Ni montes ni indígenas
Luis Tappa
Somos dueños de un pequeño país en el que la naturaleza ha sido muy benevolente con nosotros, ¡bueno, eso de que somos dueños es un decir, porque en la realidad no somos dueños de nada!, pero aquí estamos.
Un pequeño territorio verde y ondulante al que cruzan por todos lados viboreantes ríos, arroyos y cañadas. Cuando por alguna razón recorremos carreteras o caminos, a poco de salir de Montevideo nuestra vista se pierde en la distancia y nuestros ojos descansan con el esplendoroso verdor de campiñas y serranías.
No sabemos de terremotos ni de huracanes con nombres de mujer, tenemos una hermosa cadena de playas con sus doradas arenas y médanos interminables, enormes zonas en las que abundan bosques artificiales, estos mismos bosques que año a año se prenden fuego durante la época de veraneo y campamentos, pero que también, como el ave Fénix, resurgen entre las cenizas. En una época también tuvimos una hermosa fauna, que poco a poco va desapareciendo, depredada por cazadores o pesticidas con que se riegan nuestros campos en busca de sacar más provecho de las cosechas, pero con menos provecho para la salud de la gente.
Todos esos ríos, arroyos y cañadas, así como también infinidad de lugares, estaban rodeados de lo que se llama monte indígena, o sea árboles y flora natural y autóctona que se ha mantenido viva a través de los años, naturaleza casi virgen que era refugio de gran parte de nuestra fauna. Los que tenemos algunos años encima recordamos y recorrimos estos paradisíacos y hasta misteriosos lugares.
¿Pero que pasó con estos montes indígenas? ¡Porque ya casi no queda ninguno!
¡Pues se quemaron también!, ¿incendios? ¡no! se los tala para convertirlos en leña que luego se queman en las parrillas de los campamentos, los parrilleros de restaurantes o en reuniones familiares para comer un asado, porque eso es lo que hemos hecho con nuestros árboles criollos, quemarlos para asar chorizos. Otros, como el algarrobo, que ya casi no existe más, terminaron su vida como durmientes en las vías del ferrocarril.
A pesar de que hace mucho tiempo existe una ley de protección para estos añejos árboles criollos, nadie la respeta ni la hace respetar.
Nada más pasar por la puerta de cualquier almacén de barrio y veremos los populares atados de madera de coronilla prontos para ir a la parrilla junto con los consabidos chorizos y asados.
Lentamente nuestros ríos y arroyos han ido quedando desnudos, a la intemperie, y solo vemos correr sus hilos de agua sin ropa, mudos en su soledad, porque ya ni el canto de los pájaros les hace compañía.
Tengo la experiencia bien personal en mi pueblo maragato, a la salida o entrada de la ciudad, según la dirección que se lleve, y a orillas del Río San José sobre lo que los maragatos denominamos el puente carretero de la ruta 11, podemos ver ahora un enorme desierto de pasto de lo que antes era un casi impenetrable y hermosísimo monte, ya no queda nada.
Cuantos hermosos recuerdos quedan de una infancia y juventud que se perdieron en el tiempo, cuantos momentos inolvidables en aquel lugar, de recorridas a escapada en las siestas de verano, entre el chirriar de las chicharras, el canto de los benteveos, el arrullo de las torcazas y la picadura insoportable de algún tábano. Tampoco faltaba el popular aparejo, aquella chaura larga con una plomada en la punta, un anzuelo y una lombriz, esperando a algún desprevenido bagre amarillo, de los que hoy solo queda el recuerdo, ya que ni peces quedan en ese río.
Los montes se talan, se trozan y se vende la madera al kilo.
El último eslabón de la cadena son las barracas de leña o los almacenes de barrio.
Quienes están encargados de hacer cumplir las leyes y reglamentos pueden aducir que es muy difícil ubicar a los monteadores, pero no es ahí donde se debe cortar el problema, sino en la boca de expendio. Nada más inspeccionar barracas y almacenes y será suficiente para parar esta matanza de árboles y montes enteros. He recorrido muchos lugares en el interior de la república y por todos lados se ve lo mismo, ríos y arroyos pelados. No pasará mucho tiempo antes de que se termine con nuestros montes. De la misma manera que se está matando la Amazonia se terminará con lo poquito que tenemos nosotros, pero que es nuestro, y nuestros hijos no lo podrán disfrutar.
Ha llegado el momento de actuar antes de que sea demasiado tarde, después a quejarse al cuartito. Solo veremos un coronilla en la foto de algún viejo libro de botánica.