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Año V Nro. 366 - Uruguay, 26 de noviembre del 2009
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CAMBRIDGE – La recuperación económica que en la zona del euro se prevé para 2010 podría venir acompañada de nuevas tensiones. De hecho, en casos extremos algunos países podrían verse examinando la conveniencia de abandonar del todo la moneda única. Aunque el euro simplifica el comercio, crea problemas importantes en materia de política monetaria. Aun antes de que naciera, algunos economistas (como yo mismo) se preguntaron si sería conveniente una moneda única para un grupo tan heterogéneo de países. Una moneda única significa una política monetaria única y un tipo de interés único, aun cuando las condiciones económicas –en particular las cíclicas– difieran en gran medida entre los países miembros de la Unión Económica y Monetaria (UEM) europea. Una moneda única significa también un tipo de cambio común en relación con otras divisas, lo que excluye, para todos los miembros de la zona del euro, una reacción natural en el mercado ante un déficit comercial crónico. Si dichos países tuvieran su moneda propia, el tipo de cambio disminuiría, lo que beneficiaría las exportaciones y obstaculizaría las importaciones. Sin su propia moneda, la única cura para un déficit comercial crónico es la reducción de los salarios reales o aumentos de la productividad relativa. El Banco Central Europeo está aplicando ahora una política monetaria muy laxa, pero, como la economía general de la zona del euro está mejorando, el BCE comenzará a reducir la liquidez y subir el tipo de interés a corto plazo, lo que será más apropiado para unos países que para otros. Los países cuyas economías siguen relativamente débiles se oponen a una política monetaria restrictiva. El contraste entre las situaciones respectivas de Alemania y España ilustra el problema. Ahora la tasa de desempleo en Alemania es del 8 por ciento, aproximadamente, pero en España es más del doble: el 19 por ciento, aproximadamente. Y Alemania registró un superávit comercial de 175.000 millones de dólares en los doce últimos meses hasta agosto, mientras que España ha registrado un déficit comercial de 84.000 millones de dólares en los doce últimos meses. Si las divisas de España y Alemania siguieran siendo la peseta y el marco alemán, las diferencias entre las balanzas comerciales harían que el marco alemán se apreciara y la peseta bajase. La peseta débil estimularía la demanda de exportaciones españolas y reduciría las importaciones de España, lo que impulsaría la demanda interna y reduciría el desempleo. Como el tipo de cambio fijado por el BCE es ahora inferior al 1 por ciento, hay poca diferencia entre su política monetaria actual y lo que haría el Banco de España, si pudiera fijar su propio tipo de cambio, pero, cuando la zona del euro empiece a recuperarse, el BCE podría decidir aumentar el tipo de interés antes de que el tipo de cambio mayor sea apropiado para España, lo que exacerbaría el desempleo español. España y otros países de la zona del euro con mucho desempleo podrían oponerse a esa política, pero, aun así, afrontarían una restricción monetaria, porque el BCE considera que la situación de la zona del euro justifica unos tipos de interés mayores. España no es el único país que tendría un incentivo para abandonar la UEM. Con frecuencia se cita a Grecia, Irlanda, Portugal e incluso Italia como países que podrían beneficiarse de la posibilidad de aplicar una política monetaria independiente y permitir que sus divisas se ajustaran a niveles más competitivos. Las diferencias cada vez mayores entre el tipo de interés de los eurobonos alemanes y algunos de los eurobonos de otros países muestran que los mercados mundiales de bonos se toman en serio ese riesgo. Por ejemplo, mientras que el rendimiento actual a diez años de los eurobonos del Estado alemán es 3,33 por ciento, el correspondiente a los eurobonos griegos es 4,7 por ciento y el de los eurobonos de Irlanda 4,77 por ciento. Esos rendimientos divergentes reflejan la percepción por parte de los mercados del riesgo de quiebra o de devaluación efectiva vinculada con el abandono del euro. Naturalmente, el abandono de la UEM entrañaría problemas a un tiempo técnicos y políticos. Un gobierno que quiera substituir el euro por –pongamos por caso– el “franco nuevo” (con lo que no pretendo sugerir que haya probabilidades de que Francia o Bélgica abandonen el euro) tendría que dar marcha atrás al proceso por el que su divisa se permutó por euros en un principio, pero, después de haber aprendido a hacer eso una vez, sería fácil volver a hacerlo en la dirección opuesta. ¿Cómo se fijaría el tipo de cambio de la nueva divisa? La opción evidente sería la de comenzar cambiando un ”franco nuevo” por un euro y después dejar que los mercados mundiales de divisas fijaran el nuevo valor de la nueva divisa. Un país con un gran déficit comercial inicial esperaría que su divisa bajara frente al euro –pongamos por caso– hasta 1,2 “francos nuevos” por euro, lo que haría sus productos 20 por ciento más baratos que los de otros países de la zona del euro y más caras las importaciones. Si así se produjera un aumento en el nivel de los precios del país saliente, el tipo de cambio nominal tendría que bajar aún más para lograr el mismo ajuste real. Como los habitantes del país saliente podrían seguir manejando euros, el abandono de la UEM no causaría la pérdida de la riqueza existente, pero ese país tendría que preocuparse por consecuencias económicas más importantes. Los mercados mundiales de capitales reconocerían que un país con un desempleo elevado podría optar por aplicar una política inflacionista o una política de depreciación del tipo de cambio, lo que podría incitar a los inversores internacionales a retirar fondos de un país saliente y aumentar en gran medida el tipo de interés de su deuda nacional. También habría problemas políticos. ¿Se concedería a un país que abandonara el euro un papel inferior en el Ecofin, el Consejo Económico y Financiero Europeo? ¿Perdería peso su voz en los debates europeos sobre la política exterior y de defensa? En un caso extremo, ¿sería obligado a salir totalmente de la Unión Europea, con lo que perdería sus ventajas comerciales? Esos riesgos económicos y políticos pueden ser suficientes para disuadir a los miembros de la UEM de la decisión de salir, pero permanecer en la zona del euro podría imponer costos importantes a algunos de ellos. En determinado momento, la imposibilidad de abordar los problemas económicos internos dentro del marco de la UEM podría hacer que uno o más países llegara a la conclusión de que esos costos eran, sencillamente, demasiado cuantiosos para arrostrarlos.
Copyright: Project Syndicate, 2009
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