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El humor entre los dos sexos
(¿cuál de los dos será el «débil»)…
por Fernando Pintos
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Desde hace un tiempo me estaba guardando, no sé si en la manga o en la refrigeradora, algunos chistecitos bastante feroces, acerca de mujeres y acerca de hombres. Para decir verdad, si los primeros son ácidamente machistas, los últimos —amargamente feministas— no les van en zaga. Les diré que tanto unos como otros me han hecho reír siempre de buena gana, porque, como es de todos bien sabidos, a mí todas esas mariconerías de la «corrección política» me vienen absolutamente del norte. Es decir: me importan tres carajos a la vela (como solían decir nuestros beneméritos abuelitos, en épocas mucho mejores que ésta). Comencemos, entonces, con algunas de las cosas que ellas dicen acerca de nosotros.
¿Por qué será que las baterías son mejores que los hombres? Porque al menos tienen un lado positivo…
¿En qué se parecen los hombres a los canales de televisión? En que se les cambia cuando a una se le da la real gana…
¿Por qué razón hizo Dios primero al hombre y más tarde, recién, a la mujer? Porque echando a perder se aprende…
¿Por qué será que los hombres tienen la conciencia limpia? Porque no la han usado en toda su vida…
¿Por qué a los hombres no les pega la enfermedad de las Vacas Locas? Porque para que esa enfermedad te agarre, deberías tener cerebro…
¿En qué se parecen los hombres a los caracoles? En que los dos son arrastrados, son babosos, tienen cuernos… ¡Y encima se creen que la casa es suya!
Todos esos chistes son, en verdad hilarantes. Aunque, ciertamente, los hay bastante más agresivos e incluso hasta un poco repugnantes («¿En qué se parecen los hombres a los pedos? Pues en que una se los tira cuando quiere». Pero, a fin de cuentas, al igual que en las guerras del fútbol, en ésta sucede que tenemos extremistas en los dos bandos («…Lo malo de las mujeres, es que vienen sin manual de instrucciones… Y, para colmo, ¡tampoco se pueden devolver!»). Y espero que los hayan disfrutado como es debido, es decir: con verdadero espíritu deportivo. Pero ahora veremos, a continuación, algo algunas de las pequeñeces que los hombres utilizamos para bromear acerca de las mujeres, lo cual también será material idóneo para risas y sonrisas. Veámoslo ahora.
¿En qué momento, fatal, pierden de un golpe las mujeres el 80 por ciento de su inteligencia? Pues cuando se quedan viudas…
¿Por qué la estatua de la Libertad es mujer? Porque se necesitaba que tuviera la cabeza hueca para poner ahí el mirador…
¿En qué se parecen las mujeres a los semáforos? En que después de las diez de la noche, nadie las respeta.
Detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer… ¡Y detrás de toda gran mujer, hay siempre un montón de hombres!
Estaba Adán en el Edén (¿verdad que suena a «¡Ding-Dong!»…?), más solo que una ostra. Y el pobre tipo veía, desconsolado, cómo los distintos animales andaban en pareja. Pasaban, felices, el león con la leona. Después, acertaban a pasar, delante de sus narices, el ciervo con la cierva. Se paseaba por un río, y ahí pasaban, felices, el señor hipopótamo con la señora hipopótamo. Y así por todas partes. Bueno, sucede que la situación llega al límite y Adán se cansa de la felicidad ajena. Entonces corre a encontrar a Dios, que estaba muy ocupado con su plantación de manzanos. Mientras Dios seguía cuidando y puliendo sus hermosas manzanas Red, Adán comienza a plantearle su queja. Dios lo escucha, en cierta medida distraído, mientras sigue mimando sus hermosas y relucientes frutas. Cuando Adán, un poco jadeante, pone punto final a su perorata, Dios lo mira con fijeza por unos segundos, y después, le pregunta:
—Está bien, Adán. Dime ahora cómo querrías que fuese esa compañera que me estás pidiendo…
Entusiasmado y tomando la oportunidad por los pelos, Adán comienza a enumerar las cualidades que le gustaría encontrar en su pareja. La quiere hermosa y sexy. La desea recatada y prudente. Anhela que ella sea, a un mismo tiempo: inteligente, pertinente, serena, estable, hacendosa, fiel, discreta, elegante, con tacto, con buen gusto, excelente madre, magnífica cocinera, etcétera (en realidad, la lista era un poco extensa).
Adán termina de hablar y se queda mirando a Dios, expectante y esperanzado. (También un poco jadeante, porque había hablado una cantidad y en aquella época no había botellitas de agua). Dios se queda en silencio durante casi un minuto, con sus ojos pedidos en sus hermosas manzanas casi maduras. Después, mira a Adán y le dice, con acento de «esta es mi última palabra», lo siguiente:
—Verás, Adán: para proporcionarte una pareja como ésa que me pides, voy a necesitar que me dejes tomar… ¡Huuumm! Digamos que tu mano derecha, tu pie izquierdo, una mitad de tu hígado, tu bazo y siete costillas…
Ahora es Adán el que se queda en silencio. Mira a Dios con los ojos enormemente abiertos. Después, mira en dirección al cielo tal como alguien que estuviera pidiendo clemencia. Da una vuelta hacia un lado. Vuelve a mirar a Dios, en silencio. Se rasca la cabeza con expresión perpleja. Después, da una vuelta hacia el lado opuesto. Después carraspea, para quebrar un poco ese lapsus embarazoso y, ¡finalmente!, se encara con el Supremo Hacedor. Vuelve a carraspear una vez más e, inmediatamente después, con apenas un hilo de voz, le pregunta:
—A ver, Señor… Y por una costilla, ¿qué me darías? Moraleja. Y sí, claro. ¡Ya lo sé! No faltará ahora algún cínico que, después de leer esta deliciosa ficción, se pondrá a la tarea de opinar y habrá de hacerlo, más o menos, con estas venenosas palabras: «Después de todo, se tiene siempre aquello por lo cual se paga»… ¡Ah!… ¡Hombrecillos de poca fe!
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