Año II - Nº 106 - Uruguay, 26 de noviembre del 2004

 

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Lengua y espíritu
Marcos Cantera Carlomagno

 

En la semana que pasó, tuvo lugar en Rosario, Argentina, el III Congreso Internacional del español. Nuestra lengua es hoy la segunda en el mundo, luego del chino mandarín (el inglés es hablado por más personas que el castellano, pero no como lengua madre, y eso es una gran diferencia). La temática del Congreso reflejó la importancia del idioma cervantino en los inicios del tercer milenio de la era cristiana, pero a pesar de la gran cantidad de participantes, del ambicioso organigrama, de las numerosas mesas temáticas y de las muchas expectativas, el reducido espacio de tiempo inhibió efectivamente todo tipo de profundizaciones. Quizás, lo más concreto, fue la presentación del esperado y monumental Diccionario de Dudas, una utilísima herramienta en el uso de la lengua.

En los discursos se dijo, incontables veces de muchas formas y maneras, un postulado a priori inocente y poético: el lenguaje es un reflejo del espíritu, un repertorio del alma, como sostuvo Carlos Fuentes en aplaudida ponencia. Merece la pena detenernos un minuto en esta afirmación.

Un dicho popular alemán de la Edad Media sostenía que se es lo que se come, no muy lejano en realidad a ese dime con quién andas y te diré quién eres que tantas veces hemos oído y repetido. Pues bien, se es lo que se come y creo que, con el mismo espíritu, podemos afirmar que se es como se habla.

En las últimas dos décadas, el problema del lenguaje de las nuevas generaciones ha ido atrayendo la atención de quienes se interesan en temas culturales. Los jóvenes hablan cada día peor, se dice y se repite, y los ejemplos sacados al ruedo demuestran que por cada palabra creada desaparecen varias ya existentes. Los amigos de la cuantificación, con representación en las más altas esferas de la Real Academia, aseguran que la mayoría de los hispanohablantes usan unas quinientas palabras en su vida cotidiana, mientras que un adolescente promedio moderno no conoce más que un par de centenas: una mísera gota en el inmenso mar que es el vocabulario español.

La pérdida de la riqueza lingüística va necesariamente de la mano con una pérdida cultural. Menos riqueza cultural menos palabras, menos palabras menos riqueza cultural. Este proceso tiene tanto tiempo ya, que no sólo las palabras han ido sucumbiendo, sino que también ciertos tiempos verbales. En Argentina, por ejemplo, nadie dice el próximo año iré al extranjero, mi hijo será médico, mi futura esposa será rubia, etc. De la misma manera, no se usa prácticamente el pretérito compuesto del Indicativo: me ha venido a ver un amigo, he estado con mis padres, se ha muerto su perro, etc. Pero la pérdida más evidente, para un extranjero, es la del imperfecto del modo Subjuntivo. Recuerdo aún el asombro que me causó, a poco de llegar, ver a un capitán de navío contar por TV cómo había sido el accidente que había tenido algunos años antes: estaba con mi barco a la salida del puerto, esperando que pase el otro barco...

Es muy raro, es tan raro que casi es imposible, oir a un argentino mayor de 40 años usar ese tiempo verbal. Por eso, el profesor de Historia puede decirles a sus alumnos que en el año 800, Carlomagno pretendía que el Papa lo haga Emperador o Alarico luchaba para que caiga el Imperio Romano o Jesús quería que los apóstoles propaguen el Evangelio.

Luego de tres años en este país, y luego de cierta experiencia como profesor privado, creo haber detectado ciertas cosas dentro de este campo. Por ejemplo, que los adolescentes desconocen esa gran zona del lenguaje formado por las palabras intermedias, es decir las que se encuentran entre los conceptos más complicados o profundos o raros y el idioma básico y elemental. Palabras como ambivalencia, bochornoso, flanco, res, menosprecio y abolengo; es decir palabras no elementales pero tampoco complicadas y de poco uso, son completamente desconocidas por los hijos de esa clase media acomodada que antaño fuera la base de una Argentina ejemplar en el espacio educativo y cultural.

Huelga decir que no tengo en cuenta la gran masa de jóvenes pertenecientes a los sectores más humildes, ese grupo tan dinámico en el país que ya ha sobrepasado cuantitativamente a sus colegas clasemedianos. Según el Ministerio de Educación, este año serán más de 100.000 los jóvenes que abandonan sus estudios secundarios en la provincia de Buenos Aires. No se tienen cifras para las otras provincias, pero los 100.000 mil jóvenes de este año, sumados a los 90.000 del año pasado y los 75.000 del año anterior y los más de 65.000 del 2001... y los quién sabe cuántos del año próximo y los aún más del año que le seguirá son, se quiera o no, una cantidad respetable de gente. Es además entre estos jóvenes, nota bene, que el índice de natalidad es más alto...

¿Cuáles son las causas de todo esto? Aceptemos como válidas las consecuencias nefastas de la Internet para la riqueza lingüística. Aceptemos que las reformas educativas han sido sumamente negativas. Aceptemos también que el cambio de roles generacionales, con la consiguiente devaluación del respeto hacia los adultos, padres y maestros, han hecho lo suyo. Un chico que pasa cinco o más horas frente a la TV, mirando y oyendo una interminable colección de cuasidiotas, no enriquece su idioma. Un chico que pasa cinco o seis horas frente al monitor de la computadora, jugando jueguitos o chateando con ayuda de restos de conceptos básicos y macaquitos, no enriquece su idioma. Un chico cuyo único contacto con la literatura se limita a las pocas hojas que le toca estudiar en el colegio, si las llega a leer, no enriquece su idioma.

Ahora bien, habíamos comenzado diciendo que el lenguaje es el reflejo del espíritu. Un lenguaje rico refleja un espíritu rico. Un lenguaje pobre, entonces, ¿refleja un espíritu pobre? ¿O es posible la coexistencia de un alma rica en matices y dimensiones con un idioma cavernariamente primitivo? Personalmente creo que el lenguaje refleja el espíritu, sin ningún tipo de atenuantes. Es decir: un lenguaje pobre delata un espíritu pobre, pues ese espíritu, en su mediocridad, no es capaz de impulsar un mayor conocimiento del idioma propio. Y no lo impulsa porque no lo necesita, pues las pocas palabras que conoce le son suficientes para modular lo que puebla su alma.

De todas las preguntas que esta situación nos ofrece, elijo rescatar una: ¿qué pasará con el sistema de organización social de no haber un inmediato y radical cambio de esta tendencia? ¿Qué pasará con el ejercicio del poder? ¿Qué pasará con la democracia? ¿Qué pasará el día que algunos pocos tengan que explicarle al resto, a las grandes masas ignorantes, el significado de ciertas cosas fundamentales que no se pueden simplificar en lenguaje primario y básico? Por el momento, algo podemos adelantar: lengua y espíritu no es solamente una combinación de dos conceptos simpáticos e inocentes...