Año III - Nº 119 - Uruguay, 25 de febrero del 2005

 

 

 

 
DE FÚTBOL Y TANGO& DE LEJANÍAS, NOSTALGIAS Y CAMBIOS
Fernando Pintos

 

Había visitado Montevideo casi en la frontera entre invierno y primavera. Ya se sabe que cuando uno vuelve a su ciudad después de estar ausente por mucho tiempo, el tiempo no alcanza para recorrer tantos lugares queridos, para ver tanta gente que se ha extrañado y para asombrarse con tanta nueva cosa que el tiempo ha sembrado por aquí y por allá. En cada minuto se vive una sensación muy similar -al menos eso creo- que la del individuo que ha estado sumergido durante un rato, hasta el borde de la asfixia, y emerge para respirar con locura y delicia una inmensa bocanada de aire puro, fresco, salvador& Y con cada minuto que va transcurriendo resulta, de repente, que uno empieza a sentirse avaro, tacaño, amarrete& Imitando al gaucho de nuestra épica patria uno quisiera echarle un lazo fuerte y resistente a ese bagual cerril que es el tiempo para sofrenarlo un poco y evitar, de esa manera, que los preciosos minutos, que las invalorables horas, que los inolvidables días que se están viviendo se escapen con la desesperante celeridad con que parecen hacerlo.

En eso quince días había hecho muchas de las cosas importantes que había estado planificando desde un mes antes de viajar a Uruguay. Por ejemplo, visitar algunos de mis lugares predilectos de venta de discos usados. Pasé por el Astro de los Discos, en Uruguay y Tristán Narvaja, donde me encontré con la noticia de la muerte de su dueño y fundador, David Bercovici -un personaje mítico de nuestro folclor ciudadano- y la presencia de su hijo, Luis, quien había tomado el relevo y seguía manteniendo un negocio tradicional. También visité Discomoda, en la calle Tristán Narvaja, donde tuve la alegría de charlar con ese otro gran personaje montevideano, Pinocho Acosta, el cual me consiguió algunos discos de antología, tales como un LP de Mina que había sido editado en los años 60 pero estaba nítido, como recién salido de fábrica& Pero como ya he dicho, el tiempo vuela en tales circunstancias y me encontré, finalmente, metido de lleno en un domingo frío y con llovizna. Era mi último día completo en Montevideo, porque el lunes salía mi avión. Y de repente, me iluminé y comprendí que, durante aquellos quince días, había pasado por alto algo verdaderamente esencial: no había ido ni siquiera una vez a un partido de fútbol. Créanlo o no, así había sido: Mea Culpa. Y como suele suceder a menudo, la conciencia llegaba tarde. Nacional había jugado el sábado y ahora le tocaba el turno a Peñarol, que jugaba contra Cerro en el monumento histórico del fútbol mundial. Convencido de que cometería un sacrilegio si por lo menos no iba una vez al estadio, decidí ir a ver un partido de Peñarol, a regañadientes, porque como ya habrán caído en cuenta hasta los más distraídos, soy bolsilludo y lo seré hasta el último día de mi vida. Y bolsilludo fanático, agrego.

