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La enfermedad senil del izquierdismo
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| por Fernando Pintos |
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Toda idea, toda tendencia, toda teoría, sufre un proceso vital muy parecido al que experimentan los simples organismos vivos de cualquier especie. En una palabra, nacen, crecen, se reproducen —a veces—, y luego comienzan un período de decadencia más o menos prolongado, que conduce o lo muerte.
El camaradita Lenín solía decir que el izquierdismo era «la enfermedad infantil del comunismo», sin tener en cuenta que ya desde las primeras décadas del siglo XX su propia ideología comenzaba a adolecer de una decrepítud extremada que la llevaría, en consecuencia, por senderos radicalmente ubicados a contramano de la historia.
En efecto, el comunismo pudo imponerse gracias a la presencia de una coyuntura muy especial y además lo hizo en un país también muy singular, y lo consiguió contando con la acción coordinada de una minoría implacable, cínica, violenta e inescrupulosa; decidida a cualquier extremo para dominar los resortes del poder.
Pero todo esto contradecía, en esencia, las predicciones de aquellos dos buenos y gordos burgueses, Carlos Marx y Federico Engels… Pero, ¿por qué?
Los profetas del comunismo habían predicho que éste llegaría al poder a través de un proceso natural e irreversible, cuando las sociedades burguesas se pudriesen y cayeran —en consecuencia—, como frutas maduras. Se suponía, entonces, una especie de inercia histórica invencible: un procesa irreversible, contra el cual nadie podría luchar... Pero sin embargo, en 1917 y en plena guerra mundial, las potencias capitalistas de Europa, a pesar de la matanza experimentada, gozaban de una salud de acero, y el bolchevismo se hizo con el poder en la Rusia de los zares, a través de una especie de un maquiavélico y complicado proceso, más parecido a un vodevil o alguna especie de parto con fórceps que a otra cosa... Y en nada parecido a ese glorioso alumbramiento espontáneo y natural que los papagayos del marxismo esperaban recibir con apoteosis, desde el mismísimo útero de la historia moderna. Aquélla fue, entonces, la primera contradicción.
El segundo baldazo de agua helada para las teorías comunistas (baldazo del tamaño del Mar Ártico, más o menos), estribó ya no en cuestión de tiempo, sino de espacio. Durante décadas se había perorado —con esa pegajosa persistencia que tan sólo caracteriza a papagayos y comunistas— con respecto a que la revolución tenía un sólo ámbito lógico: los países altamente industrializados de Occidente, donde se concentraban enormes masas de obreros proletarios en torno a las grandes urbes. Tradicionalmente, coda primero de mayo (casualmente, esta fecha tan cara al comunismo coincide con la Noche de Walpurgis —30 de abril—, fecha pagana donde, según la tradición, se desencadenaban todas la fuerzas del mal y los brujos y servidores del diablo festejaban a su amo), estos decrépitos ideológicos se prometían, para la festividad siguiente, el acceso al poder en los grandes emporios capitalistas del planeta: Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos... Aquéllos eran los países indicados por los profetas para el desarrollo de la gran revolución fatal e irreversible... Pero, entonces, ¿cómo fue a suceder la tragedia de 1917 en Rusia, un país esencialmente campesino? ¿Dónde se había quedado el determinismo histórico? ¿Acaso Marx no detestaba y despreciaba a aquel helado y lejano país eslavo? Pues claro que sí. Al comodón sempiterno que nunca llevó a cabo tan siquiera una hora de trabajo manual en su vida, y que pasó años preparando revoluciones cómodamente apoltronado en la biblioteca del Museo Británico (fue corresponsal de guerra, escribiendo sobre lo lucha librada en Crimea sin salir de Londres, y publicando sus artículos en el diario «New York Tribune», a razón de cinco dólares por entrega); al archi-burgués oportunista y avivado, que jamás puso ninguno de sus dos hombros para llenarse la abultada panza (eso sí, se dedicó sistemáticamente o explotar la generosidad del desprevenido de Engels, un año tras otro y haciendo en ello caso omiso de sus propias teorías); a este individuo amargado y lleno de frustraciones quemantes, en ningún momento le pasó por la mente la posibilidad de una revolución marxista en un país campesino. Y menos que ninguno en la Rusia zarista, emporio dilecto de la reacción europea. Pero la cuerda floja de la historia osciló precisa y fatalmente, durante unos minutos decisivos, sobre la desdichada tierra rusa... Y el comunismo triunfó, entonces... Allí, en el único lugar donde podía hacerlo. Esto es: completamente fuera de lugar y más que nada por absoluto azar. Aquella fue la segunda gran contradicción.
