Año III - Nº 123 - Uruguay, 25 de marzo del 2005

 

 

 

 
UNA HISTORIA DE HORROR&
PERO ESTA VEZ, EN SERIO

Fernando Pintos

 

Esta historia que tengo para hoy para ustedes, es absolutamente verídica. Aunque encierra en su trasfondo una tremenda dosis de un retorcido humor del absurdo -lógicamente involuntario, porque si de algo adolecen los mediocres de solemnidad ello es sentido del humor-, tiene el valor de la autenticidad y aportará el plus de alguna que otra triste moraleja.

En el año de 1981 me transformé en director de la escuela de periodismo del Círculo de la Prensa del Uruguay. A partir de entonces lo sería por cuatro años, hasta finales de 1984. Podría decirse que tomé aquella posta porque la escuela era de esa clase de enfermos terminales a los cuales ni los más optimistas otorgan probabilidades mínimas de vida. Sucede que, durante los años inmediatos anteriores, la escuela de esta benemérita institución -fundada, en su momento, por gente del calibre de José Enrique Rodó- había languidecido y agonizado con una persistencia alarmante. El síntoma más notorio era el siguiente: todos los años se hacía una alharaca considerable, se anunciaban los cursos, se abría la escuela, se hacían inscripciones, se iniciaban los cursos entre un gran entusiasmo& Y a los pocos meses la escuela se clausuraba, los cursos quedaban inconclusos y los estudiantes se quedaban, para utilizar una pintoresca expresión, colgados de la palmera. Debe haber sido por esa razón que los directivos del Círculo de la Prensa acordaron confiar su escuela de periodismo en las manos de un individuo tan poco confiable como lo era yo.

Aclaremos que en aquel Uruguay de las postrimerías del "Proceso", el hecho de ser joven representaba una descalificación bastante temible.

Espero que el Uruguay haya cambiado un poco desde entonces, pero en aquellos momentos entre las calidades de joven y terrorista, parecía existir escasísima distancia o, peor todavía, una frontera más delgada que el filo de una navaja. Fue así que, con las bendiciones de la benemérita Junta Directiva de la aún más benemérita institución, donde yo tenía muchos enemigos pero cuando menos dos amigos -el presidente, Hugo Rodríguez Vera, y ese gran veterano del periodismo que fue don Leonardo Tuso-, me hice cargo en el otoño de 1981 de aquella escuela de periodismo, el primer año sólo como director de cursos, ya que para reprimir cualquier veleidad provocada por mi corta edad se había decidido que Tuso fuera el director general.

Obviamente, desde el principio la escuela de periodismo estuvo totalmente en mis manos. Tuso me dio luz verde y pude manejar las cosas como yo sabía que se debía hacer. Aclaro que algo sabía yo al respecto. Había estudiado en el célebre Centro de Capacitación Periodística "Leonel Tuana" y había dirigido, por dos años, el Curso Básico de formación Periodística en el Círculo de Acción Cooperativa del Uruguay.

La escuela de periodismo del Círculo de la Prensa funcionaba en el Instituto de Estudios Superiores, ubicado en Constituyente 1711. El asunto es que se comenzaron los cursos con una participación multitudinaria de inscritos, y por primera vez en mucho tiempo se llegó a fin de año sin el menor problema, se terminaron los cursos normalmente, se entregaron los diplomas correspondientes y se comenzó a preparar la actividad de 1982, año desde el cual yo iba a ser el director general, por retiro de mi buen amigo Leonardo Tuso. Durante los tres años siguientes, 1982, 1983, 1984, los cursos se desarrollaron con absoluta normalidad. La escuela del Círculo de la Prensa funcionó como un reloj bien aceitado y proporcionó buenos ingresos para el Círculo, que nunca puso en ella ni un solo centavo. La escuela significaba una publicidad significativa para el Círculo y además una buena imagen, en contraste con lo que ella había sido anteriormente.

Durante aquellos cuatro años, además, la escuela de periodismo del Círculo era la única en Uruguay -no existía enseñanza universitaria ni de periodismo ni de comunicación- que podía jactarse de contar con textos propios& En realidad no eran de la escuela, eran de mi autoría.

