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Sobre la debacle del Fútbol Uruguayo: El insulto final * Fernando Pintos
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¡Caramba! Tanto escribir acerca del fútbol uruguayo y dejarse en el tintero a uno de los personajes principales: el árbitro. ¿Cómo habré podido cometer tamaño descuido? El señor árbitro, juez de fútbol o como quiera llamársele, es un personaje ineludible en nuestro drama nacional futbolístico. Para empezar, su señoría, el encargado de impartir justicia en nuestros campos de juego siempre ha sido& ¿Cómo explicarlo? Un poquitín olvidadizo y otro poquitín distraído. Y eso se ha notado en muchos clásicos que yo recuerdo. Por ejemplo, la memoria me trae ahora aquella época en que don Miguel Ignomiriello formó en Nacional un tremendo semillero de cracks, jugadores de primerísima categoría, entre los cuales estuvieron Juan Ramón Carrasco, Miguel Rosifredo Caillava, Darío Pereira, Alfredo De los Santos, Ricardo Pagola, Alberto Bica, Martín Taborda, Wilmar Cabrera y algunos otros de talla. Pues sucedió que entonces la junta directiva encomendó a don Miguel la misión de dirigir al primer equipo y poner a sus botijas en la vidriera grande.
Era una época de capa caída para Nacional. Peñarol tenía, por entonces, a Fernando Morena, su "muchacho de oro", al cual, aquel recordado periodista de los suplementos dominicales del diario El País, el Gogo Mérica, le hizo una entrevista sumamente inquisitiva, más bien maquiavélica, y la publicó después tan picante, que medio Montevideo lo andaba buscando para ajustarle cuentas& A Morena, por supuesto. Aunque ahora nadie lo recuerde -y muchos prefieran no acordarse-, por entonces se armó un lío de campanillas, todo un escándalo en aquel Montevideo del primer lustro de los años 70& Aquel Peñarol de Morena estaba en la cima por entonces. Pero cuando Miguel Ignomiriello comenzó a jugar clásicos con sus chiquilines, la cosa siempre se ponía tremendamente pareja& Y solía suceder que cuando Nacional iba ganando, iba jugando mejor, iba manejando el partido& Por el fatídico minuto 80 tal vez Morena se caía solo en el borde del área chica, con el jugador tricolor más cercano a unos diez metros si no más de distancia, y entonces algún pergenio como el tristemente célebre Ramón Ivanhoe Barreto -¡vaya nombrecito el que le echaron en la pila bautismal!- llegaba corriendo como una gacela loca, para marcar con gesticulación aparatosa un penal que solamente él había& No visto, por supuesto, sino imaginado. Aquellos penales, que ni siquiera el más fanático aurinegro había visto, se convertían en goles y permitían que el clásico terminara en paridad. Peñarol salvaba la cara, Cataldi se restregaba las manos, y Nacional volvía a su guarida gruñendo y lamiéndose las heridas, injurias arbitrales. ¡Qué tiempos aquéllos! El presidente de Peñarol era Washington Cataldi, a quien habrá de reconocérsele una tremenda habilidad como dirigente y una gran calidad humana. En Nacional estaba Miguel Restuccia, a mi juicio, un verdadero cretino. Y si alguien se molesta por esta última afirmación, lo siento mucho. Podré ser bolsilludo, pero no soy ni ciego ni idiota.
Así las cosas, veremos a Ramón Ivanhoe Barreto como un ejemplo casi perfecto de la hueste arbitral uruguaya. Árbitros de entre casa. Tipos carentes de tino y sentido profesional. Algunos mediocres, muchos otros cretinos, y unos cuantos corruptos. No se podía pedir mejor aderezo para esa indigesta ensalada en que se ha convertido, hoy por hoy el fútbol uruguayo. A decir verdad, estos árbitros de mi país me recuerdan a ese inolvidable personaje fabulado por Mario Vargas Llosa en "La tía Julia y el escribidor" y presentado como una de las creaciones más delirantes de Pedro Camacho: Joaquín Hinostroza Bellmont, magistral referí, eximio borrachín de cantina, tarado de tiempo completo y final apocalíptico para una familia "que además de adinerada, entroncaba frondosa selva de árboles que son títulos y escudos, con marquesados de España y Francia"& Joaquín Hinostroza Bellmont, el mismo que manifestaba una actitud de indiferencia búdica, de sopor bahmánico, de guisa tal que hizo temer a sus atribulados padres "haber procreado un fin de raza, hemofílico y tarado, que sería más tarde hazmerreír del público"& Bueno, aquéllas eran al menos sus principales características personales, si bien una vez que se ponía a dirigir un partido de fútbol, se convertía en pieza magistral, juez venerado, respetado y aplaudido por jugadores, técnicos y público. ¿En qué se parecerán los árbitros uruguayos a Joaquín Hinostroza Bellmont? No precisamente en sus eximias cualidades arbitrales. Porque para impartir justicia en una cancha y asegurar el trámite normal de un encuentro, no son lumbreras. Pero tal vez, como árbitros propiamente dichos, sí se parezcan a la íntima personalidad de aquel personaje. Recordemos una frase al respecto: "Un fin de raza, hemofílico y tarado, que sería más tarde hazmerreír del público". ¿Hazmerreír? De acuerdo, en muchos casos. Pero en muchos otros, también se destacan por hacer llorar, o hacer rechinar dientes.
Ejemplo muy claro de esto lo he extraído de la edición digital del diario El País, correspondiente al lunes 13 de junio. Y cito una información textual acerca de un clásico que terminó con una polémica más grande que el palacio Salvo: "Con polémica, como consecuencia de la tarjeta roja que Martín Vázquez le mostró al arquero Sebastián Viera, debido a que festejó el segundo gol de Nacional, el clásico terminó empatado en dos tantos por bando y dejó a Defensor Sporting como líder del Campeonato Uruguayo Especial 2005 con un punto de ventaja y un partido más jugado que los tricolores&". Verdaderamente, el tal Martín Vázquez podría exigir un doctorado honoris causa en corruptela arbitral. El tipo se lo merece, y el línea también. Todo el mundo vio el incidente, o en vivo o por televisión, así que no cabe mayor reiteración. Expulsaron al arquero de Nacional porque se les dio la real gana. Y detuvieron el partido como siete minutos, para que Peñarol saliera del nocáut. Y para postre, el miércoles 15, en el partido que Nacional le ganó por tres a uno a Miramar Misiones, Raúl Tavani escribía lo siguiente en El País:
"Fernando Cabrera tuvo una actuación que pudo ser excelente, pero se quedó con poco, ya que en una incidencia que se produjo a los 48' debió cobrar penal de Carlos De Castro a Sebastián Vázquez y no lo hizo&".
He ahí, de cuerpo presente, a los árbitros del fútbol uruguayo. Haciendo honor a aquel viejo mote que las hinchadas coreaban, cuando estos personajes vestían estrictamente de negro: cuervos.
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