La contradicción sistemática
Otra premisa fundamental del comunismo era la siguiente:
llegado el preciso momento, los obreros oprimidos se levantarían simultáneamente, en armas, en todos los países del mundo industrializado y así, juntos, aplastarían o la bestia capitalista. Sin embargo, en la práctica esto no sucedió. Resultó que los obreros necesitaban demasiados estímulos para levantarse en armas. Por lo general, una mejora en las condiciones de trabajo y un alza en el status de los trabajadores de Europa occidental, más la modernización de las industrias y la increíble vigorización del capitalismo, transformaron aquellas previsiones marxistas en meras utopías. Las revoluciones debieron quedar libradas, entonces, a la acción coordinado de minorías integradas por intelectuales y revolucionarios profesionales, Estos grupos, perdida lo posibilidad de una revolución total, debieron especializarse en la toma del poder o través de la paralización del Estado, producida por una sabia concatenación de golpes dirigidos no sólo contra los centros visibles del poder (palacios de gobierno, parlamentos, ministerios); sino también —y principalmente—, contra centros neurálgicos de la sociedad: correos, ferrocarriles, centros de comunicación. Así vemos pues, la tercero contradicción.
Pero se podrían señalar muchas más:
Por ejemplo: la especie de que, una vez triunfante en un país el comunismo, la revolución anegaría el resto del mundo... En 1921 y 1922, aquellas demenciales esperanzas quedaron destrozadas en toda Europa, y se dio el advenimiento de una serie de regímenes de extrema derecha en todo el continente, como contrapartida: Italia, Polonia, Hungría, Rumania, Portugal, España y más tarde Alemania, son buena muestra de ello.
Por ejemplo: aquella mentira reiterada de que las teorías económicas marxistas, una vez llevadas a la práctica, traerían el paraíso de la abundancia a la tierra... Lenin agregó la energía eléctrica a las ideas de Marx y creó la Unión Soviética, pero a partir entonces (y hasta la caída de aquel gigante con pies de barro, en 1991), la economía de ese singular «edén de los trabajadores» consistió, con regularidad matemática y precisión milimétrica, en un bochornoso fracaso... Al igual que las economías de todos sus satélites y émulos, entre las cuales el modelo más perfecto debería ser, sin lugar a dudas, la Cuba de Fidel Castro.
Por ejemplo: la teoría del inevitable advenimiento (gracias al comunismo en acción) de una sociedad justa, sin clases, sin desniveles y sin privilegios de ningún tipo... Obviamente, en los países comunistas se creó una nueva sociedad, pero, retomando el arquetípico ejemplo de Rusia, la aristocracia zarista fue tan sólo sustituida por la aristocracia del partido comunista. Y sucedió que los nuevos amos resultaron ser tanto o más despiadados que los antiguos (al menos ningún zar hizo matar, de un golpe, millones de campesinos, como lo hizo el repugnante tiranuelo Stalin), y las diferencias se agudizaron... No en vano, todo país comunista que tuviera fronteras con países no comunistas ha debido recurrir a medidas extremas para evitar que el grueso de su población se le fugue hacia la libertad y el confort de las odiosas sociedades capitalistas...
Todas ellas han sido contradicciones aberrantes —explicaba—, de una ideología que nació ya muerta, y que, extrañamente, casi un siglo atrás, se preocupaba del Izquierdismo como si de una peligrosa dolencia infantil se tratase.
Definiendo el concepto de «izquierdista»
Por el enunciado antiquísimo de que «todos los caminos conducen a Roma», podríamos adherir en cierta forma al postulado de Lenin, para afirmar que, de alguna manera, el hecho de ser izquierdista significa un paso en dirección al comunismo.
Sabemos perfectamente aquello de que, si bien todos los comunistas son (al menos en teoría) marxistas, no todos los marxistas son comunistas, Pero si convenimos que las condiciones de «izquierdista» (término un poco vago, por cierto) y «marxista» son inseparables, deberíamos acordar que, de alguna manera, en algún momento y en algún lugar, todo izquierdista servirá como peón en el gigantesco tablero ideológico de la esfinge imperial comunista.
