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Año V Nro. 283 - Uruguay,  25 de abril del 2008   
 

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Fernando Pintos

De cómo aquellos polvos
acarrearon estos lodos

por Fernando Pintos

 
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         Hace apenas… Veinticuatro años atrás, en las páginas del semanario «Nueva República» —que dirigía el ya desaparecido Joisé Antonio Ramírez, un periodista de pura cepa—, se publicó un artículo de Fernando (Pintos) cuyo titulo, «Nazismo, comunismo, antisemitismo, frenteamplismo… En fin, todos ismos», estuvo precedido por un antetítulo o colgado por demás explicativo: «El engendro totalitario comienza a mostrar las garras». Mis escasos pero consecuentes lectores habrán notado que, de vez en cuando, cierto inevitable impulso me lleva a desenterrar algunos de los artículos que publiqué en aquel valiente semanario, aunque no es la nostalgia el motor que me impulsa a perpetrar tamañas exhumaciones. Tampoco la necrofilia, si se tiene en cuenta que nos estamos refiriendo a una época que murió y quedó convenientemente enterrada en los coquetos cementerios de esta era democrática uruguaya que arranca en 1985 y que, en apenas dos décadas, llevó al país a desplomarse por los despeñaderos del frenteamplismo «progresista». Es decir, época enterrada en los osarios de una democracia que ha llegado a convertirse en demokratzia… Y la cual, de acuerdo con todos los síntomas visibles, parecería ser más que nada mesozoica.  

         Ni nostálgico ni necrofílico. Pero tampoco engreído, pues como en varias ocasiones lo he afirmado, para nada me cae en gracia tener que señalar a alguien (o algunos) con el dedo mientras le (o les) digo algo así como: «Yo dije, en tiempo y forma, que esto iba a suceder». Para nada me sienta el numerito de sabihondo, y por lo tanto descartémoslo. Sin embargo, creo que es interesante recordar a nuestros contemporáneos compatriotas de qué maneras se podía avizorar el peligroso futuro que aguardaba a Uruguay, apenas 24 años atrás, que es casi como decir hace un cuarto de siglo. Por regla general, las mayorías enceguecen frente a las evidencias flagrantes y, antes bien, se dejan guiar por eslóganes repetitivos, cantitos de kinder (para retrasados mentales), discursitos estúpidos y lloriqueos feminoides (a los cuales tan aficionada es la izquierda vernácula). Cuando las cosas así acontecen, llega un momento fatal en el cual, después de que el cántaro ha ido a la fuente unas cuantas veces, termina por romperse en diez mil pedazos… Tal cual le sucedió a Uruguay en las últimas elecciones.

         Lo interesante de este caso es que, tradicionalmente, el uruguayo no ha pecado ni por ser un pueblo de tarados mentales, ni por conformar una colectividad de ignorantes enciclopédicos. Antes bien, éramos —ahora no lo afirmaría con énfasis— un pueblo de gente educada, culta, inteligente, mesurada. En nuestra particular versión, lo que pudiéramos llamar «cultura uruguaya» o «cultura a la uruguaya» se asentaba en valores tangibles y cualidades tan apreciables como solidez, racionalidad, inteligencia y confiabilidad. El manejo de lo cultural entre nosotros, carecía de fisuras notorias, lagunas atemorizantes o dilatados trechos de superficialidad. En una entrañable tradición de comparaciones rodonianas, solíamos visualizarnos como una versión de Atenas, frente a la réplica de Cartago que asignábamos a nuestros vecinos del Río de la Plata. La comparación era globalmente injusta, pero tenía un cierto asidero. (Imagino que, si bien en privado, más de alguno de nuestros mejores intelectuales habrá ido más lejos y llevado la comparación a términos más específicos: Ariel confrontando a Calibán). De cualquier forma, se debe reconocer que la calidad de nuestra educación, fuese primaria, secundaria o universitaria, siempre fue sobresaliente y se apoyaba en una columna vertebral irremplazable, conformada por educadores de muy alto nivel y sólida formación. Y, en casi todos los aspectos —salvo nuestra economía, que recibió de Batlle y Ordóñez el dudoso privilegio, ¡irremediable!, de quedar patas para arriba desde principios del siglo XX a la fecha—, nuestro estilo de vida respondía a un elevado nivel de cultura y educación. El Uruguay era un retazo de Europa trasplantado a tierra americana, y los uruguayos se sentían orgullosos por tal cosa. Y en buena medida fue por ello que los energúmenos de la izquierda uruguaya nunca alcanzaron mayores logros electorales, ya se autodenominaran «F.I.D.E.L.», siglas para «Frente Izquierda de Liberación» (¡Hay, tú! ¡Qué originalidad!), ya se pusieran el tristemente célebre apodo de «Frente Amplio», el cual, en vista de lo pesado y aburrido de sus integrantes, bien podrían cambiar con justicia a «Frente Plúmbeo». Pero, en algún momento del último cuarto del siglo XX, la mentalidad de una gran parte de los uruguayos comenzó a cambiar. Se diría que a degenerar. Y las consecuencias están hoy a la vista. Este insoportable gobierno que está sufriendo el país.

