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Año V Nro. 283 - Uruguay,  25 de abril del 2008   
 

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2012

 

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Fernando Pintos

Por algo los Grandes son tales…
(Y nunca dejarán de serlo)
por Fernando Pintos

 
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         En la edición digital del diario «El País» que corresponde al pasado martes 22 de abril de 2008, he leído un artículo de José Mastandrea que se titula «Los grandes ganaron con la camiseta». Y no puedo encontrar pensamiento y argumentos más similares a los míos que los de este periodista. En el fin de semana anterior a la publicación mencionada, Nacional jugó contra River Plate en el Estadio Centenario (sábado 19) y Peñarol lo hizo frente a Defensor en el Luis Franzini (domingo 20). Y, para decir una enorme verdad, los dos grandes del fútbol uruguayo ganaron porque precisamente son eso… ¡Grandes! Aunque, perdón… Debí haberlo escrito de una mejor forma, para que algunos obcecados lo entiendan más y mejor: ¡GRANDES!

         Escribo esto porque hay alguna gente que vive intoxicada mentalmente y, de la misma manera que se les ocurre ir a las urnas para elegir gobiernos detestables como el que ahora sufre Uruguay (los tarados mentales y espirituales deberían tener el voto prohibido), también pretenden creerse a pies juntillas esa patética fantasía de que los grandes del fútbol uruguayo, Nacional y Peñarol, han dejado de ser tales, para dar paso a los Danubio, los Defensor, los River Plate o cualquier otro que se les ocurra. Una delirante fantasía que, seamos absolutamente francos, ostenta inquietante parecido con una diarrea mental.

         Cualquiera que haya presenciado el partido del sábado 19 de abril en el Estadio Centenario, tendrá dificultades muy serias para olvidarlo. Dos tiempos jugados a todo ritmo. Nueve goles. Un gol anulado. Cerca de otras veinte situaciones de gol. En la primera etapa, el «tiqui-tiqui» de Carrasco en toda su expresión. Pero desde los 40 minutos del primer tiempo, la personalidad, el coraje y el empuje de un cuadro grande. En el segundo tiempo, una invitación incesante para la emoción y, en determinados pasajes, para el infarto. Y el final, de apoteosis, absolutamente imborrable… El domingo 20, en el Franzini, se confrontaron 95 minutos de impotencia violeta —jueguito intrascendente, sin profundidad, ni peligro, ni emoción— contra el temple, la fuerza y las ganas del aurinegro, que jugó el tramo final del cotejo con nueve hombres contra un rival que permaneció con sus once. Y, finalmente, el triunfo correspondió al grande, que se lo arrancó a un equipo que jugaba en su propio campo, que llegaba al choque como serio candidato al triunfo y que estuvo en superioridad numérica durante un buen lapso.

         En realidad, ese desastre en que la AUF y los contratistas han convertido al fútbol uruguayo incidió, muy seriamente, para provocar una decadencia temporal de los equipos grandes. Sin embargo, atravesar una etapa difícil no significa que los grandes se hayan convertido en pequeños. Como contraparte, ese engañoso florecimiento experimentado por algunos cuadros chicos en las últimas tres décadas. Que digan cuanto quieran, pero la realidad es muy clara. La declinación de los cuadros grandes trajo aparejada la del fútbol uruguayo todo. Y para muestra, un botón: cada vez que los equipos chicos se cuelan en la Libertadores o la Sudamericana, es prácticamente un papelón asegurado para Uruguay. De buen seguro, pongan por decreto a este River Plate en una de esas competencias internacionales y van a ver como el «tiqui-tiqui» se desinfla a 500 kilómetros por minuto. Porque, no olvidar lo que escribí hace muy poco: este señor «J.R.» es el mismo que eliminó a Uruguay del pasado Mundial de Fútbol y el que provocó las jornadas más bochornosas que haya vivido la Celeste, vergonzosamente vapuleada por venezolanos y peruanos en el Estadio Centenario… ¿O acaso ya todos se olvidaron de aquella vergüenza nacional? En fin, sea para amnésicos o ,memoriosos, ahora invito a leer las acertadas expresiones de José Mastandrea:

       «…Nacional metió cincuenta mil personas en el Estadio Centenario. Y veinticuatro horas después, Peñarol fue local llenando el Parque Luis Franzini. Nacional perdía 3 a 0 con River Plate y en poco más de veinte minutos pasó a ganar 4 a 3. Peñarol ganaba 1 a 0 y terminó jugando con nueve hombres frente a Defensor Sporting que, con 11, ni siquiera pudo llegar al empate. Más allá de los aciertos futbolísticos, los grandes sacaron dos victorias del alma. Le tiraron con la historia a sus rivales, le ganaron con el envión anímico de sus hinchas y con el temple de sus futbolistas.
No fueron dos victorias más. Ni dos triunfos cualquiera. Fueron logrados en situaciones límites. Nacional perdía feo. No sólo se le complicaba su chance en el Clausura sino que empezaba a despedirse de la pelea por la Anual. Peñarol tenía que ganar o ganar. No le servía el empate porque caminaba por el borde de un nuevo fracaso. Y los jugadores de ambos lo entendieron. Encararon los partidos con todo. Dejaron el corazón desparramado en la cancha y se fueron victoriosos. Los grandes fueron fieles a su rica historia. Ganaron como antes: con la camiseta. Y no es poca cosa en los tiempos que corren…».
 
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