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Año III - Nº 196
Uruguay, 25 de agosto del 2006
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Fernando Pintos Algunas carreras
por demás necesarias

por Fernando Pintos
 
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Con el paso del tiempo, atendiendo a las exigencias de las nuevas épocas y también a las inevitables transformaciones experimentadas por aquella sociedad en que nos corresponde vivir, podemos ver que la capacitación que brindan nuestras universidades se está volviendo obsoleta con pasos agigantados. Es entonces, debido a ello, que urge la creación de unas cuantas carreras que cuajen con nuestra realidad social y las necesidades más flagrantes del tiempo presente, es decir, de nuestra preciosa posmodernidad. He aquí que, animado como siempre por el mejor de los propósitos, me di a la tarea de elaborar algunas sugerencias que, espero fervientemente, tengan buena acogida entre mis confundidos conciudadanos. No deseo el aplauso fácil, ni el elogio pasajero. Tan sólo me anima un afán renovador que espero despierte eco en vuestras conciencias. Entonces, ahí les van mis sugerencias
.
En el fecundo campo de la delincuencia organizada, esa actividad económica de vanguardia que tanto ha crecido en los últimos años se necesita, no sólo la investidura universitaria y el efectivo reconocimiento académico, sino que ambos se complementen con el éxito económico (una meta ya por muchos alcanzada en la última década). Ello significa que la academia debe educar a los delincuentes no por generalidades como es hasta el momento («Historia mundial de la corrupción», «Técnicas operativas de Al Capone I» y materias sueltas, por el estilo), sino por especialidades. Se debería implementar una carrera por grados, digamos, y así, se extendería primero un título técnico en Malvivencia, el cual seguiría con una licenciatura en Delincuencia y continuar con el master en Mafiosismo. Para aquellos con verdadera vocación por el estudio se podrían implementar, además, doctorados en Robo, Falsificación, Estafa, Tráfico de drogas, Violación y, el mejor de todos: Sustracción y Malversación de Fondos Públicos. Imagine usted a cualquiera de nuestros entrañables malvivientes mientras explica a toda su familia, con legítimo orgullo, algo como esto: «¡Es que mi tesis de graduación ha sido sobre la vida y obra del Caníbal de Rotemburgo!». Enternecedor en grado sumo, ¿no les parece?

Otro gremio injustamente marginado por la enseñanza universitaria ha sido y sigue siendo el de los mendicantes. Viéndolos pulular por todas partes y prosperar de manera tan evidente, uno se pregunta: ¿por qué no deberíamos dar los pasos necesarios para enaltecer y dignificar tan nutrida profesión? (Pocos años atrás, había una señora, muy emperifollada por cierto, que recorría ciertas zonas de la ciudad, explicando a los automovilistas que la habían despojado de su cartera y solicitando unos pocos pesos, los suficientes para «abordar el bus». ¡He ahí todo un ejemplo de cómo deben hacerse las cosas! Porque se podrá pedir, pero ello siempre debería hacerse con esa clase y ese reposado aspecto burgués… ¿No les parece un ejem­plo digno de imitar?). Pero volvamos a nuestras carrera universitaria. En este caso podríamos comenzar con un título técnico en Pedigüeñería, seguir con la licenciatura en Indigencia, acceder más adelante la maestría  en Mendicidad. Y después, por supuesto, el doctorado en Pordioserismo o Limosnería… A estos últimos profesionales, por su grado académico y por ser los más avanzados, deberíamos utilizarlos como puntas de lanza en todas las misiones económicas ante el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial o todos esos gobiernos «amigos» que suelen ostentar la beatífica propensión a soltar limosnas... Desde siempre he considerado que esa delicada función, la de mendigar a alto nivel, no podemos ni debemos ­dejarla en las torpes manos de individuos improvisados y advenedizos. Como es por todos bien sabido, en el mundo actual, la especialización lo resuelve todo (o casi todo).

Ciertamente, que todo lo antedicho tiene validez para algunas otras enjundiosas profesiones posmodernas de punta, tales como la prostitución, la invasión de propiedades ajenas, el sindicalismo, la burocracia y la reina entre todas ellas: la política. Mas no olvidemos a los gobernantes, todas esas pudibundas e incomprendidas cenicientas, acerca de cuyas inestimables actividades nadie ha conseguido expresarse con mayor tino que lord Halifax, quien dijo: «…Incluso el mejor de los gobiernos no es otra cosa que una gran conspiración contra el resto de la sociedad». Amén.

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