Imagínenme, entonces, a las tres o cuatro de la tarde, sentado en la tribuna Olímpica, con un estadio raleado, viendo jugar a Peñarol y lo que es peor, rodeado por el malón enemigo. Una situación verdaderamente surrealista, como tantas que he tenido que vivir a lo largo de mi existencia, pero, en fin, allí estaba, y he ahí que de repente, por esas vueltas del destino, me llega la compensación, porque sucede lo inesperado: Cerro se destapa, le da un baile a Peñarol, le mete varios goles, y le gana el partido& ¡Oh, ambrosía del cielo! ¿Acaso podía haber pedido un regalo mejor de despedida? Pocas veces en mi vida he disfrutado tanto de un partido de fútbol, porque es bien sabido que los hinchas de un cuadro grande preferimos, antes que ganar, ver como vapulean al rival clásico ¿O me equivoco? Zorrunamente callado y hasta con algún gestito hipócritamente compungido -ya que ni soy ni estúpido ni tengo vocación de mártir-, me fui matando de la risa y del gusto, en tanto la falange febricitante que me rodeaba, pura y dolidamente aurinegra, feroz y visceralmente manya, ululaba su furia y su frustración a los cuatro vientos& Créanme: cada uno de aquellos alaridos lancinantes fue para mí un premio gordo, un halago exquisito, un depósito monetario de bulto en mi chequera& Cuando el asunto quedó consumado, salí del glorioso Centenario con una felicidad inenarrable. No había visto jugar a Nacional, pero la compensación había sido generosa. Y ese es uno de los más gratos recuerdos de aquel viaje.

Sin embargo, en los últimos tiempos, he comprobado con alarma que mis actitudes están cambiando de alguna manera. Sucede que, de dos o tres años a esta parte, no me hace la menor gracia que Peñarol salga vapuleado en partidos internacionales. Será que el fútbol uruguayo anda tan mal últimamente, que cualquier derrota me pone la moral por los suelos. Y es así como hasta he llegado al colmo -no lo comenten con nadie, por favor- de hinchar por Peñarol, en alguno de los partidos de la Libertadores que he visto en vivo y en directo en la pantalla de FOX SPORTS. ¿Se imaginan algo como eso? Yo no me lo hubiera imaginado nunca, pero sea por orgullo futbolístico, por nacionalismo trasnochado o por nostalgia del terruño, he llegado a gritar goles de Peñarol casi como si hubieran sido goles de Nacional. Ahora pueden odiarme, claro, sé que lo merezco.

Muy presumiblemente, la raíz de fenómeno esté en la lejanía y la nostalgia. Salvo algún loco o algún energúmeno, todos los que estamos lejos de la patria la extrañamos todos los días y muchas noches soñamos con ella, y después de soñar, nos despertamos con un sabor amargo en la boca. El sabor de la nostalgia. Y este sentimiento, tan difícil de evadir, es el que nos lleva a perpetrar actos casi inenarrables. Por ejemplo: llegué a Guatemala en el año 85.

Al año siguiente, el canal 3 -que por entonces era el equivalente de lo que en aquel momento era el canal 4 de Montevideo- empezó a pasar un teleteatro con Grecia Colmenares, MARÍA DE NADIE& Siempre he odiado los teleteatros. Lo sigo haciendo y persistiré en ello hasta mi muerte, pero, ¿saben qué? Un buen día me encontré llegando a mi casa a las carreras, antes de que fuera la una de la tarde, hora en que pasaban la bendita MARÍA& Y así seguí hasta que terminó la historia. Y lo hacía por la sencilla razón de que, al ser un teleteatro argentino y al ser los argentinos tan parecidos a los uruguayos, aquel novelón me hacía sentir un poco en casa. Eso se llama nostalgia y pega fuerte, como puede pegar un tango.

Nunca me gustó el tango. Mientras estuve en Uruguay, el sonido de las radios mañaneras con toda su parafernalia tanguera y gardeliana más bien me provocaba una especie de malestar en algún lugar del cerebro& Pero un día, estaba viendo el estreno de aquella película que es un remake de PROFUMO DI DONNA, cuyo título había sido traducido al inglés, de manera un poco menos poética, como SCENT OF A WOMAN y en la cual Al Pacino desarrolla el papel que tan bien había manejado, en la versión original, Vittorio Gassman. Pues bien: en el momento en que Pacino saca a bailar a Gabrielle Anwar, en el justo momento en que la orquesta arranca con fuerza ese tango inolvidable y emblemático, POR UNA CABEZA, la garganta se me hizo un nudo. Y descubrí, con sorpresa, que después de todo el tango también era parte de mis raíces, de mi identidad.