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Año IV - Nº 226
Uruguay, 23 demarzo del 2007
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Fernando Pintos
Réquiem por una valiente periodista
por Fernando Pintos
 
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            Ha muerto Oriana Fallaci. Que descanse en paz. Esa paz que no tuvo en sus últimos años de vida, puesto que la persistencia asesina de un cáncer se la negó. Oriana Fallaci fue una periodista de primerísima línea y, dentro de ello, una entrevistadora magistral. Ella cumplió con creces los sueños de todos los que, siendo periodistas de profesión, al mismo tiempo somos buenos entrevistadores: acudir a una cita puntual con los personajes más notables del panorama mundial y hacerlo, al mismo tiempo, compartiendo con ellos el estrellato… Federico Fellini, Walter Cronkite, Mao Tse Tung, John F. Kennedy, Yasser Arafat, Sean Connery, Golda Meir, Indira Gandhi, el ayatola Jomeini, Muammar Khaddafi y Henry Kissinger fueron tan sólo algunos de ellos. Obviamente, las calidades intelectuales de Fallaci fueron mucho más allá de la entrevista periodística y se tradujeron en libros, casi todos de gran profundidad y algunos de ellos tanto o más polémicos que la propia autora. Durante muchos años Fallaci fue una periodista ácida y áspera, ciertamente inclinada hacia lo que durante las décadas de Guerra Fría se conoció como izquierda. Precisamente, muchos de sus críticos llegaron por entonces a encasillarla como algo muy cercano a lo que solía denominarse un «compañero de ruta» del comunismo.

            Sin embargo, el tiempo no pasa en vano. Después de los criminales atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas del Wordl Trade Center en Nueva York y contra el Pentágono en Washington, Oriana Fallaci demostró una lucidez, un coraje y una visión que están faltando, diríase que por cantidades industriales, en el mundo occidental. Acostumbrada a decir las cosas tal cual las pensaba, sin hacer caso de «lo políticamente correcto» (actitud que, por regla general, suele servir de maquillaje para la cobardía, la bellaquería o el cretinismo), asumió la única actitud que se podría esperar, en este momento de choque de civilizaciones, frente a la implacable amenaza planteada por el fundamentalismo islámico: el combate frontal. Por supuesto que, como suele ser de costumbre frente a tales actitudes, de inmediato se hizo presente la manada —de cobardes, bellacos y cretinos— para entonar contra ella la consabida cantinela de los chacales. La llamaron «racista» y la acusaron de mil infamias. Bueno, es bien sabido de largo tiempo a esta parte —y vaya si en Guatemala tenemos experiencia a ese respecto—, que los cobardes, los bellacos y los cretinos suelen tener la lengua excesivamente larga. Pero, después de todo… ¿qué dijo de tan terrible Oriana Fallaci para que pretendieran crucificarla de tal manera los «bienintencionados de siempre»? Ella dijo, escribió y publicó, acerca de los musulmanes, pensamientos como el que transcribiré a continuación: «…¿Qué sentido tiene defender su cultura, o su presunta cultura, cuando ellos desprecian la nuestra? Yo quiero defender la nuestra y les informo que Dante Alighieri me gusta más que Omar Khayan…». Amén.

            Pero, por supuesto, Oriana Fallaci dijo bastante más que eso y tuvo, ciertamente, esos mismos pantalones que tanto le faltaron al pueblo español —el mismo que luchó durante siete siglos para sacar a los musulmanes de la península a patadas en el trasero—, al cual le bastaron unas bombas detonadas por terroristas islámicos en Madrid para dar la espalda al excelente gobierno que había hecho Aznar y correr a las urnas para votar, tal cual estúpidos y cobardes borregos, a ese cretino apellidado (de manera tan apropiada que permite, una vez más, creer a pies juntillas en la justicia poética) Zapatero. Ella expresó, en consecuencia, conceptos tan exactos e inteligentes como el que sigue: «…Me parece vergonzoso que en Italia se haga una manifestación de individuos que vestidos de kamikazes berrean infames injurias contra Israel, exhiben fotografías de líderes israelíes sobre cuyas frentes han pintado svásticas e incitan al pueblo a odiar a los hebreos». Pero también opinó esto otro: «…Me parece vergonzoso que acojan en sus debates con tanta deferencia a los bellacos que ayer celebraban la masacre de Nueva York y hoy celebran las matanzas de Jerusalén, Haifa, Netania o Tel Aviv»… Y no dejó de avergonzarse en ningún momento, ni tan siquiera frente a la iniquidad de unos buitres disfrazados con sotana: «…Me parece vergonzoso que en nombre de Jesucristo (un hebreo sin el cual hoy estarían todos en el paro) los curas de nuestras parroquias o centros sociales cortejen a los asesinos de los que, en Jerusalén, no pueden salir a tomar una pizza o a comprar huevos sin saltar por los aires». Pero, a decir verdad, si algo no conocen ni conocerán nunca aquellos que son por excelencia cobardes, bellacos o cretinos, ello será la vergüenza. Sin lugar a dudas.

