Año III - Nº 110 - Uruguay, 24 de diciembre del 2004

 

 

 

 

¿QUÉ ES LA NAVIDAD?
Por Helena Arce

Hace unos días me preguntaban que era para mi la Navidad, y a mi se me representó y en consecuencia contesté,"mi familia".

La familia en aquella casa de la calle José Hernández, antigua de techos altos y su inolvidable patio con claraboya.

Unos días antes comenzaba la fiesta, cuando se armaba el arbolito, aquel gigantesco árbol, rodeado de guirnaldas y luces de colores, que cubrían los globos de vidrio, con su pesebre al pie de la escalera de madera. El papel piedra y las figuras en cerámica, el niñito Jesús que había sido de mi abuela. Ya ese día era una fiesta, se subían los paquetes del sótano y se realizaba una reunión familiar, los grandes armaban todo el conjunto. A mí, la más pequeña me permitían armar el lago, con aquel espejo donde nadaban los patitos, hacia allí se dirigía "la mujer de los patos", y la estrella plateada de enormes dimensiones, hacia donde mirarían las figuras que representaban los "3 reyes magos", acompañados de sus camellos. "Baltasar" era mi rey mago particular, él era quien me dejaría los regalos unos días después cuando al fin llegara el 6 de enero. Aquel enorme Papá Noel con su larga barba, el pinito de madera que fue la primera artesanía que hizo el hijo mayor de mi primo para mi madre, y que conservo. En el pesebre mismo, mi madre solía colocar una bombita roja, una novedad en aquellas épocas, que cubría con celofán, con unos palitos y representaba el fogón que daría calor al niñito Jesús, en las colinas que se lograban poniendo papel diario bajo el papel piedra, se ponían casitas y por allí se ubicaba también uno de los ángeles, el otro en la puerta del pesebre. Pero ya esa noche se reunía parte de la familia, y mientras se realizaba el "armado" los mayores cantaban y reían, mientras obviamente se hacía un "piscolabis", como gustaba decir mi padre.

Luego llegaba el 24, y desde temprano empezaba la preparación de la gran cena familiar, se armaban ese día especial las dos mesas, una en el patio donde cenarían los mayores, y otra a lo largo del zaguán, pues ese día la puerta cancel se abría de par en par uniendo ambos salones. De a poco iban llegando las tías, los primos, de ambas familias y los amigos que andaban en la vuelta.

Todos traían la parte que les había tocado en el reparto de la comida, desde los pollos, a los infaltables tomates rellenos, la ensalada rusa, los helados, la fruta seca, y el brindis espumoso.

Aquel brindis que comenzaba cuando mi tía armaba una pirámide con las copas y servía desde la primera de más arriba. Se comía, se brindaba, y al llegar la medianoche nos besábamos y abrazábamos. Si había habido alguna discusión, de esas que nunca faltan en una familia numerosa, era la hora de olvidarlas, si existían dolores pendientes, el calor familiar los aliviaba en esa hora. Y allí comenzaba la música en aquellos discos de pasta de mi padre, los tangos y la música gallega.

Si bien fui a un colegio religioso, evangélico metodista, y en mi casa eran cristianos, no se practicaba activamente ninguna religión, sin embargo fue mi madre quien nos enseñó a sus hijas y nietos a rezar sus oraciones predilectas el "Salmo 23" y el "Padre Nuestro", esas mismas que le repetí incesantemente en sus últimas horas cuando ya no sabía exactamente si me oía, pero igual se las susurraba bajito al oído.

Realmente no se si era yo, plenamente conciente, que ese día en especial se celebraba el nacimiento de Jesús, mis recuerdos de esas noches, básicamente me traen la tibieza y el placer de estar todos juntos celebrando, tantos "queridos" que se han ido de a poco.

Luego de los brindis, las luces de bengala, los cohetes, el judas que siempre traía mi primo, el Judas para el que en mi casa no se pedía plata, porque mi madre lo tenía expresamente prohibido, pero si se armaba y se quemaba esa noche, un judas que en ningún momento nadie identificaba con ningún símbolo, era simplemente una forma más de expresar la alegría de estar juntos. Las cañitas voladoras, los saludos con los vecinos y luego a charlar hasta altas horas, de a poco se iban retirando a descansar, para volver al otro día a reunirnos al mediodía de nuevo.

Poco a poco los primos se fueron casando. Al ir creciendo la familia se fue festejando más en la intimidad, solamente los que hoy mi cuñado llama el "núcleo familiar", mis padres, mis hermanas y dos primos, los "hijos del alma" de mis padres. Fueron llegando los nietos, y la casa se llenó de risas y juegos de niños de nuevo.

Vino la mudanza, y la casa de mis padres fue la de la calle Alto Perú, allí llegaban las familias de los ya casados, a festejar ese día, con las mismas tradiciones, solo que en vez de armar el pesebre al pie de la escalera, el lugar elegido era la estufa a leña. Ya no se bailaba al son de la "Muñeira", si se seguían cantando tangos, pero por sobre todo se armaba la murga comandada por los más jóvenes. El festejo siempre era el mismo, el día de la celebración del amor familiar.

Cuando partieron mis padres, las hermanas decidimos festejar la Navidad cada una con su familia, sin embargo, al llegar las 12 no sentimos que la Navidad fue completa hasta que nos hablamos por teléfono y nos damos el beso correspondiente, que a cada una nos trae por unos segundos de nuevo al corazón aquellos días, cuando los "mayores" eran otros.

Por ello cuando me preguntaron que era la Navidad, no pude dejar de contestar en mi corazón "es el día de celebrar la familia".

Hoy mi familia es pequeña, sin embargo esa noche, arrullados en nuestra casa, con amigos que nos visitan, vivimos esa misma alegría que recuerdo de cuando era pequeña, la de un descanso al trajinar de la vida diaria, poner como se hacía en casa de mis padres, la mesa adornada, una comida especial, los mejores cubiertos, y la loza esa que uno guarda para las visitas, la casa hecha un jaspe, la música que nos gusta, y bailar y cantar.

Por cierto que el amor familiar nos acompaña todos los días, por cierto que es un placer estar juntos siempre, pero no deja de ser un regalo especial, darse un día para festejar la dicha de tenernos, de la misma manera que en aquellas mesa se unían tantos corazones, más de 30 por cierto, hoy nos sentamos 3, con la misma alegría de estar juntos.