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Año III - Nº 179
Uruguay, 281 de abril del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

 

 
Uruguay, el tonto de la historia
Marcos Cantera Carlomagno
 

Hay una excelente historia contada por H. C. Andersen, que trata del ropaje nuevo del emperador. Ya saben: los dos chantas que engañan al emperador, convenciéndole para que les dé una gran cantidad de lingotes de oro para comprar hilo de oro y plata, con el cual tejerán un tejido único, invisible a los ojos de los tontos de siempre. Y el emperador, en su argentina burbuja de estupidez, acepta y les financia el engaño. Y toda la gente aplaude cuando el emperador se pasea por la calle, como un pavo real, hasta que un niño, que todavía no está infectado de imbecilidades y prejuicios, comienza a gritar que el emperador está en cueros. Lo cual es la más pura y santa verdad.

Una de las cosas más desconocidas de esta historia de Andersen es que no es de Andersen. Ya Cervantes había escrito un entremés (El retablo de las maravillas) con el mismo argumento, si bien con variantes temáticas. Pero casi tres siglos antes de Cervantes, el Infante Juan Manuel, que no era Infante pero sí sobrino de Alfonso el Sabio, había escrito sobre el tema, centrándolo en dos falsos tejedores de paños. Esto se puede leer en la obra más famosa de Juan Manuel: El conde Lucanor. Se sospecha, sin embargo, de que Juan Manuel, a su vez, había tomado la idea de los árabes o los judíos. Y vaya uno a saber de quién tomaron la iluminada anécdota los árabes o los judíos!

Hoy, Argentina nos cuenta a nosotros la vieja historia, cambiando el paño mágico por las pasteras impolutas y los piqueteros a sueldo por los ambientalistas inmaculados. Y Uruguay juega el rol del tonto del público, el que antes aplaudía la tela inexistente.

En todo el largo debate sobre las pasteras fraybentinas, parece que nadie se ha dado cuenta ni recuerda que Argentina tiene pasteras propias, con tecnología precolombina e incontables pescados flotando intoxicados en su alrededor. Y por eso, aquí se han puesto a jugar dos roles completamente falsos: Uruguay, el de la nación industriosa que impulsa el trabajo a costa del medioambiente, y Argentina, la de la nación ecológica que defiende con garras y uñas el medioambiente y la salud de sus felices moradores. Pero nadie, ni los periodistas argentinos ni los uruguayos, ni los funcionarios argentinos ni los uruguayos, ni los políticos argentinos ni los uruguayos ni los opinadores argentinos ni los uruguayos dicen una palabra de las pestosas pasteras argentinas. Como si no existiesen.

Lo mismo ocurre con los piqueteros fronterizos, convertidos en ecologistas de último momento. Nadie se pregunta, por más increíble que esto parezca, cómo puede esa gente pasarse medio año en la ruta, quién les paga el sueldo, quién les lleva la comida, quién les financia los celulares y los viajes a la Rosada...

Falta, en toda esta historia, el niño sano, el ser puro, el personaje desinfectado de estupideces, que salga a gritar que todo esto es un cuento del tío, que Argentina tiene cantidades decenales de pasteras, que el medio ambiente es el tema que menos le importa a los entrerrianos y a sus cómplices en Buenos Aires, que los piqueteros del puente son piqueteros del puente y que si las pasteras en Uruguay ocasionan tanta resistencia en Argentina es porque están en Uruguay. Ahora bien, que Argentina no diga esto públicamente es comprensible. Pero que Uruguay le haga el juego es más que incomprensible: es indefendible.

Ojalá que Tabaré y sus ministros se hayan dado cuenta de que del otro lado del río moran los falsos tejedores de paño de toda la historia, los cuentistas del tío de siempre, los chantas de toda la vida, los clásicos contadores de cuentos chinos. Y que por lo tanto, se dejen de tejer supuestas ilusiones de cordialidad y amistad y solidaridad progresista con un gobierno cuyo principal objetivo en toda esta cuestión es el de quebrar las metas uruguayas. Las buenas metas uruguayas.

 
 
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