con olor a la putrefacción y la muerte. Y sucederá que, a esas mismas alturas, la juventud se estará retirando de tus huesos y de tu piel con unos pasos agigantados. ¿O acaso creíste que ibas a ser joven por un siglo entero y que sólo dejarías de serlo en el momento en que te hastiaras de tanta juvenilia?  ¡Te estás depreciando cada día más como ser humano! ¡Con cada minuto que transcurra estás perdiendo valor y vigencia en este mercado del toma y daca que es la sociedad organizada por los hombres! ¡Y con la madrugada de cada nuevo día vas a resultar un poco menos excitante en cuanto objeto erótico para el sexo opuesto! Con cada maldito día que transcurra serás más y más un objeto de segunda mano para el mercado de trabajo, ¡inclusive para esos explotadores que medran con el sudor clandestino de jubilados y otros desechos sociales! Con el inexorable arribo de cada nuevo día la ropa te irá quedando un poco menos holgada y otro poco menos atractiva. Y no sólo porque se está poniendo antigua de solemnidad, ¡igualito que vos!, sino porque, además y para colmo, con el paso de los años fuiste ganando en  peso excesivo y, mientras aquello acontecía, tus neuronas se fueron adelgazando de una manera alarmante. O, más sencillamente explicado: ¡se consumieron en una trágica sucesión de apoplejías e infartos microscópicos! Pero, a un mismo tiempo, tus hormonas fueron retrocediendo, sin pausas, hasta la lejanía indescifrable de un exilio ignoto y odioso. ¡Tus glándulas secretan en ese momento otros jugos, definitivamente! Y como si lo anterior fuese poca cosa, tu ritmo cardíaco se fue aquietando paulatinamente. Colmo de males: ¡estarás durmiendo cada vez menos por las noches y tus gustos habrán cambiado de maneras tan sutiles como radicales (¡Ah, aquellos tiempos de antaño, en los cuales todo era más y mejor!). Porque ya se te coló un inmenso cansancio por algunos rincones del cuerpo. ¡La juventud! ¡Adiós y hasta nunca le dirás a ella! Lo que sucedió fue que tu juventud se murió en algún lugar ignorado del camino y, para colmo de males, ni siquiera te enteraste de que esa, tu peor tragedia, estaba perpetrándose ahí, debajo de tus mismas narices. El proceso de hacerte viejo e inútil —más inútil todavía que hasta ese momento— habrá sido para vos algo tan natural como el acto rutinario de orinar distraído en los decadentes y desaseados meaderos de la oficina, ¡palabreja que, extrañamente, rima con heroína!, ¡apenas un ínfimo minuto y ahí estuvo! ¡Ella se fue para no regresar!  Pero sucedió que aquélla era tu juventud, la única que alguna vez pudiste tener, y no la vas a recuperar ya nunca, por más que te duela su lejanía irremediable, por más que quieras recuperarla de cualquier forma posible o imaginable. Y de repente, se te hace la luz, tan súbita e impertinente como la bofetada de un fogonazo gigantesco, y te das cuenta por fin, aunque todavía encandilado, que no tendrás más horizonte que el de tu oficina. Y para ese entonces, ya te vislumbrarás totalmente sumergido en las mil y una mezquindades de cada día, que de largo es interminable; de cada semana, que de extensa parecería no tener horizonte. A final de cuentas, ya serás el maestro eximio de las habladurías malignas perpetradas a media voz y ensayadas en cualquier oscuro rincón de la oficina —con los ojos inquietos y cómplices que avizoran hacia uno y otro lado—, cada una de ellas dicha y reiterada acerca de la vida y los milagros de todos y cada uno de quienes te rodean. ¡Es que vos te estás moviendo ahora como pez en el agua a través de todas esas míseras conspiraciones de opereta, urdidas en torno a «si se le mueve la silla a Mengano» o a la posibilidad de «echar un pelo en la sopa espesa e inmerecida de Perengano»! Sucede que vos te convertiste en un virtuoso de esas idas y venidas que conducen directo hacia el vil acomodo funcional. Un eximio en conseguir, ya sea la mejor silla de esa oficina, ya ese ascenso en tu oficina, o el escritorio mejor ubicado dentro de la bendita oficina, o la jubilación más beneficiosa que pueda conseguirse dentro de los sagrados límites de la oficina. Estás muy preocupado por la jubilación anticipada y por ese retiro con medalla al mérito incluida, aunque siempre, ¡por supuesto!, después que sea ofrecida en tu honor una despedida que estará saturada con incontables pelmazos que declamarán en tu honor, casi siempre con vocecillas de cuasi falsete, unos discursos decimonónicos sobrecargados con esas expresiones retóricas resabidas, archiconocidas, gastadísimas, tales como: «el mejor de los amigos»… «El empleado fidelísimo»… «Aquél a quien nunca dejaremos de tener presente cada día de nuestra futura sacrificada labor»… (A ver si se los creerán sus propias y crédulas abuelitas)… Toda esa palabrería tan excesivamente hueca e insustancial que bien se la podrían guardar (o meter en el mismísimo culo). ¡Pero es una perorata que te van a zampar en tus propias narices! Y lo harán mientras vos estás practicando, frente a todos ellos, la consabida sonrisita de circunstancias, porque todo es parte de la misma liturgia, ¿lo viste?, ¿ya lo captaste bien?, liturgia igualita que en las Iglesias, donde la misa o el servicio se dice siguiendo una serie de etapas y pasos que ya están escrupulosamente prefijados. Así mismo, toda tu existencia vil de empleado público te desembocará, alocadamente y agónicamente, justo entonces y allí: en ese prosaico momento de la fiesta de despedida, en torno a una mesa sobrecargada de caras sonrientes, expresiones rubicundas, ojillos de brilloso octanaje, risitas extraídas del esófago a marchas forzadas, mientras todos te andan tirando por encima sus alegrías prefabricadas y sus sonrisitas insustanciales de estricto rigor, junto con algunas bolitas voladoras de pan y, al mismo tiempo: ¡despidiéndote de la misma manera como se despide a aquellos desgraciados que parten para la guerra y sin la menor esperanza de sobrevivir!… O como se les regala el «hasta pronto» a todos aquellos otros, ¡pobres de solemnidad!, que se van derechito hacia el quirófano, despojados también de la más ínfima posibilidad de retornar al mundo de los seres vivientes. Y junto a todo ello, entre todos ellos, experimentarás el mismo fenómeno que visita a todos aquellos que están en trance de muerte por la vía de ahogarse: ¡toda tu vida de burócrata desfilándote, en menos de un segundo, por detrás de tus ojos y más allá de tu mirada! Así será como te despidan tus compañeros. (Y, en el ínterin, las ráfagas fulgurantes de recuerdos gastados, repetidas una y otra vez, en el Replay de tu mente fatigada)… ¡Esa será la forma como habrá de decirte «adiós y hasta nunca jamás» tu adorada oficina! Y de esa misma manera será que entonces, todos ellos —víctimas propiciatorias, al igual que vos mismo—, te premiarán por haberte pasado tantos años ahí: fiel a los preceptos sagrados de la Burocracia, devoto en cada momento de las exigencias del Establishment, y también cómplice seguro (sea por acción o por omisión) de todas las infamias de tus compañeros, de tus superiores, del «Sistema» enterito, ¡completísimo!…