            Oriana Fallaci tenía sobrada razón, por supuesto, cuando denunciaba un alarmante proceso de islamización de Occidente, lo cual se ha concretado contando, ¿cuándo no?, con la infame y criminal complicidad de la izquierda europea. Como asunto digno de ser incluido en el libro de Ripley, figura el hecho de que tales opiniones llegaron a acarrearle procesos judiciales por «difamación contra el islam» y numerosas campañas difamatorias. A la izquierda europea no le venía en gracia que esta mujer íntegra y valiente denunciara los miles de víctimas provocados en los últimos veinte años por el terrorismo islámico. Y por supuesto: a las hienas del terrorismo musulmán aquellas palabras les caían en gracia todavía menos. En una última entrevista concedida al diario The Wall Street Journal, Fallaci declaró cosas interesantes. Veamos algunas de ellas: «…Mire al sistema escolar hoy en Occidente. Los estudiantes ¡no saben historia! ¡No saben quién era Churchill! En Italia ¡ni siquiera saben quién fue Cavour! No puedes sobrevivir si no conoces el pasado; el momento en el que abandonas tus principios y tus valores estás muerto; tu civilización está muerta, tu sociedad está muerta. Y punto… Hago lo que los conservadores europeos no hacen; y es que no acepto ser tratada como una delincuente».

Tres artículos escritos por Oriana Falacci en formato pdf.
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            Es evidente que Oriana Fallaci tenía toda la razón. En los últimos años, el mundo occidental ha asumido una postura de complacencia suicida frente a los embates del extremismo islámico. En primer término, no se ha querido aceptar lo que es evidente: somos culturas irreconciliables y tradicionalmente enemigas. Eso es un hecho y quien no quiera verlo será o demasiado estúpido, o demasiado cobarde, o demasiado corrompido. O puede que sea las tres cosas a un mismo tiempo. Los musulmanes rechazan nuestros valores y nuestra cultura. Se dan el lujo de discriminar a los occidentales y cristianos en sus propios países, pero, ¡eso sí!: pretenden invadir los nuestros, llenar nuestras calles con sus asquerosas vestiduras, construir sus viles mezquitas en nuestras ciudades… Y, al mismo tiempo, menospreciar o francamente despreciar nuestra civilización y nuestro estilo de vida aquí mismo: ¡bajo nuestras mismas narices y en nuestros propios países! Y a toda esa inmundicia institucionalizada, esa asquerosa canallada, esa detestable invasión alienizante, por añadidura habremos de soportarla con buena cara, en nombre de esos mismos valores occidentales que los tales individuos detestan y pretenden destruir…  ¡Vaya si todo este asunto no es de una genialidad que ha sido y sigue siendo llevada hasta el extremo de un virtuosismo perverso! Como todos los cobardes por vocación, estos individuos pretenden destruirnos sin que hagamos nada por defendernos. Porque ya sabemos qué le sucederá a quienes se defienden de ellos, pongamos por ejemplo al pequeño Israel, que tantas veces los ha vapuleado de una manera pavorosa: lo que nunca pudieron ganar en el campo de batalla fue recuperado con las condenas en las Naciones Unidas, la diatriba sintonizada de las izquierdas recalcitrantes, las difamaciones feroces, los repetidos intentos de aislamiento diplomático, etcétera.

            Sin embargo, va siendo hora de que Occidente despierte, se reencuentre con su historia y desenvaine su espada, que por cierto tiene un poder aterrador. ¿Que los musulmanes quieren guerra? Pues que la tengan, y a ver si pueden aguantarla. ¿Acaso quieren medir fuerzas con nosotros? Pues hagamos una nueva cruzada que arrase cualquier resistencia que puedan oponer y no deje títere con cabeza. Si tan sólo se dejara a Israel libertad de acción, en tres meses, a lo sumo, desaparecería el mundo musulmán entero del mapa y se arreglaría el problema energético del planeta para los próximos 20 años. Pero comencemos por algo todavía mucho mejor: sacar a todos estos quintacolumnistas de nuestros países con viento fresco. Y sacarlos lo antes posible, porque allí donde se enquistan, de inmediato comienzan con su acción disolvente: su labor de zapa, sus células terroristas, su agitación anti occidental. En fin, todo ese tenebroso repertorio que tenemos harto conocido.

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