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Para comprender al idiota... por Fernando Pintos |
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Si se pretende comprender cabalmente a la izquierda uruguaya no habrá necesidad de otra cosa que leer un par de libros que han sido muy bien escritos. El primero será DEL BUEN SALVAJE AL BUEN REVOLUCIONARIO, de Carlos Rangel. El segundo, MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO, de Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza. Por supuesto, que en ninguno de los dos se hace una directa referencia a la izquierda uruguaya, más que por la obra de algunos de sus más empalagosos especimenes, de esos que
siguen aferrados a las miles de la segura popularidad que puede aportar un apreciable talento literario íntimamente entremezclado con una patética ceguera ideológica. Tales los casos de Eduardo Galeano (el de LAS VENAS ABIERTAS…) o Mario Benedetti. Esos libros esclarecedores a los que hago referencia son DEL BUEN SALVAJE AL BUEN REVOLUCIONARIO y el MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO, pues en ellos se explora (y en parte, también se explica), detenida y exhaustivamente, el pavoroso aquelarre de taras conceptuales e ideológicas que suelen afectar a los latinoamericanos, desde el mismo instante de la emancipación y llegando en un caso hasta los años 70 del siglo XX (el libro de Rangel), o en otro hasta mediados de los 90 (en el MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA…). Cualquiera que no hubiese leído estos dos libros habrá cometido un gravísimo pecado de omisión y es por ello que siempre aconsejo que se les lea. Pero no que se haga esa lectura a las apuradas, de la misma manera que podría hacerse con algún estúpido y ridículo bestseller al estilo de EL CÓDIGO DA VINCI… Muy por el contrario, se les debe leer con calma y tomando el tiempo suficiente para sopesar todo cuanto allí se expone y, más aún que todo eso: procurando comprender a la perfección, desde la primera hasta la última palabra.
En buena medida, comprender la idiosincrasia de nuestro irremediables e irrepetibles idiotas uruguayos nos permitirá conocer, sin trabas ni tapujos de cualquier índole, las claves de nuestro actual fracaso como país. Y les doy un primer dato, que creo digno de análisis y reflexión: la decadencia del Uruguay se acentúa, en todos los órdenes, de acuerdo al crecimiento gradual que ha experimentado la izquierda uruguaya en los padrones electorales. En la década dorada de 1950, cuando esa izquierda no pasaba de algunos grupúsculos folclóricos, el Uruguay era un país fuerte, respetado. En los años 60, pese a que siguieron siendo electoralmente endebles y precisamente por ello, se inventaron, con el estímulo y complicidad de Fidel Castro y otros sátrapas extranjeroides del mismo estilo, a los tupamaros y alguna que otra guerrillita de menor dimensión, con el propósito de desestabilizar el sistema democrático y tomar por asalto el poder. Aquello que jamás podría lograrse en las urnas bien podía alcanzarse a través de la subversión, razonaban nuestros «genios» de izquierda, y para afianzar sus razonamientos se aferraban a la abstrusa teoría del foquismo revolucionario (impulsada por Règis Debray y el Che Guevara) y a las en un principio exitosas experiencias de FLN de Argelia. Patéticamente fracasados a boca de urna y severamente convencidos sobre la esterilidad de sus esfuerzos electorales —fracasos explicables si se recuerda a tenebrosos bufones demagógicos, como Enrique Erro o Alba Roballo—, nuestros revolucionarios comenzaron a jugar su revolución de entrecasa. Pero fueron guerrillitas que ni siquiera llegaron a constituirse en tigres de papel, porque bastó que cuatro oficiales leyeran con atención algunos libros de Jean Lartéguy («Los centuriones», «Los pretorianos») y que, agotada la paciencia de todo el mundo el ejército saliera a las calles, para que toda la actividad guerrillera uruguaya colapsara, patética y vergonzosamente. Y ello, con el agravante de que el ejército uruguayo no fue un émulo de aquella perfecta máquina de exterminio que sí fue, en similares circunstancias, el ejército argentino. En la práctica, tuvimos una guerrilla tan poco profesional, que ni para esconderse en las alcantarillas sirvió mayor cosa (¡qué terrible frustración para Fidel y compañía!).
