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Año III - Nº 145 - Uruguay, 26 de agosto del 2005

 
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¿Globalización real o
Globalización imaginaria?

* Fernando Pintos


Aceptémoslo de una vez por todas: son dos los escenarios principales donde discurre hoy el penoso drama de la civilización: la Posmodernidad y la Globalización. Y resignémonos para siempre: esta civilización posmoderna no parece destinada a replicar el feliz despertar de Blancanieves entre los brazos de un príncipe azul. Walt Disney murió hace tiempo y ahora, cambiaremos su heroína de fairy tale por el ser humano posmoderno& No habrá ni rastro de personajes principescos en el despertar de Blancanieves, pero sí tal vez esté un alienígena asesino o algún vampiro sediento de sangre. A nadie sorprendería un desenlace por el estilo, porque el mundo de la Posmodernidad está acostumbrado a tal clase de infelices finales. En los canales de cable para niños, los adorables personajes de Disney, las simpáticas creaciones de Hannah y Barbera, las divertidas piruetas de Bugs Bunny o las enternecedoras historias animadas de Don Bluth le han cedido paulatinamente el paso a una sucesión de engendros abominables, muñecotes grotescos, criaturas mal hechas que oscilan entre lo antipático y lo repulsivo& Ellas son, ni más ni menos, perfectas creaciones de este mundo posmoderno, lugar que ya excedió con largueza la imnaginación de un Dante o las tenebrosas fantasías de un Kafka. Lo posmoderno es torcido por principio, y la Posmodernidad es propicia como ninguna otra época de la Humanidad para la turbulencia, el retorcimiento y la opacidad. Y agréguese al planteo anterior lo siguiente: de tan nueva que es la Posmodernidad -quienes se atreven a fijarle génesis, apuntan a la caída del muro de Berlín, en 1989-, puede darse el lujo de evadir con éxito cualquier clase de análisis profundo o certero, debido a una evidente y flagrante carencia de perspectiva.

Al igual que con el tema de la Posmodernidad, el de la Globalización adolece no sólo de perspectiva adecuada. Para empeorar las cosas, existe en torno a él un grosero exceso de teorizadores baratos y publicidad desenfrenada. Ello obliga a pensar en hasta qué punto será real el fenómeno de la Globalización y hasta qué otro punto dejará de serlo. En un libro relativamente reciente, titulado "NEXT: SOBRE LA GLOBALIZACIÓN Y EL MUNDO QUE VIENE", el italiano Alessandro Baricco plantea un punto de vista objetivo pero crítico sobre el fenómeno globalizador. Baricco manifiesta dudas acerca de la Globalización porque no sabe a ciencia cierta de qué se trata, ni nadie que él haya consultado parece saberlo con propiedad. Frente a sus preguntas, la gente sólo atina a contestarle con vagos ejemplos como los que siguen: 1º) en cualquier parte del mundo se vende Coca Cola; 2º) se puede hoy comprar acciones de todas las bolsas del mundo e invertir en cualquier país; 3º) los monjes tibetanos están conectados a Internet; 4º) un carro cualquiera está construido con partes y piezas de diferentes procedencias; 5º) una persona se sienta frente a su computadora y compra cualquier cosa que pueda querer, online; 6º) en todo el planeta ven la última película de Spielberg o imitan a Madonna y a Michael Jordan& La pregunta de Baricco apunta a si estas opiniones reflejan casos reales. Lo investiga, lo analiza y resulta que se trata, en el mejor de los casos, de verdades a medias, pero casi siempre de falsedades. La conclusión que puede sacarse al respecto es ésta: ¿qué tan real puede ser un fenómeno, cuando tantos hablan del mismo pero tan pocos lo conocen siquiera mínimamente?