Obviamente, no eran la gran cosa, pero llegaron a ser 14 textos diferentes y, como yo siempre decía apelando a ese humor negro que me ha caracterizado siempre: eran los mejores que había en Uruguay& Y lo más triste del caso, también lo más jocoso, es que tenía plena razón, puesto que eran los únicos. Añadiré que el pensum de estudios era de mi autoría también, y todos los gastos de funcionamiento, incluidos publicidad, promoción, papelería -incluidos carteles y folletos-, también salían de mi bolsillo. Debo recordar, además, que el Círculo de la Prensa aguardaba los finales de mes con verdadera avidez para que la escuela le proporcionara el dinero con el que muy frecuentemente satisfacía servicios básicos como luz, teléfono, etcétera& Todo esto parecería, a primera vista, un panorama de verdad halagüeño. En la práctica, para mí no lo era ni de lejos.

Porque la benemérita Junta Directiva -dentro de la cual mi único apoyo estaba en Rodríguez Vera y Tuso- seguía considerándome un personaje de muy escasísima confianza. Pese a que yo daba la mayor parte de las clases, conseguía profesores invitados y conferencistas, me las ingeniaba para figurar en muy buenos espacios promocionales gracias a mis contactos en los medios de comunicación, ejercía mi actividad de director y le rendía cumplidas y satisfactorias cuentas al Círculo, las cosas debían hacerse no como yo quisiera, sino como ellos querían. Ejemplo uno: todos los años, antes de iniciar las clases y en el momento dedicado a la publicidad y a la promoción de los cursos, llegaba una lista con figurones del Círculo, a los cuales había que poner en primerísima línea como profesores meritísmos -¡lumbreras intelectuales!- los mismos que habían hundido a la escuela, en su momento. Ejemplo dos: como si la imposición de publicitar a esas bellezas fuera poca cosa (nunca se apareció ninguno de ellos a dar una mísera clase, lo cual fue una suerte para los estudiantes pero se constituyó, a efectos promocionales, en una estafa light).

Ejemplo tres: además había otra prohibición que a mí me afectaba directamente: como una gran concesión, estaba permitido que mi nombre apareciera dentro de aquella constelación& Pero al mismo tiempo, solamente podía figurar en orden alfabético, entre los últimos de la lista (como me correspondía en vista de mis pecados). Ejemplo cuatro: dado que se me hacía el inmenso favor de figurar en la lista de catedráticos, estaba al mismo tiempo estrictamente prohibido publicitar o promocionar por cualquier medio, fuera en spots, carteles o anuncios de cualquier tipo, que yo era el director de la escuela de periodismo del Círculo de la Prensa. Ejemplo cinco: estaba permitido, ¡cómo iba a ser de otra forma!- publicitar o promocionar o difundir que la escuela de periodismo del Círculo de la Prensa del Uruguay era la única que contaba "con textos de estudio propios"& Lo que sí estaba prohibido a rajatabla, era mencionar, ni por broma, ni siquiera en susurros, que el autor de esos textos era su servidor. A todo lo anterior podría agregar un etcétera más grande que el Palacio Salvo& Parte de ese etcétera fue que un par de desgraciados que eran por entonces directivos del Círculo, y que fueron echados por malos manejos después del Congreso de la FIAP (Federación Iberoamericana de Asociaciones de Periodistas) que se realizó en Montevideo en 1984, no tenían el menor empacho en decir a Dios y medio mundo que "la escuela de periodismo del Círculo había sido dejada en las manos de un semianalfabeto". Como comprenderán, el "semi" eso no era otro que quien escribe& Y permítaseme carraspear discretamente.

