En los talleres de aquel establecimiento del Estado, cuya fama traspasó un días las fronteras de la República, habíase contraído efectivamente, y puede decirse en total, un buque de guerra de 35.5 mts de eslora; 6.65 mts de manga y 4.3 mts de alto, con un desplazamiento de 241.47 toneladas.
Todas las piezas de máquinas e implementos necesarios eran obra de los talleres de la Escuela, con excepción del eje y la caldera.
Representaba, sin duda, un laudable esfuerzo y una manifestación palpable de la importancia de la Escuela y del interés con que el director, coronel Juan Belinzón había dirigido y llevado a término la obra.
La Escuela de Artes y Oficios estaba entonces en el antiguo edificio del Parque de Artillería, en la calle 18 de julio, entre Yaró y Caiguá, o sea entre Tristán Narvaja y Eduardo Acevedo actuales, esquina a la última de ellas, en el solar donde actualmente se alza la Universidad Central.
El astillero no tenía una situación muy estratégica que digamos, por lo cual se unía a la obra de la construcción en sí, el problema de botarla al agua.
Se pensó en algún momento en efectúa la botadura por la costa sur, relativamente próxima, utilizando una de las pequeñas playas como la de Santa Ana, pero luego hubo de convenirse que a riesgo de lo penoso de la traslación, tendría que botarse en uno de los varaderos circundantes de la bahía.
El peso de los 2.000 quintales de la mole, algo así como 92 toneladas dará idea de que el transporte no era problema del todo simple.
Dos soluciones parecían viables: la primera utilizando las vías tranviarias, seducía de entrada; la segunda, haciendo deslizar la masa por rodillos.
De optarse por las vías, emplearíase un sistema de zorras especialmente dispuestas para distribuir el peso de forma proporcional.
Pero fue abandonada esta idea, no sólo por la falta de resistencia de los rieles, sino por el temor de que el pavimento cediera en los cruces de los caños maestros.
Quedó resuelto que el barco resbalaría por tablas extendidas sobre una doble fila de durmientes de madera dura, traccionado a fuerza humana, redoblada por adecuados cabrestantes.
Demasiado optimistas estuvieron los gacetilleros montevideanos anticipando la noticia de que la botadura de la General Rivera, se llevaría a cabo el 1º de marzo, segundo aniversario del general Santos.
Sólo a primera hora del 9 de marzo, quedó listo el casco y convenientemente instalado sobre una sólida plataforma, en la calle Eduardo Acevedo.
Al día siguiente los alumnos de la Escuela, dieron principio a la tarea de accionar los cabos, y frescos y entusiastas, doblando la esquina de 18 de julio, arrastraron la cañonera, dejándola frente mismo a la entrada del establecimiento.
Como no podían ser solamente los muchachos escolares los realizadores de la proeza del transporte de aquellas casi 100 toneladas, a contar del día 10 entraron a meter hombro los soldados de la fuerza de guarnición de la capital, turnándose los batallones.
El 11 se traspasó la calle Gaboto y el 12 se hizo otro tanto con la de Magallanes.
El 13 estaba el caso frete a la plaza de los Treinta y Tres Orientales.
Los soldados vestían uniforme de brin, con las amplias bombachas almidonadas, características de entonces.
Tomó el primer turno militar un plantel del 100 hombres del famoso 5º de Cazadores. Santos ni en ese detalle quiso dejar de lado su predilección por el cuerpo de infantería que había sido suyo y continuaba considerándolo como tal........
Lo mismo que Latorre con el 1º....
Fueron hombres del 5º los que volvieron a la faena, dieron un soberbio empujón hasta atravesar la calle Tacuarembó el día 14.
De aquí en adelante - y por 3 cuadras - el declive del terreno vino a favorecer las maniobras, dirigidas también por el coronel Belinzón.
Al 5º sustituyeron 170 hombres del regimiento de artillería repartidos en dos brigadas, los cuales adelantaron 3 cuadras en cuesta abajo, dejando el casco en 18 y Médanos, la pro enfilada al Cementerio Inglés, el sábado 15.
Pocos metros antes de Médanos estaba (y todavía se conserva sin variación) la casa residencia del Dr. Francisco A. Vidal, ex-presidente de la República y de gran vinculación con la gente santista.
Al enfrentarla se izó la bandera nacional en el mástil de honor de la cañonera, prorrumpiendo los soldados en estrepitosos y adecuados vivas.
El Dr. Vidal respondiendo al honor, quiso que los oficiales tomaran una copa en su casa, y que la cerveza corriera abundante entre la tropa.
Mientras tanto, y desde el primer día, la novedad de aquella travesía terrestre, había cundido por todas partes y la calle 18 de julio ofrecía un aspecto de inusitada animación que se prolongaba hasta altas horas de la noche.
Además, detalle interesante, fueron muchas las personas que quisieron darse el gusto de tirar un poco de los cables y algunas también las que rodaron por el suelo, en las repetidas veces que aquellos reventaron de improviso.
Pasábase por un período de seca prolongada y un calor no común a esa altura de la estación, hacía más penosa la tarea del alumnado de la escuela y de los milicos en aquel principio del otoño del 84.
Algún día excepcional, el 21, entrada del otoño precisamente, hubo de suspenderse la tarea, por la alta temperatura.
El ingreso a la ciudad nueva fue señalado por el refresco que brindó el Dr. Joaquín Requena y García, ex-ministro de Relaciones Exteriores, frente a su palacete de la esquina de 18 y Ejido.
