NUESTRO QUIJOTE
por Graciela Vera
periodista independiente
Con más pena que alegría el licenciado don Juan de Cervantes recibe la noticia de que tiene un nuevo nieto al que han bautizado Miguel.
Corre el año 1547. La carta en la que su hijo Rodrigo le anuncia el nacimiento de su cuarto descendiente, sirve de excusa a éste para reiterarle a su padre las penurias económicas por la que él y su familia están pasando debido a la mala marcha de sus negocios en Alcalá de Henares.
Lo que los historiadores nos han permitido visualizar de su familia no es mucho y es suficiente, como para imaginar que Miguel no fue todo lo feliz a que podía aspirar un soñador, al que embelesaban los romances y seducía la poesía que cantaba historias caballerescas.
¿Qué lazo unió a Miguel y a su abuelo más allá del gusto de ambos por la escritura, éste plasmándola en legajos y testamentos, el otro recreándola en una búsqueda que le inspiró en la poesía y el teatro donde el reconocimiento le fuera negado, hasta alcanzar su sitial como narrador y novelista consumado logrando la inmortalidad con su gran obra cumbre: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.
Pasaría, para llegar a estas circunstancias, mucha agua bajo los puentes y no tenemos constancia de que los dos Cervantes, el abuelo Juan y el nieto Miguel, se hayan sentado uno junto al otro en disquisiciones literarias.
Abuelo y nieto hicieron de las plumas de ganso apenas mojadas en tinteros de líquido oscuro sus herramientas de trabajo cotidiano, sin embargo ni don Juan ni Miguel llegarían nunca a imaginar siquiera, que este último sería años después celebrado literato y en los siglos venideros, reconocido y homenajeado como el creador del máximo exponente de la literatura mundial; es El Quijote el libro más traducido y más editado después de la Biblia. ¡Ahí es nada!
Empeñarse en rastrear la ascendencia de Miguel de Cervantes parece un paradigma fundamentado por la imposibilidad de hallar nuevos periféricos de una vida archidesmenuzada ya, incluso desde antes de su muerte, en pro de la satisfacción de la curiosidad inspirada por el autor.
¿Qué puede decirse, sin ser reiterativo, sobre un hombre que ha dado su nombre a la lengua española?
La lengua de Cervantes, el idioma cervantino es la bandera bajo la que todos los hispanoamericanos pretendemos ser equiparados porque al cobijarnos en su signo estamos diciéndole al mundo que pertenecemos a la misma elite entre la que se inscribe el nombre de Miguel de Cervantes.
Con El Quijote, Cervantes da vida a una modalidad literaria que más tarde sería conocida como novela de aventuras. ¿Fue consciente de ello?
Con la locura de don Quijote, Cervantes burla la forma de escribir de una época que tendía a dar al libro la categoría de elemento ejemplarizante y hacedor de modelos de vida.
Y al encontrarnos con el Ingenioso Hidalgo convenimos en que ante nuestros ojos la figura de Cervantes se difumina y la del Quijote se ensancha, hasta unirse ambas en un mismo personaje: un paladín.En su búsqueda de justicia el Quijote ensalzó la belleza y en un canto a la lucidez, dentro de su irrealidad supo descubrirla donde otros nunca la hallarían.
En su búsqueda de aventuras supo exponer con una claridad cuasi histórica el costumbrismo y la realidad de su época y con su enajenación quiso indicar los caminos para escapar de la mediocridad.
¿Fue acaso la locura del Quijote la excusa utilizada por Cervantes para recrear las mayores expresiones de valentía y las más dolorosas derrotas, sin desmedro en éstas ni loa en aquellas, que desmitificasen al personaje?
Por cuatrocientos años El Quijote guardó celosamente el secreto con el que jugó el genial Manco de Lepanto y supo mantener la incógnita con que principia la historia: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”
Y lo que el autor no quiso desmitificar lo descubrieron los estudiosos de este siglo XXI que se inaugura dibujando el mapa real de los caminos ilusorios hollados por el andar de alguien que sin existir es cada día más auténtico.
¿Aquel ‘lugar de la Mancha’ es el pueblo de Villanueva de los Infantes? ¿Lo confirmaría Cervantes si viviera o continuaría empecinado en no querer recordarlo?
