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Piratas de colores
por Marcos Cantera Carlomagno
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Según los periodistas allí presentes, al pisar tierra americana, Colón les regaló a los miembros del Comité Indígena de Bienvenida una colección de espejitos y vidrios de colores. El resultado fue tremendo, y cuatrocientos años y pico más tarde los habitantes de esta zona del planeta seguimos deleitándonos con los espejitos, al grado tal de creer más en las imágenes y en los reflejos que ellos nos devuelven que en la realidad.
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Luego vino Emilio Salgari, genial escritor, y nos obsequió una serie de libros inolvidables sobre piratas, entre los cuales sobresalían el Corsario Rojo, el Corsario Verde y el Corsario Negro. Este último era un poco místico; era, más bien, de andar escondido en la trama de la obra, creando acto de presencia a través de lo que sobre él se decía más que sobre lo que él hacía. Los corsarios de colores se movían en el Caribe, tenían su base en la Isla de Tortuga, atacaban sin piedad los galeones cargados de oro del imperialismo español y adoraban desembarcar en Maracaibo para festejar sus éxitos y bravuconadas con fiestas interminables.
Hoy, donde antaño pirateaban los corsarios, se mueven otros personajes, sin patas de palo, es verdad, pero no por ello menos coloridos: los comandantes. En la Isla de Tortuga, por ejemplo, manda el Comandante Verde, uniformado de este color de la boina a los pies. En Maracaibo gobierna otro comandante: el Rojo, con vestimenta acorde a su nombre. Y más allá, medio escondido en la selva cercana, el comandante Negro, tocayo mío por más señas, cultiva consecuente su misticismo. Usa, para mayor efecto, un antifaz como el de su legendario compatriota: El Zorro.
Y así sigue esta historia de espejitos y corsarios, de piratas y fantoches, de personajes de novela y de héroes de ficción. ¿Qué aventuras y desparpajos nos aguardan en el próximo capítulo?
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