
por Ruben López Arce
CON EL DENTISTA
Disfrutando unos días de vacaciones, fui a mi ciudad natal para estar junto a mis familiares. Encontré a mi viejo, desesperado de dolor de muelas. Sabiendo de su forma de ser, sus temores y sus miedos, me ofrecí a acompañarlo, cosa que aceptó de buen grado, pero con poco convencimiento.
En el consultorio esperamos un rato mientras el odontólogo atendía a otros pacientes, pero en la medida que se acercaba su turno vi su predisposición a dejar sin efecto el trámite de la consulta.
- Ya se me alivió m´hijo, vámonos y venimos otro día, cuando me duela otra vez.
No hubo forma de convencerlo, y pese a mis esfuerzos para que se quedara a hacerse la extracción de su pieza mala, nos retiramos del consultorio. Por supuesto me mostré disgustado ante su proceder, pero por encima de todo era lógico que actuara así, teniendo en cuenta su temperamento temeroso y su nerviosismo que era ostensible, crecía momento a momento.
En presencia de una infección molar, el dolor continuó por varios días y ante su desesperación progresiva, fuimos otra vez al dentista, no sin antes realizar un tedioso trabajo de convencimiento, para hacerle ver la conveniencia de efectuar de una vez por todas esa extracción que para entonces, ya era impostergable.
Esta vez no hizo amagues de irse, prueba evidente de su padecimiento que lo tenía al borde de la histeria . Cuando llegó su turno, entramos juntos para que no se sintiera tan desamparado y para fortalecer con mi presencia, por lo menos en parte, su ánimo ya bastante alicaído.
Luego de la observación previa, el dentista dijo:
-Bueno mi amigo, hay que sacar esa muela, que por cierto presenta bastante infección.-
Sí Doctor, esteeee, estoy de acuerdo pero&le vi'a decir una cosa, yo soy muy nervioso y esteee, sabe& tengo miedo sabe ?,& dígame que no me va a doler.
-No, quédese tranquilo, es un momento nada más, y va a ver que todo va a salir bien incluso esa muela en malas condiciones. Realmente no entiendo cómo ha soportado el dolor porque por lo que veo, esto está muy feo, viene de varios días, se nota a la distancia&
Su nerviosismo era tal que no sacaba los ojos de encima de las manos del doctor , que con total profesionalismo y diligencia, acondicionaba los elementos para proceder a la extracción.
Yo lo observaba y trataba de tranquilizarlo con palabras de apoyo. Cuando el doctor se dio vuelta con su jeringa en la mano para anestesiar la muela a extraer, el viejo no pudo reprimir su grito de angustia, previendo dolores que aún no tenía, pero que ya se sentía impotente para soportar.
-Tranquilo, amigo, es un instante nada más, quietito, abra la boca.
- Sí, pero& espere un momento por favor, déjeme preparar, eso me va a doler mucho, ayyy, no, no& , esteee, no puede ser una aguja más chica doctor?
-No señor, tiene que ser ésta, tranquilo, abra la boca &
Sus manos eran dos molinos de viento y no dejaba que el doctor se le acercara.
Su temor era tan intenso que su frente estaba perlada de sudor. Su palidez era sumamente sugestiva, como una máscara blanca de terror y desesperación.
- Vamos hombre, quietas esas manos, por favor cálmese, parece mentira un hombre viejo ya, con esas niñerías; en una criatura es aceptable esa reacción, pero no en un hombre de experiencia como Ud., comentaba el doctor ya un poco molesto por la situación.
-Qué experiencia ni experiencia, yo nunca me saqué una muela, espere un poquito doctor, no sea malo, & bueno , bueno, estee sí& ya está, ahora sí, déle nomás&
El odontólogo se acercó esbozando una sonrisa , y con mucho esfuerzo aplicó la inyección, mientras los gritos del paciente se escucharon prácticamente en toda la manzana.
-Ya está, no dolió nada verdad?
- Ah no? Le parece que no dolió ¿ Como se ve que Ud. no sufrió el pinchazo, por Dios...
-Bueno, bueno, lo peor pasó, ahora vamos a esperar un momento y luego que actúe la anestesia, sacamos esa muela en un momento&
Mientras esperaba, el viejo me miraba y en su mirada expresaba sin palabras su decisión de dejar sin efecto el paso siguiente. Querría huir de aquel sillón maldito que era como una silla eléctrica para él. Traté de estimularlo con algún chiste que por supuesto no le hizo ninguna gracia todo lo contrario su expectación y ansiedad aumentaba llegando, sin dudarlo, al paroxismo.
Y la situación crítica llegó a continuación& cuando vio que el doctor se dio vuelta hacia él con la pinza de extracción en la mano&Fue todo un desenfreno, los gritos del viejo, la decisión del odontólogo, mi presencia tratando de darle calma, y el miedo que se hizo carne en el cuerpo de papá, hasta hacerlo temblar como una vara verde. Sus ojos desencajados veían la herramienta, sus manos trataban de impedir el acercamiento, las fauces abiertas de aquella boa de acero que se acercaba a su boca, y la presencia firme del profesional cumpliendo su deber.
Los gritos distorsionados por la boca totalmente abierta, eran de rabia, de dolor, de terror. La resistencia que opuso el viejo fue impresionante, hasta que el dentista logró capturar la muela motivo de todo el problema. Y allí, estalló la guerra, fue una lucha cuerpo a cuerpo, el viejo tratando de escapar de la presión de la tenaza, ya firmemente sujeta a su muela. El doctor peleando por no largar su presa, y yo tratando de que el procedimiento se llevara a cabo dentro de cierta normalidad. Pero, intereses encontrados dan resultados imprevisibles&Las aspas de molino de sus brazos se movían incesantemente haciendo muy difícil la tarea del odontólogo.
En el trajín, el viejo se fue resbalando del sillón y a medida que pasaban los segundos la posición del dentista era cada vez menos ortodoxa. Los pies del viejo habían dejado de apoyarse en el posa pie, para extenderse por encima del mismo, mientras el cuerpo ya mal apoyado fue cayendo paulatina pero rápidamente sobre el escalón entre el asiento y el soporte para los pies. Y allí, casi en el suelo, papá vociferaba, casi como un lamento &yajjj cá, yajjj cá&.gueja, gueja& yajjj cá.
-Si mi amigo, ya está, &dijo el doctor levantando victorioso su mano con la tenaza y la muela en su extremo.
-Vio compañero que no era doloroso, porque no me va a decir que le dolió&
-Ah, claro!!! Es muy fácil decirlo porque no fue Ud. el que se sacó la muela, pero le viá decir una cosa ¡¡téngalo por seguro que en este sillón, a mí,& no me ve nunca más !!
Después, ya en casa, ya pasado un mínimo período de convalecencia, llorábamos de risa todos juntos, con él, evocando las tremendas aventuras vividas.
Así era mi padre, en todas sus cosas, con una visión muy particular de la vida en general y de su vida en particular, que muy a menudo, con todo respeto traigo a colación, porque para mí, que hoy no tengo la dicha de tenerlo con nosotros, es una linda manera de recordarlo.