Así que, llegados al año de gracia de 1984, ya había soportado un montón de puñaladas traperas (muy apropiadas para la letra de algunos de aquellos malos tangos de segunda o tercera categoría), golpes bajos variados, discretísimas movidas de silla y muchas otras lindezas. Las aguanté siempre con el mejor ánimo posible, y mi respuesta consistió en lo que más dolía a toda aquella gente: hacer que la escuela de periodismo del Círculo funcionara igual que un reloj bien cronometrado. Acontece sin embargo muchas veces, que mientras se está navegando con el viento en popa, se ignora la peligrosa cercanía de algún iceberg asesino, como muy bien podría testificarlo el extinto Titanic& Para mediados de 1984, el Círculo de la Prensa y su benemérita Junta Directiva se vieron agraciados, que digo, ¡agasajados!, ¡seducidos!, por la presencia de unos señores muy emprendedores. Éstos propusieron el lanzamiento de una de aquellas mega rifas, a la cual denominaron "La cuadratura del Círculo". Como el proyecto cuajaba con la índole intelectual y moral de la mayoría de los directivos, se aceptó con entusiasmo. ¡La Cuadratura del Círculo! No pudieron elegir el nombre con mayor ironía o doble sentido. Aconteció que la mega rifa echó a andar con botas de siete leguas y en pocas semanas se vendieron cientos de miles de números. Y la euforia cundió entre los benemeritísimos directivos. ¡Qué éxito! ¡Qué maniobra magistral! ¡Por fin habría dinero a granel en la redondez del Círculo!

Me encontré de golpe con la noticia cuando, dos días después del lanzamiento, me llamó Rodríguez Vera, desesperado, y me contó que entre los premios ofrecidos por "La cuadratura del Círculo" figuraban clases gratuitas en la escuela de periodismo. Me pidió entonces que elaborara, a la carrera, un reglamento apretadísimo, para cerrar el paso cuando menos a la gran mayoría de quienes iban a llegar esgrimiendo talonarios y reclamando un asiento en las aulas. Y lo hice, en una noche, masticando rabia y preguntándome qué clase de delincuentes serían capaces de publicitar tamaño ofrecimiento& Así las cosas, para octubre de aquel memorable 1984, el presidente del Círculo de la Prensa, Hugo Rodríguez Vera, me llamó a conferencia. Las noticias no eran buenas para mí: a partir de enero de 1985, un oscuro personaje se haría cargo de la dirección de la escuela. El personaje era un discreto profesor de matemáticas. Cada muerte de obispo, se las arreglaba para publicar algún zalamero articulito en El Debate (que por aquel entonces era, como bien se señaló una vez en la revista Guambia, el único diario que se publicaba una vez por semana), sobre países como Sudáfrica o Taiwán, siempre a cambio de algún viaje gratuito& Que aquella ilustrísima personalidad llegara a relevarme al frente de los destinos de la escuela del Círculo no era todo, sin embargo. Según Rodríguez Vera, ya que el Círculo iba a nadar en dinero, yo debería quedarme en la escuela, con un buen sueldo, para hacerle los mandados al ilustrísimo.

A ver si se entiende claramente: yo tendría que seguir trabajando y llevando adelante la escuela, para que un mediocre de solemnidad se llevara las palmas y se pavoneara como director. Bueno, ahí tenía yo bien servido mi insulto final. A partir de ese momento decidí que me iría de Uruguay, para poner unos cuantos miles de kilómetros entre mi persona y tamaña cloaca de inmundicias.

Así que en diciembre terminé los cursos con toda normalidad y a finales de enero de 1985 me fui&

Cualquiera diría que ese sería el punto final para aquella historia tan desagradable& Pero se equivocaría, por desgracia. A partir de 1985, la escuela de periodismo del Círculo comenzó a pasar de mano en mano, y por cierto que estuvo en las de personajes nada recomendables. En el año 87, por ejemplo, recibí la noticia siguiente: sin que yo tuviera noticias de ello y por cierto sin mi autorización, se tomaron la libertad de reimprimir algunos de mis textos para comerciar con ellos.

Ciertamente, nunca recibí de las beneméritas autoridades del Círculo ni una disculpa siquiera. Mucho menos podría haber recibido un centavo proveniente de los textos pirateados.

Y esa ha sido la bonita historia que para hoy les tenía reservada&¿De qué diablos me servirá contarla? En primer término, es bueno difundir aquellas verdades que han estado durante largo tiempo enterradas por las discretas zarpas de los sinvergüenzas y bellacos de siempre. En segundo lugar, porque después de 21 años la bronca todavía me dura, y va a costar que se me diluya en la memoria y el sentimiento. Además, creo que ese podría ser un ejemplo paradigmático sobre las razones por las cuales algunas personas deciden someterse a la difícil aventura de la lejanía y el desarraigo& Y, finalmente, porque es algo que quería compartir con ustedes, mis atentos lectores.