Año III - Nº 115 - Uruguay, 28 de enero del 2005

 

 

 

 
A PROPOSITO DE QUE
DIOS LOS CRIA Y ELLOS SE JUNTAN&

EL ARTE DE COMER PIZZA

por Fernando Pintos

Esta semana he recibido a través de e-mail un manifiesto masculino. Me lo envió una amiga, a la cual se lo agradecí mucho, porque me hizo reír a mandíbula batiente. Teniendo en cuenta mi retorcido sentido del humor, muy vinculado con el de personajes como Alfred Jarry, Salvador Dalí o Woody Allen, hay que tomar muy en cuenta que a mí no me hace reír cualquier cosita. Este manifiesto es extenso, consta de 24 puntos nada menos, y me reservo su comentario para una próxima edición& Pero siguiendo un poco su ejemplo haré, sí, algunas observaciones que tienen mucho que ver con la naturaleza tanto de hombres como de mujeres, las cuales son diametralmente
opuestas.

Siempre me he referido a tales diferencias con ejemplos prácticos y de fácil comprensión. Y no encuentro una referencia mejor, para comenzar, que repetir aquello de que Dios los cría y ellos se juntan. Tenemos muy claro que a los hombres suelen gustarnos los perros, en tanto que las mujeres prefieren los gatos. Cuando a las mujeres dicen gustarles los canes, se están refiriendo a unas burdas imitaciones que parecen más juguetitos de peluche que perros de verdad& A los hombres, en cambio, nos gustan los perros pastores, los perros de combte, los perros de pelea& Y cuando nos gustan los gatos, solemos preferir a leones, tigres, panteras, jaguares o pumas, es decir, a los grandes gatos. Ellas, en cambio, prefieren a los felinos ínfimos, tanto o más decorativos que sus perritos de peluche.

Basta ver como comen unos y otros, para comprobarlo lo dicho. Los hombres,al igual que los perros, devoramos& Las mujeres, al igual que los gatos y los perritos de utilería, degustan. Verdaderamente, presenciar de qué manera comen algunas mujeres es un espectáculo digno mas bien de candilejas que de restaurantes& Manejan los cubiertos con destreza y suavidad, seleccionan pequeños trocitos del plato, los llevan hacia la boca con graciosa elegancia sin derrapar siquiera una molécula y después los mastican lenta, despaciosamente, degustando con delicadeza y placer, como si estuvieran atentas a los mensajes sensoriales de cada una de sus papilas& Existe un arte tan especial en todo esto, que con cada uno de esos bocados entran ganas de prorrumpir en aplausos y aclamaciones. Es así, de esta especial manera, como ellas serían capaces de tardarse veinte minutos en medio comer tal vez apenas picotear aquello que nosotros, mucho más prácticos y vehementes, solemos devorar en cuestión de segundos.

Véase también a los gatos. Ellos, que a pesar de su pequeño tamaño son depredadores de cuidado, suelen comer sus refrigerios exhibiendo unos modales exquisitos, inclusive cuando están catando directamente de un apestoso tacho de la basura. De más está decir qque mujeres y gatos comparten muchos otros comportamientos de llamativa similitud. Tanto las unas como los otros son seres altamente complejos.

Ahora bien. Tanto perros como hombres solemos ser unos individuos de lo más sencillos. Por regla general, sólo nos es dado entender simplezas tales como que la menor distancia entre dos puntos consiste en una línea recta. Somos buenos para manejar autos, para los deportes de contacto, para rastrear narcotraficantes, para ir a las guerras, para cuidar valores y residencias, y para levantar la pata ahí donde nos tiente la urgencia&