Ya en los años 70 y a principios de los 80, con «El Proceso» navegando con velas desplegadas, la izquierda uruguaya alojada intramuros hizo un pudoroso mutis por el foro. (No me referiré, por el momento, al ejército de listos y listillos que aprovecharon el dorado pretexto de «la represión» y «la persecución» para autoexiliarse, e irse a hacer la América en Europa o en países de este mismo continente, principalmente USA y Canadá). Si bien la represión en Uruguay no solía exceder, con lógicas excepciones, de castigos menores, tales como destituciones de cargos públicos o alguna temporada a la sombra, en la práctica los compañeros ni siquiera piaban, pero, eso sí: muchos, muchísimos de ellos, demasiados ciertamente, asumieron frente a los militares (a los que ahora llaman «milicos») la pose candorosa del monaguillo y se esmeraron en la prolija tarea de lamer, con harto ahínco y sospechosa devoción, algunas embarradas y groseras botas militares… Y se les debe reconocer, porque nobleza obliga, que, ¡por una vez tan siquiera!, en aquella barrosa tarea sí demostraron un altísimo grado de pericia, diligencia y devoción. ¡Cómo brillaron las botas de los militares uruguayos por aquella época! Pero ya después, cuando comenzó la apertura y fue evidente que los militares iban a soltar el poder (lo cual hicieron voluntariamente, en parte porque se les dio la gana y en parte por presiones de los tan odiados Estados Unidos de América), nuestros entrañables izquierdistas asomaron, desde las cloacas de la política, las puntas de sus tímidas y temblorosas narices. En principio, discretamente. Pero después, no bien se iba confirmando la apertura, cada vez con mayor beligerancia… Chillando, poniendo malas caras, frunciendo el entrecejo y haciendo destrozos cuando la situación lo permitía. El día de las elecciones para el primer gobierno de la «Era Democrática», a las dos de la madrugada y ya conocedores de su derrota electoral, soltaron su vandalismo en el centro de la ciudad. Si mal no recuerdo, un pobre muchacho fue asesinado por estos heroínos —que no héroes, ni tan siquiera entre comillas—, en un club del doctor Julio María Sanguinetti…
Y después, en la «Era Democrática», a partir de 1985, ya sabemos cómo ha evolucionado la izquierda uruguaya. Ha crecido cada vez más y, paralelamente, el país se ha ido debilitando. Y no me refiero tan sólo a la economía, sino, principalmente, al genuino espíritu de los uruguayos. Los últimos triunfos internacionales de nuestro fútbol fueron, recuérdese, a finales de los 80. La economía, por supuesto, ha ido de mal en peor durante todos estos años. Y los gobiernos colorados y blanco, se la han pasado arreglando parches, sin acertar en soluciones estructurales de fondo (la principal consistiría en desarticular todo el putrefacto y anquilosado aparato del «Estado Benefactor» que nos legó Batlle y Ordóñez), hasta llegar a este preciso momento: con la izquierda en el poder. Pero, para suprema desgracia nuestra y tal como lo he afirmado siempre: salvo las honrosas y bienvenidas excepciones que nunca podrían faltar, ésta que nos toca soportar no es, ni por asomo, una izquierda moderna, avanzada y democrática. Porque existen izquierdas de tal índole, por supuesto. Las hay en Europa y también en nuestra América Latina. La mayor parte de los partidos Socialistas y Socialdemócratas de Occidente son, junto con el Laborismo británico, un claro ejemplo de ella… Mas nosotros adolecemos de una izquierda conformada, en su mayor parte, con resentidos y frustrados por partida doble. Es una izquierda de guerrilleros que nunca le ganaron a nadie, salvo cuando corrían con suma presteza para huir como conejos. Es una izquierda de economistas que jamás arreglaron economía alguna. Es una izquierda superpoblada con leninistas y estalinistas trasnochados. Una izquierda troglodita y paleozoica, que resiste con uñas y dientes los imperativos económicos y financieros del mundo en que vivimos pero que, al mismo tiempo, pretende vivir al mejor estilo burgués y tal cual si el Uruguay navegara, plácidamente, en las aguas cristalinas de una deliciosa bonanza económica… Una izquierda, en definitiva, que debe provocar en parte risa, en parte pavor, entre las izquierdas verdaderamente puestas al día en este agitado mundo posmoderno.
Y ésa es la nuestra: la izquierda que adora a Fidel, que vitorea a Chávez. La izquierda que rechaza el TLC con Estados Unidos y se aferra con uñas y dientes a ese Mercosur que al Uruguay nunca le ha servido para mayor cosa. ¿Acaso los tildé de estalinistas, de leninistas, de marxistas? Pues debería ahora mismo retractarme. Que yo sepa, ni Marx, ni Lenin, ni mucho menos Stalin adolecieron jamás grado alguno de idiotez. Y la prueba más clara de ello es el actual crecimiento económico y financiero de la China comunista, país donde el capitalismo salvaje y el comunismo cerril siguen viviendo el romance más sonado del siglo XXI.
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