Si el izquierdista es socialista, y toma su partido el poder, correrá a ofrecer cargos y asesorías a sus primos hermanos comunistas: se dejará infiltrar soberbiamente (como en el caso de los social-demócratas alemanes de Willy Brandt, por ejemplo), y de mil maneras diferentes comenzará a socavar su propia sociedad en un sentido marxista de la economía, la política, la sociología y la historia. Y no sólo eso: también trabajará para derribar los fundamentos morales y religiosos de aquella sociedad. Después de un prolongado gobierno socialista, en países como España o Alemania, la mayor parte de la juventud reniega o desconoce la religión; la demografía se va por los suelos; las mujeres se niegan a tener hijos; el aborto se convierte en una solución terapéutica tan normal como el uso de aspirinas, etcétera.
Si el izquierdista es de condición un poco más semi-difusa, como los tantos grupúsculos de cretinos que, en 1971 conformaron en Uruguay el «Frente Amplio» o la colección de imbéciles y desorientados que ahora se agrupan en el abominable «Encuentro Progresista», demostrará una visión política propia de una agrupación de infantes de kindergarten (ellos sí que, astutos, «sabrán manejar al comunismo»... Hasta el preciso momento en que despierten de su catatonía política para encontrarse triturados en el estómago sin fondo de la bestia roja)… Estos izquierdistas son los más proclives para caer, una vez más, en la viejísima trampa de los «frentes políticos», y para entregarse todos de pies y manos atados a la infiltración y las directivas abiertas o veladas de la grey comunistoide...
Tal como fue el caso del partido socialista uruguayo en 1963, copado por los comunistas pro-chinos y transformado en el semillero de la subversión armada que asolaría la República —tupamaros mediante—, hasta 1974.
Es muy difícil, entonces, definir claramente la ubicación o el carácter del izquierdista tipo, y es así, precisamente, por la heterogeneidad de la fauna ideológica implicada en el término.
Podríamos decir que un izquierdista es, en principio, un marxista (o pro-marxista), de cualquier clase. Un individuo que, en todo momento y lugar, se dedicará a cuestionar y socavar los valores y las tradiciones de cualquier sociedad no-marxista.
Y una vez definido en cierta manera lo que es Izquierdismo, vale ,decir que este turbio espectro del panorama ideológico, ha traspasado, desde muchas décadas a esta parte, el crítico período de la infancia, y al igual que cualquier organismo, ha marchado fatalmente por un camino degenerativo que desembocará, tarde o temprano, en una muerte segura.
La izquierda feliz
El Uruguay ha sido generoso con sus izquierdistas, desde tiempos inmemoriales. Hasta la década de 1970 se les permitió copar los círculos intelectuales, apoderarse de los sindicatos, de la enseñanza y de todos los centros de poder que en algún momento pudieran apetecer. Se les dejó publicar y decir cuánto quisieron y cómo lo quisieron. Por allí recordamos aquel indigesto pasquín llamado «Marcha» (en realidad, un nombrecito más apropiado hubiera sido «Bostezo»); y por acá viene a mente el otro, aún más repugnante y soez, titulado «El Popular»; y también decenas de otras publicaciones… Así como radios al estilo de la tenebrosa CX30, irónicamente llamada «Nacional» (qué fino sentido del humor, ¿verdad?)...
Luego de los sucesos que generaron el proceso político de 1984, a los izquierdistas uruguayos se les guardaron todas las contemplaciones debidas a su condición de tales. No se les masacró. No se les deportó en masa. No se les metió en campos de trabajo colectivo... No se les persiguió en forma implacable... y a muchos, muchísimos de ellos, aquel odiado Estado «del Proceso» les siguió alimentando generosamente.
Es cierto que unos cuantos pusieron pies en polvorosa (¡patitas para qué te quiero!), como sabia medida para evitar el abrazo fraternal de la dama Justicia o las cariñosas palmaditas de las Fuerzas Conjuntas. Y claro, cuando todos los retrógrados pensábamos que aquellos «héroes revolucionarios» se iban derechitos a buscar exilio en la Cuba de Fidel Castro, en la Rusia soviética o en la China maoísta, todos ellos nos dejaron con un palmo de narices... ¡Pero que nada! ¡Qué joder ni qué ocho cuartos! Todos ellos terminaron refugiándose, igual que ratas asustadas, en los odiados países capitalistas: en la Francia burguesa, en la Alemania súper industrializada, en los países escandinavos ultraliberales... Y, lo más sorprendente, un gran número se acogió a la protección generosa (yo más bien la calificaría como «estúpida») de la odiosa meca del capitalismo explotador: ¡los Estados Unidos de América!... Pero, ¡por supuesto!, deberíamos tener algo bien en claro: que una cosa es ser un izquierdista, y otra muy diferente es ser un idiota.
