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Año V Nro. 283 - Uruguay,  25 de abril del 2008   
 

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Darío Acevedo Carmona

La Parapolítica y nuestro futuro
por Darío Acevedo Carmona - (Perfil) - Medellín/Colombia -

 
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         Aunque era predecible que el proceso de la “parapolítica” tocara las más altas cumbres de la sociedad y el estado, no deja de causar sorpresa y estupor que hoy estén involucrados, de forma preliminar, el presidente del partido de la U, la presidente del Congreso, el Procurador General de la Nación, una ex ministra y que se tienda una sombra de duda sobre organismos que deberían brillar por su integridad. De a pocos, como por cuentagotas y como si se tratase no del resultado de las conclusiones de profundas investigaciones sino de un meticuloso cálculo, la opinión pública es sorprendida con el anuncio de nuevos involucrados. Rafael García, el más valioso testigo de la Fiscalía está “cantando” su verdad desde hace tres años como si su memoria trabajara al ritmo de las exigencias de cada coyuntura. Al paso que lleva será consagrado con un premio Grammy al mejor compositor y creador de nuevos libretos que va sacando de su caja de pandora.

         No se puede negar que lo que hemos conocido, lo que se está sabiendo y lo que queda por destapar, revela una situación grave para el país, para su institucionalidad y puede llegar a tener serias consecuencias en materia de gobernabilidad. En principio, y por esas paradojas de la vida, el principal perjudicado será el gobierno nacional, precisamente quien creó las condiciones para que el país supiera la verdad por la negociación con los grupos de autodefensa y la expedición de la Ley de Justicia y Paz. El Presidente Uribe, gestor de esa política, es quien arriesga a perder la gobernabilidad. Es el resultado lógico del involucramiento de un amplio número de congresistas oficialistas en las investigaciones de la Corte Suprema de Justicia. La legitimidad de este congreso ha sido puesta en la picota por muchos sectores políticos y periodísticos. El Polo Democrático sale a la palestra para darle oxígeno a su viejo propósito de atribuir el poder presidencial al apoyo del paramilitarismo y propone la convocatoria de una constituyente como fórmula de limpieza e higienización como si la depuración de las costumbres políticas y la extirpación de la influencia narcoparamilitar en las instituciones y en la sociedad pudiera lograrse de forma automática e instantánea. No sabemos si dicha constituyente incluye el objetivo de “refundar la patria”.

         El manejo que se le de a este escándalo será definitivo para nuestro futuro. Si la oposición cree llegado el momento de cuestionar la legitimidad de todos los poderes y autoridades, como se desprende de su propuesta, entonces tendría, al menos, el deber de convencer a la mayoría de colombianos y a otras fuerzas políticas (impolutas no ya respecto del paramilitarismo sino también de las guerrillas) para darle credibilidad y fuerza a dicha propuesta y demostrar que no es un salto al vacío. En cambio, la idea de reformar las normas políticas de tal manera que se pueda conjurar el peligro de la influencia de los grupos armados irregulares y del narcotráfico, con las instituciones y las autoridades que en su gran mayoría están libres de sospecha, parece ser la salida menos ilusa y más plausible hasta el momento. Para decirlo con una metáfora clínica, el dilema está entre amputar el  miembro infectado para colocar una prótesis o insistir con antibióticos antes de llegar a la solución extrema.

         Se advierte que detrás de cada fórmula de salida a la crisis hay una forma de mirar la misma. Para los que llaman a una constituyente, estamos viviendo en el peor de los mundos, en la mayor crisis de legitimidad de nuestra historia. Los antiimperialistas que han hecho lobby en el Congreso americano contra el TLC así lo dan a entender:   Colombia es un estado mafioso donde se violan sistemáticamente los derechos humanos, los sindicalistas son asesinados como nunca antes, no hay libertades, la democracia es de papel y las guerrillas tienen fundamento en la injusticia social. La “parapolítica” no es vista como el resultado de una situación forjada al través de los años sino que es el producto de los nexos del actual presidente y del gobierno que él dirige con mafias y paramilitares. El destape de la situación no remite a un pasado sino que es responsabilidad del gobierno actual. De ahí que éste sea un gobierno ilegítimo y que los señalamientos que se le han hecho a Uribe y a sus cercanos colaboradores de tener fuertes relaciones con aquellos factores y agentes ilegales, deslegitiman su autoridad, de donde se justifica ampliamente el llamado a reconfigurar los poderes que es lo que se espera de una constituyente bajo la orientación de las fuerzas moralmente superiores de la patria.

