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Año III - Nº 158 - Uruguay, 25 de noviembre del 2005

 

Dulce sangre, afilados colmillos&
* Fernando Pintos
 

Mitos, leyendas& ¿O realidades a medias? Sea como fuere, la historia de la humanidad registra a los vampiros por legiones, sin que importen mayormente las épocas, las culturas, las razas, las civilizaciones o las latitudes involucradas. Lo más sugestivo de todo es un detalle inquietante: aquella presencia vampírica ha quedado fielmente retratada a través de literatura y folclor en todo el planeta. Los científicos suelen explicar el fenómeno de las maneras más ingeniosas. Los sicólogos se refieren a la fascinación que el hombre ha manifestado, en todas las edades, por ese líquido precioso, la sangre. Pero el vampiro universal, ese personaje arquetípico que sigue desafiando las leyes del tiempo, el espacio y la razón, ostenta tres características fundamentales: es un muerto en vida, se desliza entre las sombras y sólo se alimenta con sangre de seres humanos.

Cualquier examen registrado a la luz de la ciencia moderna suele presentar al vampiro como el doble discípulo de Freud y Lombroso& Una combinación casi perfecta entre pervertido light y asesino compulsivo. Al mismo tiempo, nuestra percepción del personaje está fuertemente impregnada por prototipos y esquemas derivados de nuestra herencia cultural reciente: occidental y cristiana; europeizante y pop. Más que la literatura, el cine tiene una importancia fundamental para sentar las bases de aquella imagen. Pero no debe negarse méritos a la literatura. Precisamente, una novela que fue publicada en 1897 y ha sido repetida hasta la saciedad en teatro, cine y televisión, el Drácula de Bram Stoker, ha bastado para conformar la imagen popular del vampiro: una palidez cadavérica y reveladora; la vestimenta fúnebremente inconfundible; capas negras con forro interior rojo; unos ojos devoradores que permanecen inyectados en sangre; el porte de un noble arruinado del siglo XIX&
Pero esto es apenas una imagen compartida a través de la sugestión ejercida por medios masivos como el libro de rústica, los cómics, el cine y la televisión. Los verdaderos vampiros han proliferado desde épocas tan pretéritas como aquéllas en que el hombre vacilaba todavía en abandonar sus vagabundeos nómades o sus aldeas lacustres para sembrar en embrión las primeras ciudades. Vampiros han sido registrado en los libros sagrados de Babilonia, Asiria y Caldea (en esos lugares se le conocía como el ekimmu, alma de un difunto que no podía hallar reposo y vagaba por la tierra como espectro y atormentando a los seres vivos)& También aparecen en China, Malasia, Borneo, la India, el África negra y la América precolombina. En la cultura hindú los vampiros adoptan, más allá de coincidencias básicas, diferentes formas y variaciones para el modus operandi. Allí estaba, por ejemplo, el rakshasa, que asumían la forma de fuegos fatuos para atormentar a los viajeros nocturnos y escondía grandes tesoros bajo la superficie de la tierra. Este personaje merodeaba cementerios, animaba a los cadáveres y perseguía a los humanos para devorarlos, aunque no despreciaba la carroña de los muertos.
Otro vampiro indostano muy popular era el vetala, que aparecía con la forma de una vieja bruja y que se alimentaba chupando la sangre de las mujeres dormidas. Otras variaciones -también hindúes- han sido el jigar-khor, el pennangal, el mahnah, el mmbyu o el pacu pati& Y también aquel gigantesco murciélago que suele habitar en los cadáveres, el baital-pachisi.

Pero las antiquísimas tradiciones vampíricas no se limitaron al subcontinente indostano. Los vampiros han sido muy numerosos en las tradiciones persas y arábigas. Están presentes en las Mil y una noches (un libro originalmente plagado de perversiones y horrores, pero que ha llegado hasta nuestros días cuidadosamente censurado, con el propósito de no ofender sensibilidades victorianas) y en antiquísimas referencias de la religión judaica& En la antigua China, aquella tierra nebulosa de los primeros emperadores, mucho antes de que se erigiese la Gran Muralla, se experimentaba un sagrado temor por los aquellos diablos que tomaban forma humana a expensas de un cadáver y que reinaban desde el crepúsculo hasta el amanecer, ávidos por alimentarse de cuerpos humanos, vivos o muertos. Los chinos de aquellas épocas temían mucho más al vampiro que a cualquier otra manifestación sobrenatural. El vampiro chino presentaba un aspecto sobrecogedor: Estaba cubierto de pelo blanco-verdoso, los ojos le relampagueaban y tenía las uñas larguísimas y afiladas. Por extraño que parezca, las supersticiones populares de la China más pretérita guardan un estrecho parecido con sus similares europeas de los últimos tres siglos en el terreno reservado a los vampiros. Algo llamativo, si se toman en cuenta las abismales distancias espacio-temporales: Miles de años y millares de kilómetros&

La religión azteca presentó algunas características vampíricas por excelencia. El culto devoto hacia dioses sedientos de sangre, reclamaba millares de vidas cada año. Aquellos habitantes de la América precolombina consideraban que si aquel tributo no se satisfacía, podía producirse una catástrofe universal inenarrable. Se pueden rastrear tradiciones vampíricas en el mismísimo Popol Vuh -libro sagrado de la etnia quiché de Guatemala-, cosa nada extraña si se tiene en cuenta el estrecho parentesco racial entre quichés y aztecas. Pero no es necesario ir tan lejos. La religión cristiana sostiene el culto de la sangre. En nuestras iglesias veneramos a un Cristo torturado y cubierto de heridas que manan un líquido intensamente rojo& La pasión de Cristo, esa película recientemente producida por Mel Gibson, es un suplicio teñido de sangre y sadismo& En la misa de cada día se repiten y conmemoran las palabras de Jesucristo: Bebed éste vino porque él es mi sangre. Después de ello, en el instante de la comunión, los feligreses están comiendo y bebiendo -simbólicamente- el cuerpo y la sangre de Jesús.
Pero el baluarte de la tradición vampírica durante los últimos tres siglos ha sido Europa. En el siglo XVIII, por ejemplo, el viejo continente experimentó un terrible frenesí de histeria vampirística. ¿Alucinaciones? ¿Sugestión colectiva? ¿Ignorancia de la época? Bien pudiera ser. Pero el mismísimo Goethe, quien por cierto jamás peco por ignorancia, escribió su celebre poema sobre vampirismo, La novia de Corinto& Y si la ignorancia siguiera siendo pretexto, recordemos cómo el mismísimo Jean Jacques Rousseau explicaba lo siguiente: "&Si ha habido en el mundo una historia garantizada, ha sido la del vampiro. Nada falta en ella: informes oficiales, testimonios de personas respetables& Ahí están todas las pruebas".
En todo caso, me gustaría dejarles como cierre de este artículo, un fragmento del poema de Goethe, La Novia de Corinto:

Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de halla ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda.
Luego buscaré otro
corazón juvenil.
Y así todos mi sed han de extinguir.

-¡No vivirás, hermoso adolescente!
¡Aquí consumirás tus energías!
¡Mi cadena te dí, conmigo llevo
un rizo de tu pelo en garantía!
¡Míralo bien! ¡Mañana tu cabeza
blanca estará,
y tu cara, al contrario, estará negra!

Ahora, mi postrer ruego, ¡Oh madre! Escucha:
¡Una hoguera prepara, en ella arroja
en sus llamas descanso al que ama, ofrece!
Cuando salte la chispa
y el escoldo caldee,
a los antiguos dioses tornaremos solícitas.