         ¡Porque así es que funciona todo aquello! Y quizás, recién entonces, vas a experimentar hasta en el epicentro de los huesos tu primer reflejo de rebeldía, porque será que, ¡quisieras quedarte en la oficina por siempre jamás! Vos desearías ser inmortal (además de inmoral) y seguir de largo en la oficina (que es «tu oficina», ¿acaso no lo recordás?), hasta que te sacaran de allí más tieso que un pergamino, con los pies para adelante y la nariz fría, apuntando rígidamente en la dirección del techo, porque… ¡No encontrarás nada mejor que hacer, en toda tu puta vida, para esas alturas! Y ahí es cuando mirás el panorama con meridiana claridad, en el preciso momento en que te están arrebatando hasta eso: ¡lo único y lo último que te quedaba en el mundo!, y lo hacen a cambio de tirarte una piojosa jubilación, de la misma manera que se le tira un hueso a un perro vagabundo para que deje de molestar. Porque así de ingrata es ésta, la puta vida del burócrata.

         ¿Y después de eso qué irá a suceder, me preguntás? Bueno, sucederá que te vas a pasar el resto de tu vida encerrado como un maldito hongo o como una desdichada ostra, en una pieza estrecha con olor a naftalina y tufos de moho antiquísimo; será una de aquellas antipáticas habitaciones que son frías en el invierno y calientes en el verano. Estarás destinado a comer desde poco hasta mal, porque como la jubilación es magra y, ¡encima de ello!, el sacratísimo devenir de la oficina no te dejó ni micra de tiempo para juntar tan siquiera un poco de dinero para tu vejez dorada (el problema con el dinero fácil de las mordidas, si es que en su momento supiste aprovecharlas debidamente, radica en que también se esfuma con asombrosa facilidad, sin dejar los más ínfimos rastros en tu cuenta bancaria). Entonces, lo único que te va a quedar para matar esas interminables horas de soledad y aburrimiento que te separan de la muerte, será fijar la mirada con la mismísima expresión de los zombies en la pantalla de la televisión… También podrás leer muchísimos libros prestados (la jubilación no te permitirá comprar siquiera algunos) y, en los buenos días de sol, te provocaría ir directamente a sentarte en los bancos desgastados y generalmente sucios de una placita cualquiera… Y en ese preciso lugar, ¡que ahora habrá de suplantar a tu escritorio y tu oficina!, te vas a quedar sentado bajo el sol durante largas, ¿qué digo?, interminables horas, quizás soportando la endeble compañía de otros jubilados iguales que vos: todos sentados en la misma banca, pero —eso sí—, también todos callados y cada cual ensimismado en sus recuerdos muy íntimos y particulares. Y durante el exasperante devenir de aquellos interminables días te será dado a contemplar a las palomas, quienes zurearán, indiferentes, por todo tu alrededor. También vas a mirar a los niños (¿acaso futuros burócratas, condenados a repetir tu mismo ciclo una, y otra, y otra maldita vez más?), todos los cuales perpetrarán alborotadas bullas y correrán y se tropezarán, ¡tan sonrientes e ignorantes de lo que les aguarda en muy corto plazo!, infantes bulliciosos saltando a tu alrededor y en torno a todos los otros jubilados, en tanto ustedes, los viejos —todos a coro o por turno riguroso—, se dedican a la tarea de rememorar y extrañar, cada cual y por turno riguroso a su propia y bienamada oficina…

         Sí. Cada cual añorando la suya. Y no te rías una vez más, por favor. Abandoná por un momento de lado esa carcajada fácil que tan sólo pueden permitirse dos estadios benditos del ser humano: la juventud y la inexperiencia. Porque todo eso que te acabo de relatar… Es, simplemente, aquello que soy. O, para expresarlo con mayor exactitud: esa cosa informe en la que el tiempo y la oficina me han convertido…

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