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Año V Nro. 279 - Uruguay,  28 de marzo del 2008   
 

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Fernando Pintos

Agonía de la Modernidad y Revolución Sexual
por Fernando Pintos

 
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         La década de 1960 fue, sin lugar a dudas, de revoluciones.  Hubo revolución en las ideas. También la hubo en la moda, la música, el arte, la literatura, los estilos de vida, las concepciones del mundo. Puede decirse, sin lugar a equívoco, que en aquella década comenzó a morir la Modernidad y de su vientre hinchado y moribundo comenzó a emerger trabajosamente la Posmodernidad que hoy conocemos, vivimos y soportamos.

         Ahora bien: a las revoluciones anteriormente mencionadas se agregó, por añadidura y para colmar el vaso, la revolución sexual, que comenzó en los mismos años 60, pero que sigue luchando y avanzando, sin detenerse, hasta el mismo día de hoy. En los años 60, tratándose de liberarlo todo y rebelarse contra lo establecido, resulta obvio que debía tomarse por asalto uno de los principales reductos de la moral conservadora de todas las épocas: los conceptos básicos de la sexualidad.

         Así, todo comenzó por adquirir y difundir una nueva conciencia acerca del cuerpo humano, y después, tal cual explica Aranguren, «Se acostumbraba a pasar de la sensualidad a la sexualidad, y se terminaba por cultivar la plena liberación sexual, el comunismo y el poliformismo sexuales, la homosexualidad junto a la heterosexualidad, es decir, la bisexualidad en todas las formas y modos posibles». Se «redescubrieron», por aquel entonces, obras maestras de la literatura erótica, tales como el «Kama Sutra» y el «Ananga Ranga» —textos hindúes—,. que alcanzaron una difusión realmente enorme en los países occidentales. Pero también comenzó la difusión de nuevos productos elaborados por una cada vez más numerosa literatura erótica o pornográfica. De hecho, tal como una recopilación de los textos eróticos de Anaïs Nin, profusamente ilustrada con dibujos de John Boyce, que publicó en 1976 Crown Publishers bajo el título de «Aphrodisiac». Otra obra notable dentro de ese aspecto es un libro que ya muchos consideran un verdadero clásico, «More Joy of Sex» (traducido al español como «El placer de amar»), de Alex Comfort (un biólogo con un doctorado en filosofía), que fue publicado en 1974 por Mitchell Beazley Publishers y que ha pretendido convertirse en una enciclopedia —profusamente ilustrada—, sobre la sexualidad inmediatamente posterior a la revolución sexual de los años 60. El temario de este libro abarca conceptos tales como experiencias compartidas, oralismo, masturbación, promiscuidad matrimonial, triángulos (sexuales), grupos de encuentro, parejas sustitutas, masoquismo y una larga referencia al célebre experimento Sandstone.  (En una finca rural de la localidad de Topanga, en California, se realizó un prolongado experimento, con todas las características de la subcultura hipppie. Consistía en que allí cualquier pareja podía concurrir para desinhibirse totalmente, desvestirse todo el tiempo, y acostarse libremente con quien quisiera. La afiliación costaba unos 250 dólares anuales y se llegó a tener varios cientos de parejas afiliadas.  Alex Comfort lo explica de esta manera:  

         «…A Sandstone se podía ir francamente a acostarse, pero una vez que esto quedaba claro, dejaba de ser un estorbo y los participantes se llevaban la sorpresa de que, muy a menudo, la secuela del encuentro sexual era el enriquecimiento de la sensibilidad y una buena dosis de auténtica auto educación… El hecho de que se recrease una intensa vivencia de inocencia infantil en estos adultos atormentados por sus prejuicios convirtió  a muchos de ellos en entusiastas nostálgicos del lugar»).

         Libros como el de Comfort, ya fueran verdadera o pretendidamente científicos, abundaron para divulgar los temas de la sexualidad. Pero también proliferó la literatura erótica o francamente pornográfica, tales como «Gore Vidal’s Caligula», deWilliam Howard (1979); «Les Soirées du General» (1982), de Philippe de Jonas; «Cuentos inenarrables», de Aldo Coca (1984); «La Vie Sexuelle de Robinson Crusoe», deMichel Gall (1985); «Blue Angel  Nights», de Margarete von Falkensee (1988); «Elogio de la madrastra», de Mario Vargas Llosa (1988); «In Praise of Older Woman», de Stephen Vizinczey (1988); los «Cuentos eróticos» de varios autores, españoles, entre ellos Cristina Peri Rossi, Gonzalo Torrente Ballester, Manuel Vázquez Montalbán y Esther Tusquets (1988); «La Bete», de Pierre Béarn (1989); «Contes a Faire Rougir les Petites Chaperons», de Jean-Pierre Enard (1989); «L’Anti-Justine», de Restif de la Bretonne (1990); «Helen and Desire», de Alexander Frocchi (1991); «Casanova, la pasión de fornicar», de Marina Pino (1991); o «Mater Erótica», de Diana Raznovich (1992). Eso, por citar sólo algunos ejemplos. Pero eso, claro, es literatura. Al igual que lo fueron, en su momento, los delirios grandilocuentes del Marqués de Sade… Pero, ¿qué ha pasado entre tanto con la ciencia? La psicología es una ciencia, por ejemplo. Entonces, vale la pena leer algo de lo que publicaba en 1979 una doctora en psicología, Leonore Tiefer, autora de «Human Sexuality:  Feelings and Functions», un libro que fue publicado en lengua española en 1980, como parte de la colección La Psicología y tú, de Multimedia Publications Inc.:

            «…La sola idea de un niño «seducido», «engañado» o «forzado» a llevar a cabo una actividad sexual con un adulto es suficiente para causar una violenta ira en muchos adultos. Sin embargo, el hecho es que muchas personas pueden recordar algún acontecimiento sexual durante su niñez, relacionado consigo mismas y un adulto. A menudo, algún hombre mostró sus genitales. Menos comúnmente el niño fue inducido bajo amenazas o mediante promesas a acariciar los genitales o los senos de alguna mujer adulta. Lo que rara vez se ha aceptado es que el niño no siempre fue víctima en tales situaciones. Sencillamente, no es verdad que ver el pene de un hombre en estas circunstancias vaya a dejar huella en los recuerdos de una niña —o que haber aceptado una pequeña suma de dinero por frotar el pene de un hombre echará a perder su futura sexualidad—, ni es necesariamente cierto que la relación sexual con un adulto siempre le causará un daño emocional, aún cuando las niñas pequeñas suelen ser lastimadas en sus genitales si tienen una relación sexual durante la pre-pubertad… Ciertamente, en nuestra cultura los individuos que incitan a un niño a realizar actos sexuales  lo hacen más por su propio placer que para brindarle alguna experiencia, pero si los actos se llevan a cabo suavemente y sin violencia —y muchos así ocurren— es muy probable que el único daño provenga del pánico de los padres…».

         Es evidente que la lectura del texto precedente, publicado hace casi tres décadas, exime de cualquier comentario. Posiblemente, tales ideas hayan dado pie a Mario Vargas Llosa para escribir su «Elogio de la madrastra», por ejemplo. Hoy en día, muchos psicólogos en América Latina sostienen tamañas hipótesis, que parecerían abrigar la despreciable pretensión de convertir la pedofilia en una actividad no sólo honorable sino, para colmo, digna de aplauso y promoción.

         Es que la revolución sexual, como ya se adelantó, no ha detenido su avance, y ello se ha debido a que avanzó por diferentes frentes. El más importante entre todos ellos, el que salta con cada vez mayor impulsos desde los estertores finales de la Modernidad hasta los primeros pataleos de la Posmodernidad, y sigue adelante sin aflojar un segundo siquiera, es el llamado «Gay Power», o el poder de los homosexuales. Posiblemente este fenómeno no sea tan evidente en la sociedad guatemalteca y algunas otras de América Latina, pero sí lo es en los países que representan las avanzadas de la Posmodernidad, es decir, los del Primer Mundo: los de ese mundo desarrollado de la abundancia y de esos envidiables PIB que sobrepasan los 20 mil dólares anuales per cápita.

         A este respecto, el escritor norteamericano F. Lagard Smith escribió en 1993 un libro titulado «Sodom’s Second Coming»La segunda venida de Sodoma»), donde revela diversas particularidades de este poder desarrollado por la revolución sexual y las diversas maneras cómo ejerce su presión en la sociedad norteamericana. Muy posiblemente y poniéndose a tono con esa tan confusa como ambigua terminología de moda en la Posmodernidad, alguien podrá objetar que esta referencia no es «políticamente correcta». La expresión no sólo peca por ambigüedad, sino, además, por imprecisión, hipocresía y falsa mojigatería. En un mundo donde todos los días se sacan al sol los escándalos heterosexuales de la gente encumbrada, «no es políticamente correcto» referirse ni al «Gay Power» ni a sus estrategias para tomar por asalto los últimos bastiones morales de la sociedad… Pues si todo el mundo puede y debe ser señalado cuando así lo indiquen tanto su comportamiento como las circunstancias, no caben ni valen las excepciones.

