UNA REFLEXIÓN AMARGA
SOBRE EL FÚTBOL URUGUAYO
* Fernando Pintos
Claro. Uno creció escuchando las glorias del fútbol uruguayo. Uno escuchaba sobre aquellos equipos legendarios, sobre aquellas hazañas memorables, sobre todos esos hombres de hierro que hacían filigranas sobre el césped con la redonda. Los relatos epopéyicos del fútbol uruguayo, las anécdotas imborrables, los nombres que hicieron historia. Los dos campeonatos mundiales en 1930 y 1950. Los míticos campeonatos olímpicos conseguidos en Colombes y Amsterdam. La imbatibilidad del estadio Centenario, ese monumento histórico del fútbol mundial& La garra charrúa, temida en todas las latitudes& El hecho de que sólo cuatro equipos habían conseguido ganar tres veces la copa intercontinental de clubes campeones: el Real Madrid, español; el Milán, italiano; Nacional y Peñarol, uruguayos& Y nadie más. Las catorce copas América& Los incontables partidos ganados con los dientes apretados. Los galardones, la fama internacional, y esas camisetas que recorrieron el mundo con gloria: la celeste, la alba, la aurinegra. En fin. Uno creció con eso y toda esa parafernalia se ha integrado a su propio ser. Para cada uruguayo, la máxima de Unamuno, "yo soy yo y mi circunstancia" involucra, inevitablemente, al fútbol, ese deporte tan irrevocablemente nuestro.
¿Acaso dije "nuestro"? Pido excusas. Debí decir, en cambio: "que alguna vez fue tan nuestro". Porque, en verdad, hoy día es terriblemente ajeno. Y de tan poco nuestro que se ha vuelto, ahora en el estadio Centenario llega a dictar normas y ganar partidos cualquier hijo de vecino. Y no me refiero a potencias futbolísticas, nada de eso. Estoy hablando de Venezuela, estoy hablando de Perú, estoy hablando del Junior de Barranquilla o de ese desconocido cuadrito ecuatoriano con nombre de cómico argentino: Olmedo. Para hablar de decepciones y de horribles realidades, baste la reciente participación del Club Nacional de Fútbol en la copa Libertadores de América. Una incursión patética, iniciada con bombos y platillos bajo los mejores auspicios. Un equipo competitivo que por fin iba a llegar lejos en la copa, con cuatro atacantes de lujo como Medina, Romero, Abreu y Alvez; con mediocampistas como Ligüera, Coelho o Morales; con el arquero de la selección uruguaya, con un montón más de buenos jugadores en diferentes posiciones. De más está repetir no sólo el fracaso, sino más que todo ese papelón mayúsculo que fueron a protagonizar en apenas seis partidos. No ganaron tan siquiera un punto como locales y seguramente ha sido el peor equipo de toda la competencia. Peñarol, de capa caída, ni siquiera llegó a participar en la primera ronda de la copa y el otro equipo uruguayo, ¡el campeón!, Danubio, se quedó también como náufrago de los primeros seis encuentros. Todo un desastre. Viendo un panorama tan bochornoso, uno se pregunta para qué siguen insistiendo en Uruguay con el fútbol. De repente sería mejor enfocarse en deportes con más posibilidades de éxito, como el básquetbol, el fútbol de playa o el fútbol de salón.
Obviamente, aquí importan un reverendo comino la gloriosa tradición celeste, la garra charrúa, los laureles de Peñarol y Nacional, o de cualquier otro equipo uruguayo. Seamos claros de una vez por todas: este desastre ha sido promovido por una partida de directivos incapaces, de esos que se preocupan por figurar de alguna manera, de salir siempre en la foto y de ver qué rascan de qué olla. También están, en la lista de culpables, los beneméritos directores técnicos uruguayos, que no ganan nada contra nadie porque además de engreídos -se deben pensar los inventores del agua azucarada-, su perpleja incapacidad les inhibe de tan siquiera imitar, aunque sea malamente, las técnicas de ese fútbol moderno que hoy impera en el mundo& Esos son los mismos que han hecho fracasar rotundamente a Uruguay en los Mundiales, de 1974 a la fecha. Pero ahí siguen: los Borrás, los Púa, los Tabarez, los Carrasco, Los Alzamendi, los Fossatti. Una colección de antiguallas mentales y genios embotellados. Pero hay mucho más, por supuesto. Está esa mafia de contratistas, encabezada por el célebre señor Casal. Y desde que esos hacen de las suyas en gran escala, el fútbol uruguayo desciende en proporción inversa. A esos individuos Uruguay, los uruguayos y el fútbol uruguayo les importan menos que un rábano, por supuesto. Ellos miran al país, a sus habitantes y sobre todo a los presuntos o probados futbolistas, de la misma manera con que un granjero observa a sus pollos. Aquí se trata de utilidad pura y si les fuera posible detectar jugadores por el código genético en el vientre de las madres, de seguro andarían rondando el Pereira Rossell, como el arquetípico hombre de la bolsa. A estos buitres se les debe agradecer, aún más que a todos los demás juntos, por esa vergüenza nacional que es, hoy día, el fútbol uruguayo.
Pero no se puede terminar una reseña de esta índole sin mencionar a los más directos protagonistas del bochorno: los jugadores uruguayos. Esos que juegan en Europa, en Arabia saudita, en Argentina, en Brasil, en donde sea. esos que ganan millones por jugar en el extranjero. Esos mismos que, cuando les toca ponerse la celeste, se convierten en timoratos, imprecisos, lentos, predecibles, erradores de penales& En fin, como si no conociéramos el repertorio. Y como si no supiéramos, por tanta repetición viciosa, que una vez que terminan una participación deslucida defendiendo la camiseta celeste en un mundial, vuelven a sus clubes extranjeros y sufren una transformación instantánea: es decir, comienzan a jugar súper bien -porque bien, a secas, no basta- y meten goles hasta con el rasero. Esas joyitas, buenas para nada en cuanto tiene que ver con el fútbol uruguayo y la gloriosa camiseta celeste, han sido y siguen siendo los encargados de colocar la guindita en la cúspide de la copa Melba& Una copa repleta de infamia, vergüenza y fracaso.
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