         Pero vayamos al artículo de «Nueva República», después de cuya lectura, algunos podrán deducir, con suma razón, que aquellos polvos trajeron estos lodos…

         «…Con genuina congoja, esa prestigiosa tribuna periodística que es «Semanario Hebreo» (un  sólido órgano de prensa, con un cuarto de siglo de fructífera existencia) recoge, en su página editorial del jueves 13 de setiembre de este año un hecho por demás significativo, desarrollado en largo y enjundioso artículo bajo el título de “Triste privilegio para un grupo político”. El párrafo inicial —que transcribiremos textual—, resulta por demás significativo:

         “…Cuando una indignada ciudadana uruguaya judía volvió de una reunión frenteamplista hace dos semanas y nos llamó decepcionada y dolorida para decirnos que quería que leyéramos un folleto que allí distribuyeron, no imaginábamos exactamente de qué se trataba. Nos hizo llegar el texto al día siguiente, y comprendimos sus sentimientos, compartiéndolos plenamente. El folleto en cuestión, es el texto de las Bases Programáticas del “Movimiento Popular Frenteamplista”, que tuvo su raíz en el “Movimiento Popular y Progresista” creado en setiembre de 1969 en el marco del Partido Nacional y desvinculado del mismo en diciembre de 1970 para pasar a ser uno de los grupos fundadores del Frente Amplio, en el cual adquirió su nuevo nombre…”.

         Y luego de extenderse brevemente sobre su deseo de no realizar el análisis de la problemática nacional que se hace en ese folleto, «Semanario Hebreo» prosigue, refiriéndose al meollo del asunto, con los siguientes términos: “…Entre otros conceptos referentes a la liberación de los pueblos y la defensa de sus intereses frente a la dominación política o económica, figura la siguiente expresión: ‘La autodeterminación de los pueblos ha de ser siempre defendida. El racismo (segregación, sionismo) tiene que ser denunciado y enfrentado. La igualdad jurídica de los estados debe ser sostenida en todos los planos’. Indudablemente, una expresión gravísima que no podemos ni minimizar ni pasar por alto. No fue puesta allí por simple fraseología ni cayó por azar. Es parte de un programa de acción que llama a enfrentar y a denunciar al Sionismo como forma de racismo y segregación”.

         A continuación, sigue una brillante exposición sobre el tema, cuya extensión nos exime —por lógica— de transcribirlo. Eso sí, de lo que no nos eximimos, es de compartirlo plenamente y apoyarlo en toda su extensión. Porque es hora de decir que, aquellos que denuncian a Israel y al Sionismo como racistas o imperialistas (por citar dos de los términos más usados al respecto), suelen ser, por contrapartida, verdaderos genocidas y auténticos racistas. Ellos son los herederos intelectuales y nostálgicos de Hitler, de Goebbels, de Stalin o de Eichmann. Son los impenitentes aliados de un Khadaffy, de un Habash o un Arafat. Son los que se estremecían de gozo en 1948, en 1956, en 1967 y en 1973, cuando pensaban llegado el momento en que los ejércitos coligados de varias naciones árabes iban, ¡por fin!, a culminar la tarea iniciada algunos años atrás en Auschwitz, Treblinka, Maidanek, Sobibor, Kelmno, o Belzec… Masacrando a un pequeño país casi inerme, que era Israel. Son los mismos, entonces, que en 1948, 1956, 1967 y 1973 se quedaron con un palmo de narices cuando ese pequeño país y ese poco numeroso pueblo —oasis de estabilidad y democracia en una región caótica y salvajemente despótica, como es el Medio Oriente—, derrotaron irremediablemente a los grandes ejércitos armados por el imperialismo rojo y adoctrinados y entrenados por capitostes del Tercer Reich…
Pero, está claro que Dios los cría y ellos se juntan. Pese a todos los reveses sufridos, el feroz racismo; el perverso, intrínseco y visceral racismo de todos los totalitarismos sigue vigente y a la flor de piel, allí donde se encuentre un totalitario. Y ese es el punto al cual queremos arribar. La esencia del ser totalitario y su fácil identificación, más allá de ese fácil eufemismo en que —por desgracia para los crédulos o los poco enterados— se ha convertido la palabra “democracia”, en este país y en ese momento.