         Resulta, entonces, que el libro de Lagard Smith debería ser una lectura recomendada para quienes pretendan aquilatar hasta qué grados está llegando en el mundo posmoderno esa extensión revolucionaria homosexual de lo que fue la revolución sexual. El «Gay Power» ya tomó por asalto ese bastión sagrado de la sociedad americana, el Show Business, y es por ello que películas y series al estilo de «Will and Grace» están presentes en casi todos los canales de TV por cable, salvo, por supuesto, los religiosos. Pero eso ha sido sólo un paso: repetir y repetir el espectáculo de la homosexualidad como lo más natural y lo más gracioso e inocente que pudiese caber en el mundo, frente a enormes auditorios masivos. Sin embargo, pasos más importantes se han dado, y ellos han abarcado otras instituciones, tales como la escuela (el sistema educativo de los Estados Unidos) y las Cortes de justicia. Otro escalón estratégico ha sido el asalto a los grandes medios de comunicación masiva, a los cuales se les ha intimidado con el detestable espectro de «lo políticamente correcto o incorrecto», dando por sentado que es «incorrecta» cualquier crítica o agresión que se den contra la homosexualidad y los homosexuales. De cómo estaba llegando a darse el chantaje legal en los Estados Unidos, da cuenta Lagard Smith de esta forma:

         «…Una ordenanza similar en Madison, Wisconsin, lleva a lo que sólo puede describirse como un escenario de pesadilla. Cuando dos señoritas, Ann Hacklander y Maureen Rowe, pusieron un aviso solicitando una tercera compañera de cuarto (a fin de pagar entre las tres el alquiler), una de las que acudió al aviso, Cari Sprague, declaró que era lesbiana. Como las chicas rehusaron convivir en el apartamento con una lesbiana, eso las llevó ante la Comisión de Iguales Oportunidades de Madison, quienes exigieron a Ann y Maureen que pidieran disculpas a la tal Sprague, y además pagarle mil quinientos dólares por «angustia emocional». Para rematar el asunto, la Comisión decidió controlar los arreglos de alquileres de Ann y Maureen por dos años, y les exigió que concurrieran a clases de sensibilidad dictadas por homosexuales…».

         El ejemplo permite una idea aproximada de la magnitud del problema, el cual, ciertamente, se incrementa con cada año que pasa. Y cada año, también, crece el poder de una organización denominada GLAAD, o sea, «Gay and Lesbian Alliance against Defamation», que es uno de los principales brazos ejecutores de esta revolución neosexual, pues encabeza la lucha por los derechos de los homosexuales en Estados Unidos. Según Lagard Smith, uno de los principales esfuerzos de esta organización se ha enfocado en campañas publicitarias y de relaciones públicas, con las cuales se pretende convencer al gran público de que las parejas homosexuales forman verdaderas familias en el sentido tradicional del término. Otro ejemplo flagrante es el de una nueva «literatura para niños» con ejemplos homosexuales. Parte de esa literatura ya está en instituciones educativas norteamericanas, pero algunos otros libros están en las librerías, junto a la literatura infantil tradicional. Es decir, anaqueles donde Pulgarcito, Pinocho, la Bella Durmiente y Winnie the Pooh comparten espacio con Sodoma y Gomorra.

         Como puede apreciarse, la revolución ha sido profunda. Y puede alegarse que en nuestros países latinoamericanos, más religiosos, más conservadores, más tradicionalistas, el asunto no es así. Pero la inquietud sociológica que utiliza los instrumentos tecnológicos de la Posmodernidad lo desmiente. Tómese como fecha de referencia el lunes 13 de diciembre de 2004. Ese día, utilizando el localizador de parejas de LATAM.MSN,COM, se hizo el siguiente experimento: marcando como primer criterio de búsqueda las edades de entre 18 y 25 años y refiriéndose a un país que teóricamente tiene similitudes con Guatemala, Perú, se investigó lo que sigue: 1º) cuántas mujeres de entre esas edades querían conocer un hombre; 2º) cuántos hombres de entre esas edades, querían conocer una mujer; 3º) cuántos hombres de entre esas edades, querían conocer a otro hombre. ¿Y los resultados? Se encontraron 80 páginas completas con mujeres que querían conocer hombres. Otras 80 páginas completas con hombres que querían conocer mujeres… Y 45 páginas completas con hombres que querían conocer hombres. Vistas estas cifras —más de la tercera parte de los hombres peruanos de entre 18 y 25 años que estaban en el localizador de  LATAM.MSN.COM el lunes 13 de diciembre de 2004 eran homosexuales declarados, todos con foto incluida—, puede afirmarse que la revolución sexual de la Posmodernidad está permeando, y de qué manera tan dramática, esa América Latina a la cual imaginábamos en alguna medida alejada de las peores podredumbres de esta Posmodernidad que apesta.

 
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