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De apretadas agendas oficiales y la libertad
por Dr. Marcelo Gioscia Civitate
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Debe resultar por cierto difícil coordinar las agendas de los viajes oficiales, más aún cuando la delegación es encabezada por el propio Presidente de la República. Tal vez, nadie se haya detenido a pensar las horas y días destinados por muchos funcionarios y particulares a tal coordinación, que incluye desde la reserva de los lugares en los correspondientes vuelos aéreos, hasta la nómina de acompañantes en todo o parte del periplo. Nada queda librado al azar, desde los lugares a visitar hasta proporcionar el correspondiente cúmulo de información sobre temas a abordar en cada país con el menor margen de error posible; desde coordinar traslados hasta tiempos de discursos, y tiempos de esparcimiento.
Todo ello, de acuerdo con una política exterior decidida de antemano, en la que debiera intervenir tanto el gobierno del país anfitrión como el de nuestro país.
Cabe legítimamente preguntarse: ¿dónde quedará ubicada entonces la libre determinación de nuestros representantes?
Pues lo que se muestra a través de los medios de comunicación a quienes permanecemos en nuestro suelo, es sólo (y nada menos) la punta de un iceberg: la materialización de una sucesión de actos cumplidos casi perfectamente.
Tan es así, que vemos al Primer Mandatario descender sonriente de cada escalerilla en las sucesivas etapas de su viaje; pasar revista a las tropas de los países anfitriones formadas en su honor; sentimos el orgullo de ver flamear nuestro Pabellón Nacional en suelo extranjero y nos emocionamos al escuchar las estrofas de nuestro Himno Nacional, con la hermosa y a la vez tremenda carga simbólica que poseen.
Apretones de mano, abrazos, tiempo de fotografías, discursos, condecoraciones mutuas, firma de documentos que dejan por escrito buenas intenciones: nada se sale de lo programado por la agenda oficial y todo se registra.
Sin embargo, la Historia habrá de registrar también (en particular en este viaje a Cuba) cómo se evitó por el Sr. Presidente de la República, con argumentos poco sustentables, “modificar la agenda oficial” para escuchar a disidentes del oscuro régimen castrista.
En efecto, haberles otorgado tan sólo una audiencia en nuestra Sede diplomática de La Habana, no hubiera sido otra cosa que un legítimo ejercicio de soberanía en la extensión de nuestro territorio nacional en aquél país.
Bueno es recordar aquí, el gesto de solidaridad y simpatía, que en su momento tuvo el Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, cuando recibiera en su Embajada de Montevideo a los políticos proscriptos por la dictadura militar. Dictadura que, debió limitarse, a disponer sus fuerzas en el exterior de dicha sede diplomática, presta a disolver a los manifestantes que allí se agruparon para vivar a nuestros proscriptos de entonces, cada vez que arribaban a la cita, por cierto no prevista en la “agenda oficial” del regio visitante.
Tal vez, si en esta ocasión que nos ocupa, la entrevista con los disidentes cubanos se hubiera concretado, la misma hubiera permitido a los viajeros (nuestros representantes) dejar de lado sus anteojeras ideológicas y tener acceso directo a una visión más real de Cuba, por cierto más cruda, y sin dudas, muy alejada del cómodo “circuito oficial” previamente dispuesto. Y esto hubiera beneficiado no sólo a la Democracia, sino a la imagen de nuestro país
Hubiera significado un gesto de reconocimiento, tanto a quienes luchan contra la tiranía (que sin libertad de prensa y con partido único gobierna la isla desde hace medio siglo), como un estímulo a sus familiares y seguidores.
Hubiera favorecido la anunciada “apertura”, ni más ni menos que con un soplo de Libertad, que hubiera estado a tono con las más caras tradiciones democráticas y republicanas del Uruguay.
Tradiciones, que hacen a la esencia de nuestra República y que hay que preservar, y trasmitir a nuestros ciudadanos y al mundo, pues son más trascendentes que el partido político que circunstancialmente esté en el ejercicio del poder.
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