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Crónicas del Viejo Montevideo. La Quinta del Buen Retiro
Recopilación de Alvaro Kröger
Sobre un texto de José María Fernández Saldaña |
Cuando en 1870, doña María Pereira de Buschental, presentó ante el Tribunal de Pruebas de la ciudad de Londres el testamento de su marido José Buschental, a fin de que la corporación autorizara legal y debidamente el documento privado, la Quinta del Buen Retiro que se incluía en el inventario estaba avaluada en $229.000 y en $60.000 el molino mecánico inmediato, ubicado en una esquina del predio.
Esa Quinta del Buen Retiro fué el casco primitivo de nuestro paseo del Prado - el Prado Oriental antes - ampliado después y varias veces doblado en extensión merced a sucesivas anexiones y compras efectuadas a una y otra margen del arroyo Miguelete que lo atraviesa.
Antes de incorporarse al dominio de la ciudad la Quinta del Buen Retiro hubo un larguísimo litigio, que llegó a ser clásico entre el Municipio y un señor argentino, don Adolfo del Campo, que alegaba derechos sobre la posesión que perteneciera a Buschental, "breve condado de 70 hectáreas", según palabras de uno de mis colegas del Instituto Histórico.
Los gustos refinados del castellano de la Quinta del Buen Retiro y su fortuna de banquero de conciencia un poco elástica, permitieron que la residencia encerrara comodidades, lujos y exotismos desconocidos hasta entonces en el Río de la Plata.
Arboles extranjeros que luego llamaran la atención de nuestro sabio botánico don José Arechavaleta, a quien cupo la tarea de clasificarlos científicamente; flores raras en los canteros, animales peregrinos en las dehesas, pescados excepcionales en los estanques.
Por algunos años el matrimonio disfrutó la Quinta, viendo cómo crecían las plantas y cómo prosperaban bajo un sol nuevo especies nacidas en tierras muy distantes.
Fueron los años de mayor auge financiero de Buschental, banquero de la Confederación, acreedor de todos los gobiernos, elemento obligado en todos los empréstitos y en todos los negocios, hombre de grandes empresas.
Fueron de igual modo los años de armonía conyugal y de las grandes fiestas sociales.
Más adelante la prosperidad financiera tuvo su merma - dentro de lo relativo, desde luego - y el panorama íntimo se modificó poco a poco, apartándose la pareja a título de viajes y llegando a afirmarse que había pactada una tácita y amigable separación.
Separados o no el clima moral de los esposos no era el mismo.
En Montevideo nadie ignoraba la ligazón del banquero alsaciano con una hermosa viuda uruguaya de conocida familia y aventajada posición social.
Orfilia, "la del cuerpo de culebra", tuvo casa puesta en la misma Quinta del magnate,habitando la graciosa casita de camino Castro, que todavía se conserva más o menos igual que entonces, y sirve de sede al club deportivo Stockolmo. La señora legítima vivía en Europa.
No se me oculta que al referir estas cosas que humanizan - nada más - a Buschental, certificando que en ésto también era un hombre, he de chocar con el concepto artificioso y convencional que una porción de lectores tienen formado del señor del Miguelete.
Buschental suele configurar, en efecto, - aparte de la faz financiera y bancaria - algo así como una encarnación viva de la aristocracia impecable, por supuesto que vestido de blanco de pies a cabeza, según la moda que trajo de Río de Janeiro, vagando por un jardín encantado o presidiendo una reunión social exquisita.
En cambio, lo mismo que Buschental mantenía el tren lujoso de su amiga, reunía los domingos en el chalet de la orilla del arroyo una rueda de contertulios, ni pobres ni tímidos,tan aficionados como el banquero anfitrión a tirarle la oreja a San Jorge......
María Benedicta Delfina Nicasia Pereira, era hiaja de los barones de Sorocabana, rama bastarda de Pedro I del Brasil y de la famosa favorita doña Domitila.Había contraído enlace con Buschental en Río de Janeiro el 19 de agosto de 1830, en la capilla privada de la familia,aportando al matrimonio $ 60.000 a título de arras y $ 224.000 en inmuebles del Imperio.
Brasileña de sangre imperial con tantos nombres como una princesa, se convirtió luego en una española republicana.
España, primer campo de actividades de su marido, tornóse su campo y allí actuó decidida, con el simple nombre de María Buschental.
Así la llamaban el general Prim, Castelar, López de Ayala, Ruiz Zorrilla, cuando luchaban contra isabelinos, carlistas o alfonsinos.
"A María Buschental, Pierre", dice sencillamente la dedicatoria que luce en "El final de Norma", edición de 1866, que fue de su biblioteca y hoy figura en la mía (y ahora en la mía. A.Kröger).
Buschental, llegado a Montevideo por primera vez en 1849, falleció en el Hotel Clarendon de Londres, el 25 de noviembre de 1870, a los 68 años de edad.
María estaba en Madrid cuando el banquero cayó enfermo, pero tuvo tiempo de llegar, apresuradamente, y encontrarlo todavía con vida.
La fortuna de Buschental estaba constituída por algo más de $200.000 libres, pues aunque el caudal inventariado pasaba el medio millón, en los últimos tiempos las hipotecas y las deudas habían alzado proximamente a $300.000.
Figuraban entre los bienes la estancia San Javier, en Paysandú, y la fábrica de conservas de carne "La Trinidad", sobre el río San José. Además de los citados al principio, la Quinta del Miguelete y el molino donde hoy está el Liceo Militar.
En el testamento abierto otorgado en nuestra capital ante el escribano Francisco Araúcho el 24 de marzo de 1869, doña María era declarada heredrea universal, según el párrafo cuarto del documento original que copio: "......Y usando también de las facultades que me competen, instituyo y nombro por mi única y universal heredera de todos mis bienes, derechos y acciones y futuras sucesiones a dicha Excma. Señora Doña María Pereira de Buschental, mediante a que no tengo herederos necesarios ni ascendientes ni descendientes y este nombramiento de heredero lo hago no sólo en cosideración a que es mi legítima consorte y a los sentimientos de amor y cariño que le he debido durante mi matrimonio de este estado y parentesco como a una persona particular que ninguna relación hubiera tenido conmigo,en premio de los muchos beneficios que de ella he recibido, sacrificios que por mí ha hecho y trabajos que ha prestado en defensa de mi honra y mis bienes,de modo que aún cuando no fuera, como es, mi legítima consorte, la instituiría por mi heredera universal como la instituyo".
Palabras de pleito homenaje y de reparación que el marido tal vez tuvo por indispensables más para satisfacción dada al mundo que para satisfacción de la esposa.
Se había hablado tanto de su pasión por Orfilia!..........
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