Cruzada la Plaza Cagancha no demoró el buque en estar (el 18) delante de la casa del presidente Santos, situada en la misma 18 de julio, casi esquina Queguay, ahora Paraguay donde es actualmente el Ministerio de Relaciones Exteriores.
La banda de artillería, instalada en la cañonera, hizo sentir marciales acordes mientras el aires se llenaba de cohetes voladores.
Santos, acompañado del general Pagola, jefe del Estado Mayor, salió al balcón, teniendo para los muchachos de la escuela y los soldados, palabras de aliento y saludo, que ellos contestaron con grandes aclamaciones.
En el piso bajo de la residencia presidencial estaba preparado un almuerzo. Cuando concluyó, Santos mismo dio la señal de recomenzar la cinchada.
Los batallones de relevo alcanzaron la calle Andes al mediodía del 19.
La plaza Independencia se recorrió por el veredón central, según lo pone de manifiesto la hermosa fotografía integrante de las colecciones del Dr. Francisco Hordeñana.
En aquellos días la plaza era como un descampado solar sin más ornamentación que los pinos recién plantados para sustituir las palmeras que, traídas de Rocha, no prosperaron,
Poco ha variado en 56 años (este artículo fue escrito en 1940) la perspectiva enfocada desde el mismo ángulo. De no ser por el edificio de 2 pisos, que se alzó algo más tarde en la esquina de Liniers y Juncal la fotografía - por el conjunto de casas - casi podría pasar por una de ahora.
Cuando el casco estuvo en el medio de la plaza y para solemnizar el paso, la banda de la Escuela de Artes dio una gran retreta nocturna, con quema de fuegos de artificio.
Siendo las calles de la ciudad vieja tan estrechas, se adoptaron, antes de embocar en la calle Sarandí algunas precauciones elementales: los arcos de la iluminación de gas, que corrían de un frente a otro, fueron quitados y se prohibió extender los toldos de los comercios.
Así mismo en el codo de Bartolomé Mitre, denominada entonces Cerro, la proa de la Rivera ofendió levemente la pared de un edificio a causa de haber saltado una de las vigas por donde se deslizaba.
Las dos cuadras de Sarandí, entre ambas plazas, constituían el paso más difícil del trayecto, habiendo gente que teniendo por imposible el recorrido, opinaba que oblicuando la línea convenía aproar el caso a la calle Buenos Aires.
Pero las dificultades fueron sorteadas al par que se disolvieron como pompas de jabón ciertas peregrinas y alarmantes especies.
Decíase en ciertos diarios que las empresas tranviarias reclamarían fuertes sumas por perjuicios derivados de la interrupción del tránsito, compensándole el gobierno con la exención, por algún tiempo de las contribuciones y patentes. Las empresas mismas se encargaron de desmentirlo.
El capricho de Santos insumirá más de $12.000, y agregándose, según cálculos oficiales, otros 500 en cadenas, cuerdas, maderas y sebo.
Al paso por Sarandí el comerciante Mr. Barrouquet y la empresa del tranvía del Este, ofrecieron sendos refrescos.
El jefe político, coronel Clark, y un grupo de legisladores, tomaron de su cuenta un abundante lunch, con bandejas de dulces.
De este momento - trayecto de la plaza Constitución - existe una fotografía que se insertó hace 40 años en la revista Rojo y Blanco, pero no ha sido posible dar con ninguna copia.
El representante diplomático del Paraguay, señor Juan J.Brizuela, se creyó obligado - cuando vino el turno - a obsequiar a la muchachada de la Escuela de Artes entre la cual se encontraban unos cuantos becados guaraníes.
El 25 por la tarde, finalmente, estando los cables en manos de la gente del 5º, se alcanzó el extremo de la calle Sarandí, desembocando en la de Patagones, que hoy se llama Juan Lindolfo Cuestas.
Es creencia generalizada, que en este punto, junto ya al mar, la tarea de arrastre estaba concluida, y el casco esperando nada más que ser botado al mar.
Sin embargolas cosas fueron muy distintas y la Rivera, tomando por Patagones fue arrastrada como 6 cuadras más, cruzando la plazoleta donde antes se levantaba el fuerte San José, para terminar la odisea en el propio varadero de Gounouillou. Allí se encontraba con todo el aparejo necesario y fue botada al mar, previo un almuerzo dado a las escuadras del 1º de Cazadores, que remató la faena, por la Comandancia de la Marina.
La ceremonia de la botadura quedó un poco oscurecida, pues precisamente en esos días se produjo en San José un levantamiento militar que concentró hacia otro lado la atención pública.
En seguida la cañonera Rivera entró al dique Mauá para aparejarse y en los primeros días de agosto pudo realizar las pruebas de sus máquinas en forma satisfactoria.
Puesta al mando del capitán Jorge Bayley por decreto del 23 de diciembre de 1884, realizó 4 años más tarde un interesante viaje al estrecho de Magallanes, y luego otro a Río de Janeiro, siendo la primera vez que llegaba allí un buque de guerra uruguayo.
En 1903, el 8 de octubre, estando anclada en la bahía de Montevideo, la Rivera se fue a pique a raíz de una explosión en su pañol de municiones, por causas nunca suficientemente averiguadas, con pérdida de vidas y cantidad de heridos más o menos graves.