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Año III - Nº 170
Uruguay, 24 de febrero del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

 

 
Abel Carlevaro
* Fernando Quiroga

Cuando yo lo conocí vivía en la Avenida Agraciada, a pocas cuadras del Entrevero.

Desde el noveno piso dónde estaba su casa se veía toda la avenida, con el Palacio Legislativo al fondo y hacia el otro lado, el edificio de Pluna y la mencionada plaza del Entrevero.

En el comedor de la casa había algunos cuadros originales, escenas de las tertulias de intelectuales de un Montevideo de los tiempos de su abuelo, en las que éste jugaba al ajedrez en lugares como el Sorocabana viejo, aquél tan añorado.

Él era un tipo de estatura normal, que parecía estar en buena forma física, tenía un bigotito fino, la cabeza alargada, muy activo, con buen sentido del humor.

Las clases primeras que recibí de él fueron en la casa de la Avenida Agraciada, hablaba mucho de la manera de resolver problemas mecánicos, de los movimientos de las manos y de cómo ayudarlos con el resto del cuerpo.

Su técnica, era la de la libertad de los movimientos, los libros de ejercicios que trabajábamos los alumnos estaban escritos para desarrollar esa libertad, para conseguir el resultado óptimo de los esfuerzos que cada uno hace para tocar la guitarra.

Alguien me dijo un día que en la interpretación de "Confesión" de Agustín Barrios, estaba todo lo que Carlevaro era como músico. No sé si era verdad, pero me despertó la curiosidad.

En aquellos tiempos Carlevaro no grababa ya discos, pasó una época larguísima en que era difícil encontrar grabaciones de él, pero yo tengo algunas.

Busqué, me dieron, compré, y conseguí hacerme con algunos discos y copias en casette, y finalmente entendí a dónde conducía todo aquél caudal de azonamientos lógicos que hacía en torno a la técnica de la guitarra.

Muchos años después, a la vuelta de un viaje que yo hice para dar unos conciertitos por acá las Uropas, mi mujer lo fue a buscar al aeropuerto y lo trajo a mi casa con su señora.

Él tenía que hacer un curso en Barcelona y el organizador nos pidió que lo alojáramos.

Pasamos diez días fantásticos con él y con la señora, vimos cómo estudiaba, le oímos otra vez impartir clases, lo oímos tocar otra vez en un concierto.

Yo creo que en la mente de todos los guitarristas de mi generación, no solamente uruguayos, quedará para siempre la imagen de aquél hombre de mente abierta, y su palabra certera y sencilla.

Se escucha un estudio de Abel Carlevaro interpretado por el mismo.

 
 
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