Tales coincidencias nos llevan a ser buenos amigos, porque nos comprendemos mutuamente y estamos cómodos los unos en compañía de los otros& Todo el mundo habrá visto comer a algún hombre, y habrá visto comer a algún perro& Lo cual me exime de mayores comentarios al respecto.
Eso sí: debo decir que muchas veces, tanto por culpa de la férrea dictadura femenina como por imperativos de esa sociedad que nos esclaviza, los hombres tenemos que comer& No como hombres. Y tampoco como mujeres, claro, puesto que ello resulta imposible, por lo menos para los hombres que somos eso y no cualquier otra cosa. Pero comemos& De acuerdo con las reglas de las mujeres. Nunca imitándolas, porque eso ya sería una misión imposible& Pero sí con sus reglas. Que sentarse a la mesa, que servilleta sobre las piernas me resisto a decir falda, que plato, que cubiertos bien alineados, que un vaso para el agua, que otro para el vino, que unos cubiertos para la carne y otros para el pescado, etcétera. He ahí montada la tragedia, y he ahí también la represión violenta de nuestra naturaleza masculina, de nuestros instintos atávicos. Algún día, cuando esté comiendo de esa manera en algún restaurante, haré que me filmen o fotografíen, sólo para comprobar si las fotos o la filmación resultantes me provocarán reírme como un poseso o lloriquear como un gusano.

Existen comidas de mujeres y comidas de hombres. ¿Comidas de mujeres? Bueno, incontables, vayan a un restaurante y recorran el menú: verán el Stroganoff por acá, mirarán la Villeroy por allá, se asombrarán ante las lenguas de codorniz embebidas en salsa de la guerra de Crimea, quedarán
boquiabiertos con la cremita de orillas de pétalos de orquídea aderezada con suspiros de ambrosía& En fin, ¿para qué cansarlos con una descripción que excedería una guía telefónica? En cambio, existen comidas de hombres, como el asado criollo, como las viejas y deportivas empanadas& ¡Y como la pizza! Esta última es una de las comidas más masculinas que conozco y sólo puede comerse, debidamente, como sólo nosotros podemos y sabemos hacerlo, es decir, de acuerdo con un rito muy particular que sólo los que somos iniciados conocemos y practicamos.

Alguien preguntará, ¿y cómo debe comerse una pizza? Bueno, trataré de dar una descripción aproximada de esta refinada liturgia. En primer lugar, tiene que ser una pízza de esas que llevan de todo, y encima triple mozzarella& Debe humear y el bellísimo queso mozzarella debe chorrer, desbordarse por los costados& Y debe estar acompañada por un par de botellas, cuando menos, de buen vino tinto, de esos que cuando cae un poco al piso suele dejar no manchas sino agujeros& El vino se servirá en vasos, de esos en que los bares montevideanos acostumbran servir el capuchino& Y después, ¡a comer se ha dicho! La primera condición deseable, será tener los ojos inyectados en sangre, digamos como los tenía Christopher Lee en las películas de la Hammer Films cuando interpretaba al conde Drácula. La segunda, emitir gruñidos guturales de éxtasis. La tercera, comenzar a devorar el manjar de los dioses utilizando las manos y unas feroces dentelladas, como las que más de alguno habrá podido apreciar en las películas del hombre lobo. La cuarta condición, imprescindible, es que mientras se devora rugiendo de felicidad, la mozzarella chorrée abudantemente por el hocico de quien deglute. La quinta, es intercalar los pedazos enteros de pizza que se devoran de una sola dentellada con vasos enteros de vino, con el cual se harán gárgaras festivas antes de dejarlo bajar hacia el estómago& Personalmente, aconsejo que si en tales momentos de éxtasis supremo uno observa que alguien se acerca a su sector de la pizza, le debe gruñir amenazadoramente, mostrando toda la dentadura y dándole así a entender que un acercamiento mayor desencadenará un hecho de sangre& (Es por eso que la manera más recomendable de comer pizza es en soledad, asi los gruñidos serán para las alucinaciones provocadas por el vino). Despues que uno ha rebañado hasta la última migaja y ha sorbido con rugidos de satisfacción hasta las últimas gotas de vino que todavía no alcanzaron a perforar el piso, los puristas aconsejan echarse a descansar en un camastro, igual que hacen las boas después de una ingesta, y dormir alegremente entre ronquidos, gruñidos, pataleos convulsos y algún manotazo al aire en busca de alguna pizza fantasmagórica&