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Aquel viernes
Javier Garcia |
¿Qué pasa por la cabeza de una persona para que rompa el auto de alguien o arremeta contra vidrieras?
Los episodios de la Ciudad Vieja, de los cuales ya han pasado unos días, permiten hacer algunas reflexiones apartadas ahora de las naturales impresiones primarias. Los comentarios sobre los aspectos jurídicos de los procesamientos que decidió el juez actuante han trasladado el verdadero eje de los sucesos, y las opiniones sobre las decisiones judiciales han acaparado la atención pública. Obviamente que estos son importantes, pero son las consecuencias de los eventos. Y es sobre éstos que queremos echar una mirada.
Lo que allí aconteció es un hecho gravísimo. Lo es por muchas causas pero principalmente porque allí se vivieron instancias que creíamos olvidadas y que pueden anunciar otras en el futuro.
Cualquier uruguayo tiene derecho a manifestar sus opiniones, vaya si será así que por defender esos valores que hacen a la esencia misma de la libertad muchos peleamos y nos expusimos cuando aquí los déspotas se creían dueños de un destino nacional que nos robaron de las manos por doce años.
Para hacerlo lo único que hay que tener en cuenta es que nuestras ideas pueden no ser las del otro, y que el otro también tiene derecho a proclamar las suyas. Asumir esta posición implica que las diferencias y la preeminencia de unas sobre otras se laudan pacíficamente y de la única forma posible que es votando. Este es el "juego" de la democracia, que en verdad no es ningún juego porque es cosa muy seria.
Quienes ese viernes fueron a la Ciudad Vieja lo hicieron poseídos de instintos no muy diferentes a aquellos que sufrimos hace ya unos años, dispuestos no sólo a proclamar su pensamiento sino a lesionar a quienes no lo compartan. Es más, avisaron, con lo que hicieron, que sus métodos son esos y quienes no adhieran a sus manifestaciones son enemigos y por ello, como en la lógica de una guerra, hay que destruirlos. O a ellos, o a sus bienes.
El país que se imagina esta gente es el que se demuestra con sus actitudes, y es uno donde no hay lugar para pensar diferente. Ya no sólo para pensar sino donde tener un auto o trabajar en un kiosco supone estar al servicio de intereses a los que hay que destruir.
Pero además, se hace con la cara tapada revelando la cobardía en su expresión más sublime.
Vino luego toda la discusión sobre la actuación policial, que a decir verdad en lo que significa la posibilidad de haber evitado buena parte de lo que sucedió fue deficiente, y en la primera salida del Ministro del Interior se vislumbró más la duda y hasta un sentimiento de culpa por tener que decidir reprimir estas circunstancias que la decisión de asegurar los derechos de los ciudadanos.
Cuando se concurre a una marcha con miguelitos, con capuchas, con piedras y con bombas molotov nadie puede esperar que llegado el caso un agente policial le solicite una entrevista para convencerlo de que debe modificar sus intenciones. Es un juego peligroso, pero el que va preparado para la violencia, y la inicia, debe saber que habrá alguien que, en el marco del derecho, la evitará. Entre otras cosas para eso le pagamos el sueldo al Ministro del Interior y también, escaso, al policía. Para ello es imprescindible que este se sienta respaldado cuando recibe órdenes, y que sus jefes no se pasen la pelota entre ellos.
En la cabeza de esta gente hay tufillos fascistoides. Avisaron el viernes a qué están dispuestos y midieron al gobierno.
Necesitan, para subsistir, ser víctimas o tenerlas, del tipo que sean. Ojo.
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