Posiblemente la cuestión debería encararse desde otro punto de mira. ¿Queremos los lectores ubicar geográficamente la aventura de El Quijote?
El Quijote, más allá de tener una patria es un personaje universal y su locura quijotesca es la de los pueblos del mundo emprendiendo la aventura de conseguir su libertad.
"… la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres…."
El autor dejó escapar, en la libertad que dio a su personaje, su propio yo hacia los cuatro puntos cardinales y al hacerlo ubicó su obra más allá de cualquier frontera y más acá de toda ambición.
El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es un Caballero enamorado de la vida y la vida que él midió en su doña Dulcinea del Toboso, para el mundo que se identifica con ‘el caballero de la triste figura’, la vida tiene nombre de patria.
Y en esa utopía Rocinante cabalga por las llanuras uruguayas, por la pampa argentina, por los desiertos chilenos, por las selvas peruanas, recorriendo las extensiones utópicamente manchegas de una América mestizada con sangre de los hijos de la tierra donde vivió, hace cuatro siglos un caballero, viejo y loco que nunca existió.
Posiblemente las palabras pronunciadas en el Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid en 1905 por José María Vargas Vila, un escritor colombiano más panfletario que conocido, durante la celebración del III centenario del Quijote representen un sentimiento que al no tener fronteras que impidan su expansión lo hace permisible.
“…el Caballero de la Triste Figura, ha prolongado su viaje, más allá, mucho más allá, de las llanuras polvorientas de la Mancha; don Quijote, ha viajado por América: viaja aún allí; todos lo hemos visto, lanza en mano, adarga al brazo, caballero en su
rocín, recorrer el silencio de nuestras selvas, mirarse melancólico, en el
cristal de nuestros ríos, y ascender nuestras cuestas agrietadas, para perfilar
desde las cimas, su silueta angulosa, sobre los grandes valles pensativos;
su locura, nos ha encantado y nos ha contagiado a todos; y, todos, hemos saludado con respeto, esa alta y noble figura, idealizada de heroísmo y castidad;
su grandiosa y conmovedora epopeya, es todo el doloroso poema de la
Vida Humana; esa divina tragicomedia, es la verdadera Divina Comedia de la Vida;
y, porque Cervantes, no escribió un libro, sino el libro; porque no pintó el alma española, sino el alma humana; porque no retrató a un hombre, sino al Hombre; porque no contó una vida, sino cantó la Vida; por eso, aquella Biblia del Dolor Heroico, es universal; todos la leemos y la amamos ;y, en América, pueblos de idealidad y quijotismos donde vivimos en eterna vela de nuestras armas, y en el culto perpetuo de la guerra, amamos a don Quijote, porque es para nuestras almas bélicas, la más genuina representación del heroísmo; pero, del heroísmo auténtico;
de ese heroísmo desequilibrado y visionario, que lleva sobre el casco, amellado por todas las derrotas, un divino rayo de Ideal; la heroicidad que razona, es la vanidad que obra; sólo, en el seno ¡lúcido de la divina demencia, es que el hombre adquiere la talla portentosa de los héroes, o la silueta enorme de los mártires; todo gesto heroico, es extrahumano; todo Sacrificio, es la demencia; la Locura, es una vía láctea, cuajada de soles; el Zodíaco de la Inmortalidad , está hecho de dementes;……..”
Don Quijote nació en la mente de Miguel de Cervantes pero escapó de las letras impresas para hacerse real con la magia y el poder transformador de su propia locura que utilizó para romper con las cadenas de los convencionalismos sociales.
Don Quijote ganó la inmortalidad cuando la cordura volvió al personaje que inconscientemente lo llevó cargado en sus hombros y que al renegar de aquel moriría para darle eterna gloria: “Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno…”.
Para el escritor, encontrar el momento en el que debe poner el punto final a su obra no resulta tarea fácil. Cervantes buscó una forma fácil de cerrar el ciclo con la muerte del personaje. Al menos lo intentó pero la grandilocuencia de Don Quijote de la Mancha no podía ajustarse a cánones preestablecidos.
El final de la obra determinó que hace cuatrocientos años muriera un tal Quijano y que, tan real como la misma ficción, desde hace cuatro siglo viva, cada vez más real, un tal don Quijote cuyo nombre es homónimo del de Miguel de Cervantes.
Almería, el sur del norte, enero 27 de 2005