         La mirada oficial y de los amigos del gobierno difiere radicalmente de la que tiene la oposición, en particular de la polista. Se piensa que el escándalo de la “parapolítica” es el resultado lógico de un proceso de negociación con los grupos de autodefensa y de la ley de justicia y paz  que al exigirles la confesión de la verdad a sus integrantes, ha permitido que aflore todo lo que se está conociendo. Es decir, estamos ante una situación que no sólo nos muestra cuán profunda fue la caída de la legitimidad y de la autoridad del estado en los años ochenta y noventa, sino la fortaleza que este ha recuperado pues eso es lo que explica que estemos sabiendo la verdad en los marcos estipulados por la justicia y no en el terreno de la violencia, las ejecuciones y los crímenes.

         Dos miradas opuestas de las que se desprenden metodologías diferentes. La oposición cree llegado su momento estelar de utilizar la información de la coyuntura para lograr el cambio por el que han luchado infructuosamente hasta ahora. La visión oficial que resiste el desgaste de opinión que produce un escándalo de amplias repercusiones y se planta en la idea de reformar en vez de lanzarnos al vacío. No sabemos cuál será en definitiva el rumbo que adopte la sociedad colombiana. Los polistas, los críticos y los cruzados antiuribistas, seguirán esperando poder mostrar la prueba reina contra Uribe, la que han estado buscando desde hace 20 años, la que permita demostrar al mundo que este presidente es un gran complotista, el mago mayor que fue capaz de producir este berenjenal y hacer callar a capos y jefes ilegales y a políticos de todos los cuños para que le cubriesen sus espaldas. El gobierno, por su parte, tendrá que reflexionar muy seriamente el problema de la gobernabilidad ya que esta será afectada ante la previsible escalada de nuevas y programadas declaraciones estimuladas desde diversos recodos. No haría mal el presidente Uribe en recomponer su equipo de gobierno y la coalición de los grupos políticos que lo apoyan. El acuerdo por la reforma política anunciado en la noche del pasado domingo debe concitar otros refuerzos. Se debe convocar a personajes y fuerzas políticas que le apuesten a la regeneración del país sin sacrificar la Constitución ni las instituciones. Un llamado de esta naturaleza puede servir  para refrendar el auténtico compromiso con la renovación de la política y la sociedad colombiana. No hay que tirar todo a la calle cuando el fuego puede ser controlado. La coyuntura de la “parapolítica” tiene mucho de ancho y mucho de largo. Los jueces e investigadores encontrarán más de una sorpresa y así como aplicarán castigos a los culpables también veremos como algunos saldrán airosos porque demostrarán que no incurrieron en conductas dolosas o que a nadie se le puede condenar sólo a partir de rumores o declaraciones no confirmadas. La Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la Nación tienen en sus manos una responsabilidad muy delicada, pues han de proceder con el cuidado de no caer en la cacería de brujas ni de fomentar un estado de ánimo en contra de todos los congresistas y de todos los funcionarios de alto rango del Ejecutivo, a la vez que tienen que procurar aplicar pronta justicia contra aquellos que realmente delinquieron. Además, porque también están en peligro de caer en el carrusel de las acusaciones y los señalamientos como ya se empieza a insinuar.

         Sin desconocer la gravedad de la situación y las honduras perversas en que se ha movido la política en nuestro país, pienso que hoy por hoy, el país, las instituciones y la opinión, tienen mayores fortalezas para encarar los males y buscar soluciones adecuadas que las que se tenían en años anteriores. No es optimismo, pero no hay por que hacerle el juego al catastrofismo ni a las visiones apocalípticas que prometen paraísos artificiales, fórmulas mágicas o refundaciones patrióticas.

Medellín, abril 21 de 2008

 
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