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Año IV - Nº 226
Uruguay, 23 demarzo del 2007
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Fernando Pintos
Cuatro casos ejemplares
Y resistencia ante lo evidente

por Fernando Pintos
 
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            Toman Alemania inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, en el año de 1945, y la parten en dos: una parte, comunista, en el este; la otra parte, capitalista, en el oeste. Para el año de 1989, cuando se derrumben juntos y abrazados el comunismo y el muro de Berlín, la República Federal, aquella mitad capitalista, estará entre las superpotencias económicas del mundo, con una economía formidable, un PIB tremendo, con uno de los niveles de vida y desarrollo humano más altos del planeta… En el mismo momento su desafortunada hermana del este, eufemísticamente denominada hasta aquel momento «Democrática» (lo cual no era tan sólo un decir, sino más bien una de esas ironías sangrientas a que tan afectos son los comunistas) era, apenas, una antítesis grotesca y desastrosa: la economía estaba convertida en pedazos, población se encontraba mayoritariamente famélica, las ruinas se desparramaban por doquier, todo el mundo suspiraba por huir hacia el infierno capitalista… ¡Y eso que, hasta aquel momento, se tenía a la Alemania del Este por ser uno de los paraísos del mundo comunista! (¿Cómo sería entonces el resto?).

            Demás está decir que, desde el primer momento de la reunificación alemana (se produjo oficialmente el 3 de octubre de 1990) el este ha sido más que nada una molestia y un lastre para su contraparte capitalista. Y lo ha sido no sólo por su evidente ruina económica y su patético atraso tecnológico, sino porque su población, que no sabía ni quería trabajar duro, como sí lo han sabido, lo han querido y lo siguen haciendo sus compatriotas capitalistas, ha pretendido —¡eso sí!— desde un primer momento vivir exactamente igual de bien que ellos. Y agréguese a lo anterior un recordatorio oportuno para estos tiempos no de cólera pero sí de amnesia: el muro fue apresuradamente erigido, por los comunistas, para evitar que la mayor parte de su población desertara hacia el vecino capitalista… Algo que Fidel Castro y todos los demás comunistas de este mundo saben, a pies juntillas, por amarga experiencia propia.

            También en aquel año de 1945, Corea fue ocupada y dividida en dos partes. La del norte comunista. Capitalista la del sur. En la actualidad, Corea del sur ocupa el décimo puesto entre las potencias económicas mundiales, disfruta de una expansión comercial que es incesante y sus productos, de gran diversidad y cada vez mejor calidad, se venden ventajosamente en casi todo el globo. Debido a esta situación de privilegio, su pueblo disfruta de enorme prosperidad y de un altísimo nivel de vida. La Corea comunista del norte, muy por el contrario, se ha parapetado tras un cerrado muro de hostilidad contra todos quienes le rodean y ha pasado las últimas décadas armándose hasta los dientes, preparando un arsenal nuclear, conspirando contra sus vecinos (es notorio el caso de los jóvenes japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos y mantenidos, como prisioneros, en ese país comunista) y alimentando a su pueblo —famélico— gracias a la caridad y las limosnas del mundo capitalista… Infinitamente más pobre que su hermana capitalista del sur, Norcorea no tiene mayor cosa que ofrecer al comercio mundial y su población languidece bajo el doble peso de una tiranía represiva de corte narcisista y privaciones de todo tipo. Para decir verdad, su producto más notable han sido y siguen siendo las amenazas de guerra. Y esto es, precisamente, aquello que yo llamo, más precisamente, patadas en el trasero for export.

            En 1947 China se dividió en dos: Un gigante continental comunista con 10 millones de kilómetros cuadrados frente a un pequeño bastión insular capitalista con apenas 36 mil. Medio siglo después, el ingreso anual per cápita de Taiwán superaba entre 40 y 50 veces el de sus vecinos comunistas, su economía era de las más pujantes del planeta y su pueblo vivía al mismo nivel de los más afortunados del planeta, llamáranse ellos Japón, Suecia o Alemania. Pero el panorama para China roja era todo lo opuesto: un atraso casi prehistórico, una opresión galopante, una miseria kilométrica. A partir de entonces ese retraso de China continental ha cambiado, por supuesto, mas… ¿Debido a qué razones? Simplemente a que los capitostes comunistas encontraron una fórmula de supervivencia en este mundo globalizado del siglo XXI: mantener un férreo control político pero brindar al capitalismo salvaje todas las facilidades habidas y por haber: una sociedad sin las mínimas libertades; ausencia completa de sindicatos; carencia absoluta de algo que pudiera parecerse a una prensa libre; cantidades ilimitadas de mano de obra obediente y baratísima —como en los viejos buenos tiempos de la Revolución Industrial—; componendas absolutas con la cúpula del poder; etcétera. Y entonces, gracias al enorme empuje que le han dado las grandes empresas del mundo capitalista, la China continental comunista está despegando… Despojada de cualquier semejanza con la Corea del Norte, el Vietnam esclavizado o la Cuba de Fidel Castro.

            Y un poco más adelante en el tiempo que en los tres ejemplos precedentes, desde el 1º de enero de 1959, tenemos también dos Cubas. Está la Cuba del Exilio, que emigró a Estados Unidos y consiguió en pocas décadas transformar a Miami en una de las ciudades más pujantes, vivas y ricas que se hayan conocido jamás. Y nada menos que Miami, con su clima detestable, con sus espantosas playas y con su pasado inmediato de hogar tropical para gringos jubilados. Más allá de la poca simpatía que en general me inspiran, esos cubanos de Estados Unidos disfrutan de un altísimo nivel de vida y de una notable influencia dentro de la nación más poderosa del planeta. Y si juntamos el PIB de todos ellos junto, obviamente supera , astronómicamente, al de la Cuba castrocomunista.… Esa Cuba de Fidel: una isla de ensueño que ha sido transformada en cárcel; un país otrora próspero al cual han convertido en un remedo de corte de los milagros; un pueblo que fue próspero y feliz, transformado en masa desarticulada, famélica de comida, libertad, jabón, papel higiénico, dentífrico, dignidad… Un país donde las mujeres se prostituyen con cualquier turista que les dé algunos dólares o algún regalito —jabones, perfumes—, porque en su mayor parte los salarios no superan los diez dólares mensuales (los soplones del régimen deben ganar mucho mejor, of course).

            Analizando estos cuatro casos, me pregunto una y otra vez por qué extrañas y retorcidas razones tanta gente se aferra a ideas y métodos del marxismo-leninismo cerril, principalmente en esta desgraciada América Latina, mientras vocifera consignas que ya lucían viejas y apolilladas ya desde aquellos años, aciagos, en que una Alemania, una Corea, una China y una Cuba cayeron en las garras malévolas y malversadoras de los profetas del caos y el fracaso universales. Como en muchos casos cabría descartar ceguera o estupidez, sólo queda pensar en la fría y descarnada conveniencia de aquellos que se resisten a aceptar la evidencia por temor a perder un excelente negocio (¡Ah, vivillos de tiempo completo!)…

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