Esta última pregunta nos abre un panorama sugestivo. Y nótese, en primera instancia, lo siguiente: existe un enfrentamiento entre globalizadores y antiglobalizadores, donde tanto unos como otros no son otra cosa que exiguas minorías, pues las abrumadoras mayorías apenas hacen otra cosa que observar el espectáculo de tal confrontación. Ahora bien: ¿qué es lo que observa el público? Que tanto unos como otros actores del debate están aceptando la Globalización como un verdadero e irrebatible fait accompli, o sea: un hecho consumado y en apariencia irreversible. Ya sea que unos la promuevan y que los otros la rechacen& Todos la aceptan y avalan, dando por supuesta su existencia y su vigencia. Pero más allá de los confrontados, está esa enorme mayoría confundida, siempre conformada por quienes poco saben acerca de cualquier tema específico, en este caso la Globalización, pero quienes al mismo tiempo también la aceptan como un hecho irreversible e indiscutible, porque, ¿acaso no hay gente que se confronta a causa de ella y tantísima otra gente que vive hablando sin cesar acerca de ella? En consecuencia, pensarán todos ellos: ¿cómo dudar cuando menos de su existencia?

Bueno, que quien quiera me perdone y quien no quiera deje de hacerlo. Todo ese espectáculo, ese gigantesco, patético y retorcido Showtime parece lo más absurdo que pudiera caber en cualquier mente razonablemente cuerda. De acuerdo con lo explicado, la Globalización parecería ser un fenómeno absolutamente real y científicamente comprobado, si tan sólo se tomaran en cuenta las opiniones de una gran mayoría de los seres humanos que hoy habitan el planeta. Sin embargo, convendría agregar a la ecuación una parte razonable de escepticismo. Por supuesto, habremos de recordar que la razón ha naufragado en las mismas aguas tormentosas que ahogaron la Modernidad. En este mundo posmoderno, la razón está prácticamente proscrita. Por tanto, la Globalización tiene, desde un principio, carta de ciudadanía como fenómeno predilecto de los tiempos posmodernos& Pero, a fuerza de necedad, sería aconsejable insistir sobre lo siguiente: ¿existe realmente la Globalización o ella es, por el contrario, un espejismo creado deliberadamente? Si tal interrogante es aceptable, siquiera como una concesión al espíritu crítico, seguirá una segunda pregunta de rigor: si la Globalización no es rigurosamente real, o cuando menos no tanto como se quiere hacer creer con tamaño ahínco y persistencia, entonces: ¿quiénes serán los creadores, promotores principales y mayores beneficiarios de semejante impostura universal?

La respuesta parecería apuntar directamente hacia los países del Primer Mundo, las naciones ricas y privilegiadas que forman el Grupo de los siete: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, Italia& Sin embargo, sería una respuesta simplista en exceso. Más exacto sería señalar a las grandes corporaciones internacionales que hoy manejan la casi entera economía del planeta. Quizás por allí esté una respuesta más cercana a la realidad, si bien todavía no del todo satisfactoria. Porque la verdadera respuesta debería asociarse con la Conspiracy Theory, esa Teoría de la Conspiración que cada poco trecho del devenir histórico de la humanidad parecería asomar la cabeza o cuando menos la punta de la nariz. Habría que rastrear esa respuesta entre quienes mayores réditos o beneficios reciben, en los últimos años, del proceso globalizador o de la imagen todopoderosa que de él se ha impuesto a nivel universal. Entre ellos, aquellos despiadados especuladores que, jugando con cantidades fabulosas de dinero virtual, pueden poner de rodillas en cualquier momento que se les ocurra a los países más poderosos del planeta, y hacerlo en sólo cuestión de horas o poquísimos días. Entre ellos habrá, también, otras personalidades presumiblemente responsables de la tremenda inflación que experimentan, en nuestros días, muchísimos rubros de la economía, por poner un ejemplo, el Show Business o mundo del entretenimiento, actividad en la cual el dinero corre sin medida ni mesura para montar superespectáculos de muy diversa índole o para elaborar productos teóricamente muy sofisticados, o para pagar "estrellas" tremendamente sobrevaluadas, trátese de actores de cine, jugadores de fútbol, golfistas, tenistas, beisbolistas, basquetbolistas o astros del fútbol americano. Podría hablarse también del universo de la informática y la cibernética, en el cual las ganancias corporativas alcanzan porcentajes astronómicos, de entre 5,000 y 10,000 por ciento& Es muy posible que ni el robo a mano armada, ni el secuestro, ni el tráfico de drogas o el de niños puedan proporcionar unos márgenes de ganancias tan desmesurados. Todos ellos y algunos otros podrían ser los responsables de esta Globalización que está presente en todas las conversaciones, pero de la cual poquísimos son los que algo saben a ciencia cierta, ya se llamen Fukuyama, Drucker, Tiglitz o Gates.