         Los que en 1939 cantaban loas a Adolfo Hitler, se vestían con camisas pardas, ensayaban el paso de ganso, saludaban con el brazo en alto y entonaban más o menos gangosamente el “Horst Wessel Lied”, no eran demócratas (por más que Mussolini y Hitler declarasen, enfáticamente, ser los líderes de las democracias más auténticas del mundo). Tampoco eran demócratas los otros: los que cantaban “La Internacional” y saludaban con el puño amenazante en ristre.

   

         Los mismos que, en 1984, propugnan en Uruguay el “restablecimiento inmediato de las relaciones diplomáticas con Cuba” (folleto del Frente Amplio titulado “Ud. Tiene derecho a votar a quien quiera”, impreso bajo Depósito Legal 199.713/84 y repartido por todos los comités de base en todos los barrios de Montevideo), país que, como todos saben mejor que bien, es una tiranía comunista sangrienta, espuria y vergonzante… Son, también, los que realizan en el Uruguay de 1984 multitudinarios actos de apoyo a la feroz e implacable dictadura comunista que asuela Nicaragua desde 1979 (donde se pone al sionismo y al judaísmo en el banquillo de los acusados, como si fuesen dos monstruos culpables de todos los males del mundo)… Son quienes hoy día se congregan en actos políticos bajo la misma bandera del Frente Amplio que, en 1971, sirvió de fachada política legal para la subversión totalitaria que pretendió destruir las instituciones de este país y la democracia en esta nación…

         Pero también son aquellos que enmudecen, obsecuentes, ante los desmanes sangrientos del imperialismo moscovita y su largo rosario de atropellos y genocidios a escala universal… Los que denuncian a voz en cuello los “21 desaparecidos” causados por este Proceso Cívico-Militar en once años, pero muy púdicamente ignoran los 210 desaparecidos registrados en Nicaragua, tan sólo en 1983… Todos esos son y serán los totalitarios y los antisemitistas de siempre… No en vano, en 1939 Ribbentrop y Molotov se dieron el más fraternal de los abrazos, genuinamente hermanados en el cálido y “humanitario” propósito de repartirse el mundo como si de un pastel de cumpleaños se tratase… Y si más adelante se quebró tal armonía, no fue por lo disímil de ambos regímenes, sino por la vieja ley universal de que, tarde o temprano los grupos gangsteriles juzgan llegado el momento de ajustar cuentas y apoderarse del enterol botín. Lo mismo pasó, años después, entre rusos y chinos. Y seguirá sucediendo siempre, porque el carácter rapaz de los totalitarismos así lo marca; fatalmente.

         Por ello, no nos extraña que ya tan temprano, algunos de los grupúsculos totalitarios del frenteamplismo saquen las garras y se muestren tal y cuales son: intolerantes, fascistas, agresivos, peligrosos… Dispuestos a usar todos los resortes de la democracia, para tomar a ésta por asalto, e imponer a todo un país sus disolventes doctrinas de odio y destrucción.
         Por todo ello, no sorprende en lo más mínimo esta actitud programática del Movimiento Popular Frenteamplista. Racistas y antisemitas deben ser, lógicamente, dado que apoyan a un país que —como lo hace evidentemente la Unión Soviética—, practica una política de opresión despiadada contra sus ciudadanos de relación judía, y realiza todos los esfuerzos posibles, guerras y terrorismo mediante,  para que sus aliados y títeres árabes borren del mapa a ese bastión de progreso, libertad y occidentalismo que significa, para el Medio Oriente, el joven Estado de Israel…».
 
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