Izquierda infectada de burguesitis
Pero muchos izquierdistas permanecieron en Uruguay, muchos de ellos colgados de la teta ubérrima del Estado burgués, donde se tuvo la dicha de verlos lucir sus plumajes de pavos reales, infiltrados en todos los ámbitos de aquel régimen militar por ellos tan detestado. Y es que, extrañamente, aquel régimen pareció haberlos engordado.
Déjenme hacer memoria sobre el Uruguay de 1984/1985, y les diré lo siguiente: nunca se había visto a tanto barbudo piloteando automóviles flamantes. Nunca se había visto a tanto izquierdoide ocupando cargos importantes en las actividades pública y privada. Jamás se había presenciado tal espectáculo. Por allí iban ellos: todos gordos, todos bien trajeados, todos orondos y con la panza bien repleta... Bebían whisky importado; fumaban cigarrillos rubios (con filtro) importados; vestían sus ruines humanidades en las mejores «tiendas de prestigio»... Frecuentaban los lugares más caros. Cobraban buenos sueldos, devoraban con cuatro carrillos y despotricaban —a gusto y placer— contra todos y contra todo. Ellos, los valerosos revolucionarios de café: quienes palidecían mortalmente si por casualidad llegaba a estallarles, más o menos cerca, un cohete o una bambita brasileña.
Todos ellos: los infiltrados, los corruptos, los bellacos... Los apólogos de doctrinas fracasadas y decrépitas, de los sistemas sin justificación. Ellos, los izquierdistas de ayer, al igual que sus abominables correligionarios de hoy, han estado y siguen estando enfermos de muerte, podridos en vida, deambulando con cadencia de zombis por esta sociedad que tanto odian. Todos ellos padecen una terrible dolencia: la enfermedad senil del Izquierdismo, cuyos síntomas son trágicos, universales, patentes e inocultables.
El paciente de este espantoso mal adolece, por regla general, de indeclinables apetencias burguesas. Apostrofa una sociedad, un sistema y uno clase (la burguesía), que le son odiosas. Pero, al mismo tiempo, padece de todos los defectos, vicios y renunciamientos inherentes a ese burgués arquetípico del que tanto reniega y abomina. Cómodos por esencia, muchos de estos izquierdistas posmodernos no acostumbran otra cosa que usufructuar las riquezas e influencias de sus papitos burgueses-derechistas, para dar reposo y placer a sus blandas y cobardes humanidades. Acomodaticios por excelencia, reptan hacia los buenos cargos bien rentados de las empresas capitalistas y de las oficinas estatales. Y, felizmente (gracias a su innata carencia de moral y principios y valores): ¡la contradicción implícita en todo ello no les perturba! Porque el objetivo será siempre el mejor sueldo con la mejor cuota de esfuerzo (...¡Y que todo sea por la revolución!).
Cínicos por convencimiento disfrutan, con retardado placer de diletantes, todos los frutos ubérrimos y todas las mieles empalagosas de una sociedad capitalista por cuya destrucción trabajan (y charlan y cacarean) tan activamente.
Cobardes por imperativo biológico, eluden la acción frontal. El combate los aterra, y solamente en manada (al igual que ciertas alimañas dañinas; por ejemplo las ratas) son capaces de ejercer la violencia... Aunque, preferiblemente, golpean por la espalda, cuando la víctima está desprevenida e imposibilitada de ejercer la mínima defensa.
Adiposos de mentalidad, buscan siempre el calor y la protección de aquello que odian y atacan. Por tal razón, están invariablemente ligados a estas sociedades capitalistas, burguesas y democráticas de tolerancia abundante, en las que los parásitos e indeseables no sufren el lógico proceso de extirpación quirúrgica que tienda a erradicarlos. Porque, si es cierto que nuestras sociedades occidentales están precisamente corroídas por su tolerancia suicida para con todas estas alimañas, precisamente el izquierdismo, tomado como un todo, está enfermo de una senilidad cada vez más aguda, principalmente por ese carácter absolutamente contradictorio de sus cultores...
Revolucionarios marxistas, conduciendo relucientes autos de último modelo… Fieles discípulos del Ché Guevara, viviendo en lujosas casas o apartamentos de Pocitos o Carrasco… Quizás en contradicciones como ésas radique, a la postre, nuestra salvación en cuanto civilización, pues una revolución avasallante no puede provenir jamás de las manos temblorosas y debiloides de una legión de corruptos enfermos seniles.
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